El último aullido (Lobo 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

En lo profundo del bosque

Fue una noche larga, sangrienta y desgarradora, en la que las hordas enemigas nos obligaron a replegarnos y a separarnos.

Gunnar se había convertido no sólo en emisario de la muerte, sino en mi ángel protector. La premura con que aniquilaba a su oponente estaba motivada por su feroz deseo de acabar con el enemigo que me abordaba a mí.

Nunca lo había visto luchar tan denodadamente y con tanta urgencia, pero tampoco con tanto miedo. Miedo a que me mataran.

Cuando me hirieron, aunque no de gravedad, se convirtió en una bestia salvaje que masacró a seis hombres con una celeridad y una virulencia pasmosas. Su excesiva preocupación por mí lo exponía demasiado y lo descentraba más, algo que me hizo lamentar haber decidido combatir a su lado.

Y cuando lo hirieron a él en un costado, porque descuidó a su oponente para anular al mío, lo tuve claro. Yo resultaba más un riesgoso estorbo que una ayuda.

Los invasores ya campaban libremente por la ciudad, ajusticiando a quien se topara con ellos sin impunidad ni piedad alguna.

Saqueaban las casas que encontraban a su paso y las incendiaban, arrasando la medina.

Los que habían decidido neciamente cobijarse en la mezquita habían sido masacrados, y ardían con el templo que habían elegido de ataúd.

El aspecto nórdico de los guerreros consiguió camuflarlos entre las tropas de Ragnarsson y Hastein, evitándoles entrar en combates que perderían de antemano y eligiendo de manera furtiva los que sabían que podían vencer. Y

fue eso lo que nos salvó la vida en numerosas ocasiones.

La muerte descargaba su guadaña a un ritmo vertiginoso, pintando de sangre una ciudad que estaba condenada por el abandono de sus gobernantes.

La esperada flota de al-Ghazal no había acudido, seguramente por órdenes del emir, más decidido a perder una ciudad que estaba seguro de recuperar que a dejar con vida a unos paganos que tanto podían perjudicarlo.

Una venganza que se cobraría la vida de centenares de inocentes.

Cuando la derrota ya era evidente, pudimos reagruparnos y enfilar hacia la poterna a través de los pasadizos en las murallas.

Escapamos de una ciudad en llamas con sus calles plagadas de cadáveres con, al menos, el convencimiento de haber obrado correctamente y haber intentado por todos los medios evitar la tragedia. No fue posible, pero aquella derrota no era culpa nuestra.

Corrimos hacia la espesura del bosque, dejando atrás los lamentos, el rugido del fuego y los vítores de los ganadores.

* * *

Aquella noche, una impresionante luna llena derramaba su plata sobre la poza, nacarando aquel recóndito escondrijo boscoso para vestirlo con su magia.

El misticismo que rezumaba aquel lugar incluso podía sentirse en la piel.

Si de día resultaba evocador, de noche crepitaba con un embrujo ancestral, como si en lo profundo de aquella poza habitara el corazón del bosque.

Un corazón que latía en cada roca, en cada rama, en cada hoja, en aquella agua oscura y refulgente que invitaba a transportarte al interior de la misma madre naturaleza.

El murmullo de las pequeñas cascadas de las que se alimentaba aumentaba su influjo y la sensación de evasión que ofrecía, como si aquella melodía fuera en realidad un escudo invisible que aislara aquel lugar del resto del mundo.

Gunnar admiraba la poza cautivado por su encanto.

Me puse delante de él y comencé a desnudarme lentamente. Despojada de toda vestidura, dejé que su subyugada mirada me acariciara.

—Cuando pensaba que este lugar no podía ser más hermoso, decides mejorarlo —murmuró embelesado—, incluso eclipsarlo.

Me pegué a su pecho y me alcé de puntillas para besar su boca. Sus grandes manos recorrieron mi espalda desnuda para acabar en mis nalgas.

Profirió un gruñido satisfactorio y el beso se volvió más urgente.

Me aparté para desnudarlo. Y él se dejó hacer, tan absorto en mí que parecía hechizado.

Cuando sus ropas formaron un montón a sus pies, lo tomé de la mano y lo acerqué al borde de la poza.

Me detuve para admirar su cuerpo bajo el resplandor hipnótico de la luna.

No pude impedir que mis manos persiguieran mi mirada, recorriendo casi con reverente solemnidad aquel soberbio cuerpo que me robaba el aliento.

Acerados músculos se perfilaban bajo su piel, imponentes y poderosos.

Su torso era una vasta y prominente extensión en la que perderse, hendida de cicatrices que resaltaban azuladas bajo aquella noche clara.

El vientre era un mapa con relieves marcados surcado por pequeñas mesetas que acaricié minuciosa.

Rodeé la herida de su costado, que, recién cosida, mostraba sus tiernos bordes atravesados por el hilo de cáñamo.

Repasé sus estrechas caderas y me acuclillé para seguir los largos y elásticos músculos de sus piernas.

Ante mí, su sexo se alzaba enhiesto sobre el vello de su pubis, envidioso del mimo que le ofrecía al resto de su cuerpo.

Lo tomé entre mis manos y Gunnar gimió gozoso.

Su tacto sedoso y cálido me instó a regodearme en cada caricia, sabiendo que aquello inflamaba su deseo.

Me puse en pie sin soltar su latente dureza y lo besé con ardoroso apremio.

Hundí la otra mano en su larga cabellera, aferrando su nuca, y enredé mi lengua en la suya.

Bebí sus gemidos y le regalé los míos. Cuando solté su verga, ésta basculó reclamando más caricias, pero mis manos ya perfilaban su duro trasero para ascender ávidas por su espalda, donde los senderos que trazaban sus poderosos músculos se hallaban interrumpidos por piel cicatrizada, rugosa y áspera.

Un cuerpo curtido en el dolor, la lucha y la resistencia, un cuerpo que hablaba de un corazón fuerte y un espíritu que no se doblegaba.

—¿Tienes idea de lo que me estás haciendo...? —susurró con voz ronca.

—Grabarte en la yema de mis dedos —respondí absorta en su afectada expresión—. Proclamar bajo esta luna y ante este bosque que eres mío.

Asintió apenas y respiró hondo. Sus ojos se humedecieron.

—Es mi corazón el que ha quedado prendido en tus manos.

—Y nunca lo soltaré —manifesté vehemente—. Y ahora, vamos al agua.

Lo tomé de la mano y nos zambullimos a un tiempo.

Una miríada de burbujas cosquilleó mi piel.

La fría tersura del agua me envolvió en un abrazo reparador.

Aquella paz que sentí la primera vez regresó, pero impregnada de algo nuevo, algo tan estimulante y revitalizador que recorrió mis sentidos con la arrolladora intensidad de una tormenta de verano.

Cuando emergimos, Gunnar me atrajo hacia su pecho y me encerró en él.

—¿Lo notas? —mascullé plena de vida—. ¿Notas cómo vibra este lugar?

—Percibo su pulso, su latido, rebosa vida y sabiduría.

—Esta agua es como el líquido materno, te hace renacer.

Asintió y suspiró profundamente.

Cuando me soltó, ambos nos dejamos mecer tumbados boca arriba sobre la superficie, flotando casi incorpóreos, degustando aquella sensación única de desapego con la realidad, de comunión con la naturaleza, con nuestros más primigenios orígenes.

Casi fuera de nuestras envolturas terrenales, elevados sobre ellas, en medio del todo y de la nada.

La luna y las estrellas sobre nosotros, un manantial bullendo de vida sosteniéndonos.

Y la inmensidad de aquel lugar nos empequeñeció, convirtiéndonos en una hoja más, en una gota de agua, en un pequeño guijarro, en una parte insignificante pero a la vez vital de ese universo.

—Si la magia que rebosa esta poza concediera deseos, yo pediría reposar mi alma en ella para renacer junto a ti de nuevo —pronunció Gunnar incorporándose para acercarme a él.

Y entonces recordé una runa en particular: Laguz, la runa del agua.

.. Una frase dicha por Eyra se perfiló en mi mente con claridad: «Laguz simboliza el nacimiento y la muerte, uniéndolos en un bucle imperecedero, en un ciclo interminable.

Representa una fuerza vital única, un poder invisible que conecta y nutre.

Referida al destino de dos almas, sólo esta runa puede hacer que coincidan en el tiempo, inmortalizando así el vínculo que las enlaza».

Enlacé mis brazos a su cuello y rodeé con las piernas sus caderas. Aquella invitación no se hizo de rogar. Me penetró mirándome a los ojos, derramando sobre mí todo el amor que desbordaba su pecho.

Sus manos en mis nalgas marcaron un ritmo lento, meloso, que nos permitió paladear cada sensación, sumergirnos en las despuntadas emociones que nos sacudían con la suavidad de las ondas que se formaban a nuestro alrededor.

—Quiero morir en ti..., quiero nacer para ti..., mi loba... Una vida no es suficiente..., sólo la eternidad lo sería.

—Gunnar..., amor mío...

Se perdió en mí y yo en él.

Y nuestros gemidos rotos flotaron entre aquella bruma acuática, evaporándose en la noche.

* * *

Habíamos establecido un campamento en medio de aquel bosque de alcornocales.

Su relieve agreste nos procuraba un escondite perfecto.

Nuestra intención era regresar a la costa en algún lugar más tranquilo y buscar una embarcación que nos sacara del reino del emir.

Y, aunque no sabíamos dónde terminarían nuestros pasos, Gunnar ansiaba un sitio lejano, apartado del mundo.

Había oído hablar en una ocasión a un constructor de barcos, allá en Tønsberg, de una isla remota, más al norte, despoblada y salvaje. La llamó

«tierra de nieve», pero también «refugio de dioses», pues la poblaban grandiosas cascadas, furiosos volcanes, numerosos fiordos y bloques de hielo de un azul tan límpido como un cielo de verano.

Y, según ese hombre, un carpintero prestigioso, cuando la Tierra se enfurruñaba, escupía chorros de agua y vapor de sus entrañas.

Y de todo aquel relato a Gunnar sólo le interesó un detalle: que estuviera deshabitada.