El último aullido (Lobo 3) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Un carraspeo captó nuestra atención. Sigurd dibujó una sonrisa sardónica.

—Me temo que tendremos que sacar a patadas a esos hombres de la mezquita. No queda uno solo por aquí. Y nosotros no somos suficientes para las hordas que están a punto de entrar.

—Nos jugamos el pellejo por ellos y se esconden como ratas —graznó Gunnar indignado. Respiró hondo y su amplio pecho se expandió, pero su intento de calmarse pareció no funcionar—. Bien, formad esa pira, Thorffin y yo vamos a buscar ratas.

Gunnar tomó mi mano y nos encaminamos hacia la mezquita en el centro de la medina. Sus largas zancadas me obligaron a correr para ir a su altura.

Cuando llegamos, el imán ya cerraba las puertas. Gunnar les propinó tal patada que el hombre salió impulsado hacia atrás y cayó de espaldas, y las puertas batieron en sus goznes.

Soltó mi mano para desenfundar su acero y Thorffin y yo seguimos su ejemplo. Atravesamos el patio de las abluciones y nos adentramos en la sala de oración.

Su mirada letal recorrió la enorme estancia alfombrada, con ornamentados candiles que proyectaban una tenue luz dorada dibujando figuras geométricas en el cerco que iluminaban.

Al fondo, en el muro de la quibla, orientado hacia La Meca, donde se incrustaba el mihrab, una especie de hornacina que se utilizaba como oratorio, estaba el alborotador, que se había asignado el papel de líder de la comunidad y en aquel momento pronunciaba las suras coránicas junto al imán.

Nuestra violenta irrupción sobresaltó a los presentes, que gimieron asustados temiendo lo peor.

Gunnar ultrajó aquel lugar sagrado caminando hacia el mihrab ante los atónitos y fervorosos creyentes.

Se puso delante de los oficiantes y derramó una mirada ofuscada sobre los congregados.

—Rezad, sí, porque os espera la muerte si os quedáis aquí.

—No escuchéis al pagano...

No pudo terminar la frase. Gunnar flexionó el codo y, con el puño cerrado, le partió la nariz. El tipo se la cubrió con ambas manos, trastabillando hacia atrás. La sangre se filtró entre sus dedos.

—Este hombre os condena a la muerte. Yo estoy aquí para ofreceros la oportunidad de luchar, arriesgando mi vida por ello.

Los que están ahí fuera son mi gente, sé cómo piensan y cómo actúan, he participado en sus incursiones.

Por eso sé que lo primero que harán será venir aquí para mataros como perros.

Alá no moverá un dedo por vosotros ni por vuestras familias, ni uno solo.

Debéis moverlos vosotros para salvarlas.

Violarán a vuestras mujeres y matarán a vuestros hijos, y ninguna sura coránica les evitará el sufrimiento ni la muerte.

El destino me ha traído aquí por una razón, y creo que es para que tengáis alguna oportunidad.

Algunas voces se alzaron condenatorias.

—¡Ha derramado sangre en este lugar sagrado! Es una bestia del norte, le hemos dado las llaves de la ciudad y nuestras vidas al enemigo.

—¡Apresadlo! Será nuestro rehén cuando entren, seguro que son cómplices.

Thorffin apuntó a los presentes, formando un círculo con su espada.

Escuchaba anonadada aquella sarta de insensateces y no pude seguir callada.

—¿Rehén? ¡Lleva tres días defendiendo esta ciudad, malditos ingratos! Si fuera cómplice de los invasores les habría abierto la puerta sin problemas. Se está enfrentando a los suyos por salvaros la vida, y está claro que no lo merecéis.

Y, no, no lo merecían, pero los necesitábamos con urgencia.

—¡No seáis necios, defended vuestras vidas, vuestros hogares, vuestras familias. Salid ahí con una espada y vuestro arrojo y plantadles batalla!

Gunnar los observó ceñudo y negó con la cabeza.

—Necesitamos hombres en la entrada —comenzó grave—, vamos a incendiarla. Los arqueros ya están en sus puestos para eliminar a los que logren atravesar el fuego, pero nosotros solos no seremos rivales para ellos.

Avanzó por el pasillo y se detuvo en el medio.

—¡Ésta es vuestra ciudad, defendedla!

—¡Prendedlo! —ordenó el imán.

Gunnar enarboló su acero con gesto amenazante. Nadie se atrevió a enfrentarlo.

—De acuerdo, habéis decidido vuestro destino. Yo no pelearé por vosotros. Que Alá os acoja en su seno.

Se acercó a mí, me cogió de la mano y salimos airados de la mezquita.

—Nos largamos de aquí.

Regresamos a la entrada para descubrir consternados que la pira ya ardía y que los portalones habían cedido.

La pared de llamas dejaba entrever una turba de guerreros vociferantes que enarbolaban sus escudos mientras aguardaban a que el fuego bajara de intensidad para atravesarlo. Gunnar dirigió su mirada a las saeteras de los torreones para comprobar que los arqueros estaban preparados.

—Será una matanza —pronosticó apesadumbrado.

Thorffin asintió cabizbajo.

—¿Dónde están los hombres? —inquirió Hiram.

—Escondidos como sabandijas, rezando para que su dios los proteja.

—¿Y qué vamos a hacer?

—No vamos a arriesgar nuestras vidas por quienes no lo merecen.

Y, a pesar de que sus palabras sonaron convencidas, en su mirada traslucieron sentimientos encontrados.

Su agudo instinto de protección y su responsabilidad con la labor que había decidido desempeñar, incluso sin ser coaccionado, martilleaban su cabeza.

Pues su nobleza de corazón le impedía abandonar a una muerte cruenta y segura a personas indefensas, por muy inconscientes que éstas fueran.

Sus hombres lo contemplaron leyendo su expresión con la misma clarividencia que yo.

Valdis y Martín acudieron empuñando sus aceros.

—Las mujeres y Ahmed ya están junto a la poterna, han cogido provisiones y saldrán hacia el bosque.

Gunnar asintió circunspecto y meditabundo, contemplando el fuego, la única barrera que lo separaba de su trascendental decisión.

Una decisión que atañía a su gente, a su familia en la vida, a mí, y aquello era lo que ataba sus manos, lo que en aquel momento hacía expirar su compromiso con su conciencia, diluyéndose como las volutas de humo que ascendían rizándose en la noche.

—Vamos con ellas —proclamó envainando su espada.

Pero ninguno de nosotros se movió.

Nos miró con extrañeza.

—Nunca he abandonado una batalla —explicó Thorffin.

—Eso es de cobardes, ¿verdad, Jorund, viejo amigo? —masculló Sigurd.

—Y tan verdad; además, es la única manera de que me acepten en el Valhalla.

—Incluso así tendrás que esforzarte mucho, te huele el aliento, y Odín es muy exigente con eso. Por no mencionar que ninguna valquiria en su sano juicio te cogería de la mano.

Sonreímos ante la jocosidad del travieso Sigurd el Duende, que siempre lograba distender la situación más peliaguda del mundo con su particular humor.

Todos miramos a Hiram, aguardando su decisión.

—Nadie me va a arrebatar la diversión de una buena pelea —manifestó alzando pícaro una ceja—. Además, ahora soy cristiano, mal que me pese.

Sólo por el nombre que me ha tocado ya tengo ganas de crucificarme.

Puso los ojos en blanco y reímos rompiendo la tensión que nos rodeaba.

—Pero necesito vuestro apoyo para algo importante.

Lo miramos inquisitivos.

—Deseo que Valdis y Martín salgan también de la ciudad. Y dudo que a mí me hagan caso.

Valdis agrandó la mirada y negó con la cabeza.

—No vas a librarte tan fácilmente de mí —profirió rotunda.

Aquella frase se clavó en el pecho de Martín. La expresión del muchacho se ensombreció de repente, su gesto se contrajo y su mirada se nubló. Tras un arduo instante, logró recomponerse lo suficiente para trocar su faz por una máscara imperturbable.

—Martín —musitó Gunnar—, como no me has jurado pleitesía alguna, debes obedecer lo que te dicte el corazón.

—No, no es mi corazón el que ha de decidir su destino, sino el de ella. Y

creo que acaba de hacerlo. Yo elijo marcharme.

Tras dedicarnos una mirada de despedida se aprestó a irse, pero yo lo detuve, llamándolo.

Me acerqué a él y lo abracé. Se estremeció apenas, pero yo pude sentir el sonido de los cristales rotos que ahora formaban su corazón.

—Eres un gran hombre, siéntete orgulloso de quién eres y de cuánto te has entregado. Y ojalá la vida te recompense como mereces. Gracias por tanto, te debemos la vida, y alguien más una lección que quizá aprenda demasiado tarde.

Lancé una mirada intencionada a Valdis, que la apartó avergonzada, mordiéndose el labio. Un rojo mechón de su cabello cubrió parcialmente su rostro.

Martín asintió con una dulce sonrisa y nos deseó fortuna en el combate y en la vida, si acaso lo primero se cumplía. Y, tras una última y afligida mirada a Valdis, se marchó.

Hiram se acercó a la muchacha y le susurró algo al oído. Ella enrojeció, pero no fue un rubor tímido o halagado, sino que sus mejillas se arrebolaron de indignación.

Por la mirada enojada que clavó en el guerrero, y por la humedad en sus ojos, casi pude adivinar qué le había dicho.

Valdis tomó aire luchando por recuperar la compostura y partió tras Martín después de abrazar a su padre.

—Has hecho lo correcto —aprobó Gunnar palmeando la espalda de Hiram.

—Yo también he hecho lo que me ha dictado el corazón.

—Es al único al que debemos obedecer —repuso mi esposo mirándome con arrobado sentimiento.

Un ruidoso crujido quebró la noche, acompañado de un chispazo. La hoguera devoraba su cena con rauda premura, exigiendo repetir. Pero ya no había más madera con que alimentarla, y las huestes golpeaban enardecidas sus escudos ansiosos por entrar en batalla.

—Debemos encararlos justo aquí, bajo la barbacana —aconsejó Gunnar

—, porque así tendrán que pasar en pequeños grupos y será más fácil reducirlos. Si retrocedemos y acceden al patio central, nos rodearán y estaremos perdidos.

Nos pusimos en fila, unos juntos a otros, guardando la distancia aconsejable para luchar con soltura. Alzamos las espadas y nos miramos decididos.

En los ojos de Gunnar refulgió un amor tan inmenso que me encogió el corazón. Pasara lo que pasase, saliéramos vivos o no, compartiríamos destino.

Y, justo cuando el crepitar del fuego comenzaba a perecer, oímos una exaltada algarabía tras nosotros.

Nos volvimos alertas para comprobar impresionados cómo los andalusíes habían acudido a la batalla portando toda clase de armas. Finalmente habían entrado en razón.

Suspiré aliviada y sonreí. Gunnar cerró los ojos y suspiró reverente, como si agradeciera que se hubiera escuchado su silente plegaria.

Escudados con una buena dosis de confianza y pertrechados con el feroz deseo de sobrevivir a aquella noche, enfrentamos a los primeros invasores, que atravesaron de un salto la ya extenuada columna de fuego.