El último aullido (Lobo 3) Capítulo 39
74%

Capítulo 39

Decisiones frente a un fuego que huele a muerte

El sordo estruendo del ariete golpeando con insistencia el portón de entrada a la ciudad repiqueteó incansable toda la noche.

Los invasores habían establecido su campamento a nuestras puertas para someternos a un asedio.

Algo poco común en ellos, pues su costumbre eran los asaltos por sorpresa para robar, saquear y después huir para repetir lo mismo en otro lugar.

Su éxito se basaba en eso, en la sorpresa, algo con lo que no contaban en las tierras ya saqueadas con anterioridad.

Gunnar había enviado un mensaje a la flota de al-Ghazal solicitando refuerzos. Y mientras tanto debíamos defender la ciudad como fuera. El tiempo jugaba a nuestro favor, pero los dioses eran caprichosos y los hombres del norte, persistentes.

Martín se ofreció a confeccionar unos paneles de hierro para adherirlos a los portalones y así reforzarlos e impedir que las llamas los devorasen.

Desde las almenas se vertían barriles repletos de brea que luego prendían los arqueros con flechas incendiarias desde los matacanes.

Y ahora, el enemigo fabricaba un entramado de madera para poder escalar los muros.

Hiram desaprobaba toda propuesta o acción que proviniera del apuesto herrero andalusí.

Sus celos se habían unido a su amargura y a sus remordimientos por haberse dejado utilizar por Zahira.

Cuando les narré todo lo que aconteció en palacio y durante el viaje y lo que realmente significaba la llave por la que mi madre había estado a punto de morir, los hombres no salieron de su asombro.

Sin embargo, oculté un dato, mi encuentro con Brianda.

Nombrarla me producía un desasosiego opresivo.

Era como si su maligno espectro pudiera interponerse entre nosotros, como si el ser que llevaba en su vientre tuviera el poder de arrancarme a Gunnar de mi lado.

Un pensamiento infundado y absurdo, pero que me perseguía implacable.

Entonces no supe del gran error que cometía.

* * *

—¡Van a entrar!

Aquella afirmación nos sobrecogió.

Tras tres largos días de asedio, en los que habían ascendido en varias ocasiones hasta las murallas plantando batalla, y a pesar de haber sido repelidos asalto tras asalto, ingeniaban nuevo métodos de abordarnos.

Habían incluso montado una fragua para fundir en ella el hierro que habían podido reunir, casi todo de remaches, clavos y cintones de los barcos para confeccionar una punta de acero con que revestir la afilada cabeza del ariete.

Según Diego, aquella técnica terminaría por agujerear los refuerzos hasta conseguir horadar la entrada.

También habían urdido una techumbre de escudos sobre el largo tronco del ariete para protegerse de la brea y el aceite hirviendo que les lanzaban desde las almenas.

Habían muerto muchos hombres de ambos bandos en aquellas continuas e incansables escaramuzas.

Y, después de tres días de asedio, nuestras esperanzas de recibir refuerzos se extinguían, así como los víveres y la calma.

Los ciudadanos de al-Yazira comenzaban a flaquear, sus ánimos crispados y su temor fueron enaltecidos por quien deseaba sembrar discordia y desconfianza.

Y, entre corrillos y murmuraciones, la gente empezó a mirar mal a los hombres del norte, que lideraban la defensa de la ciudad.

Aquella mañana había presenciado cómo un charlatán congregaba a oyentes para avisarlos de que no debían confiar en ningún bárbaro, que Alá no podía depositar el cuidado de las almas de sus devotos a unos paganos herejes, asegurando que finalmente acabarían por traicionarlos aliándose con sus iguales.

Y aquel discurso se repitió en varios lugares de la ciudad, extendiéndose como el veneno de un alacrán, velozmente letal.

El charlatán no era otro más que el antiguo capitán de la guardia, que había sido destituido por órdenes del emir a favor de Gunnar. El orgullo herido cegaba lealtades y sentido común en pos de su restablecimiento, y además solía ser inoportuno, y tremendamente estúpido, como demostraría aquel día.

Gunnar inspiró hondo ante aquel esperado y temido anuncio.

Martín jadeaba enrojecido en la entrada. Venía corriendo del puesto de vigía para avisar al turno que descansaba en el salón de la torre del homenaje.

Hiram lo fulminó con la mirada, como si el culpable de aquella mala nueva fuera el muchacho, cuando lo que realmente detestaba de él era que, además de ser apuesto y fornido, fuera noble, leal y valeroso.

Un rival difícilmente desbancable cuando uno, encima, ha fallado tan estrepitosamente en cuanto a lo más importante: la lealtad.

Sin embargo, el corazón a veces no atendía a razones ni a lógicas racionales, tan sólo sentía, por muy necio o descabellado que fuera el objeto de su entrega.

Y el de Valdis continuaba latiendo por el guerrero rubio, por mucho que lamentara hacerlo.

Eran tan reveladoras sus miradas... antes de que el raciocinio la reprobara internamente y pudiera controlar sus expresiones.

Su gesto se obnubilaba cuando él entraba en la misma sala donde ella estuviera y sus ojos lo seguían traidores allá donde él fuera, esgrimiendo en ellos el deseo de consolar al guerrero, que deambulaba por lo general huraño y taciturno, sumido en sus tribulaciones, ajeno a la imperecedera debilidad de la muchacha por él, que equivocadamente creía haber perdido.

Y, en todo aquel cruce de sentimientos, Martín se desvivía por ella, recibiendo migajas cuando merecía toda la hogaza.

Me admiraba la tenacidad del herrero, así como compadecía sus escasos frutos.

Solía fingir que no veía el interés de su amada por su anterior pareja, pero no sólo lo presenciaba, sino que también lo masticaba y lo escupía a favor de un nuevo intento.

Que Hiram se refugiara en cuantas mujeres deseara no lo arrancaba del corazón de la escudera, sus celos así lo decían. Y

el muy necio continuaba ciego a todas aquellas demostraciones de amor.

Gunnar se levantó de la mesa y sus guerreros lo imitaron.

—Hay algo más —agregó preocupado Martín, pasándose las manos por su espeso cabello oscuro.

—E imagino que tiene que ver con el provocador que está poniendo a todos contra mí.

Martín suspiró pesadamente y asintió.

—Ahora mismo ha reunido a una turba y los conduce a la mezquita.

—¿A la mezquita?

—Sí, dice que deben rezar. Que allí estarán a salvo de los paganos cuando irrumpan en la ciudad. Y que Alá los protegerá. La gente lo sigue y lo obedece.

—¡Maldita sea! La mezquita es el primer lugar que arrasarán si entran.

Salió furioso y todos lo seguimos.

Cuando lo alcancé, le pregunté:

—¿Qué haremos si entran?

—Tú conducirás a las mujeres y a los niños que deseen seguirte hacia la poterna; a estas alturas se habrán olvidado de que existe, se emborrachan cada noche y me asombra que puedan tenerse en pie durante el día —bufó despectivo y casi airado ante la falta de disciplina de sus compatriotas—.

Dos caudillos poderosos y no saben poner orden entre sus filas.

Anoche presencié cómo varios de ellos se retaban a un holmgang , tendían en el suelo un manto y peleaban a muerte; si alguno sale se convierte en un niôingr , en un paria, un hombre sin honor que es desterrado y estigmatizado.

Hasta tal punto reina el desorden en sus ejércitos.

Casi he llegado a creer que si pudiéramos resistir más días sin víveres ellos mismos se exterminarían.

Ya había presenciado un aterrador holmgang durante el mandato del rey Halfdan, y el recuerdo avinagró la boca de mi estómago ante la violencia de aquel duelo.

—El resto —añadió—, en lugar de meterse en una ratonera, deberían huir o combatir. De nada servirá esconderse, ellos quemarán toda la ciudad.

—Lo difícil será convencerlos.

Gunnar asintió. Su ceño se frunció cuando vio cómo tropeles de gentes corrían hacia la mezquita sumidos en el pánico.

Nos apresuramos hacia la entrada para descubrir que la acerada punta del ariete había atravesado los portalones, perforando incluso las planchas de hierro.

—No voy a huir —revelé determinada—, ayudaré a escapar, pero volveré a buscarte. No temo a la muerte, sólo temo separarme de ti. Y nada de lo que digas podrá convencerme de lo contrario.

El martilleo constante y ensordecedor del ariete y la batahola de sonidos caóticos que nos envolvían no mermó la sensación de estar en aquel lugar solos él y yo. Cuando me miraba así..., el mundo se detenía y nuestro alrededor dejaba de existir.

—Mi hermosa y aguerrida loba, si yo puedo evitarlo, nadie podrá separarte de mi lado.

Ciñó mi cintura y me pegó a su pecho, y, ausentes y embriagados, nos besamos sellando aquella promesa.

Cuando me soltó, sus hombres nos observaban impacientes y preocupados.

—Menos mal, creía que pensabais recibir a nuestros invitados con una cópula de bienvenida —se burló Sigurd poniendo los ojos en blanco.

Jorund bufó y sacudió la cabeza con desaprobación.

Thorffin sonreía divertido. Helga y él habían hecho lo mismo antes de salir del castillo.

Hiram gruñó y nos miró con semblante torvo. Luego nos dio la espalda y desenfundó su espada.

—Bueno, ¿cómo has pensado recibirlos, mi hersir ? —preguntó Thorffin componiendo un gesto marcial.

—Con un beso fogoso —respondió enigmático.

Dirigió la mirada a su alrededor. Sus ojos entornados y agudos recorrieron los puestos del mercado, que punteaban vacíos la entrada a la ciudad, y asintió para sí.

—Vamos a recopilar toda la madera que podamos y la amontonaremos junto a la puerta, debe ser una pira muy alta y a una distancia en la que las hojas no la desplacen cuando cedan.

Y cuando se quiebren le prenderemos fuego.

Un grupo de arqueros y ballesteros desde las torretas de vigía dispararán a los que logren atravesar el fuego, y los hombres que podamos reunir los enfrentaremos a espada en formación de flecha pertrechados por los escudos. ¿Entendido?

Todos asintieron.