Capítulo 38 #2
Descargué dos diestras estocadas que lo pillaron por sorpresa. Su expresión se tornó severa y comenzó a evaluarme con más gravedad.
—¿Quién te ha enseñado a luchar así, preciosa?
—La vida.
Las comisuras de sus labios se estiraron divertidas.
—Veamos cómo de bien te ha enseñado...
Efectuó un medio giro que yo sabía iba a terminar en un salto para impulsarse sobre mí con intención de descargar un feroz mandoble.
E hice lo que tan duramente había aprendido: me agaché en el último momento cambiando de posición, lo que consiguió desestabilizarlo.
Entonces, veloz como un rayo, me alcé y descargué la hoja en su costado, hiriéndolo.
El hombre alzó las cejas atónito y se miró ceñudo la herida.
—Ey, Olaf, no me hagas buscar ahora cuervos...
Las risas de sus hombres lo exacerbaron.
Su semblante se encogió furioso y, sin más dilación, empleó toda su destreza para derrotarme.
Contuve varios envites letales y esquivé otros tantos hasta que, en un avezado ataque, logró desarmarme.
La punta afilada de su espada señaló mi garganta.
—Mis pelotas y yo exigimos una compensación... —bramó Olaf, jactancioso.
—Yo mismo te la ofreceré.
Los bárbaros se volvieron hacia aquella voz fría y letal como el hielo.
Gunnar avanzaba espada en alto seguido de sus hombres.
El inmediato alivio que sentí dio paso a emociones diversas. Verlo allí, frente a mí, tan apuesto, aguerrido y feroz, inundó mi corazón e incendió mis sentidos. Sin embargo, sólo una predominó, la de sobrevivir para fundirme una vez más en su pecho.
Casi en el acto se desató una batalla campal caótica y virulenta que nos envolvió a todos. Mi primer impulso fue proteger a los niños, junto con Flora y mi madre, llevándolos junto al muro, para volver a la lucha.
Encaré a uno de ellos, logrando hundir en su vientre mi acero.
De repente, una espada frenó la hoja que se me venía encima, asestando un golpe mortal en mi enemigo.
Miré a Gunnar, que se puso frente a mí, impidiéndome combatir, y me echó un vistazo admonitorio y claro: no debía despegarme de su espalda.
Se enzarzó de nuevo en una lid tras otra, derribando a cuanto oponente se le acercara con una velocidad y una habilidad pasmosas, tan atento a mi alrededor que cualquier movimiento que me flanqueara lo anulaba a golpe de mandoble.
Jorund, Thorffin, Sigurd e Hiram habían aniquilado al resto. Pero llegaban más y pronto nos arrollarían las hordas de invasores.
Gunnar me cogió de la muñeca y me pegó a su pecho. Jadeaba, sudaba, estaba salpicado de sangre, pero resultaba tan arrebatadoramente viril y feroz que cortaba el aliento.
—Llévate a las mujeres y a los niños a la poterna que hay en el muro oeste.
Ante mi expresión confundida, aclaró:
—Es una pequeña puerta de acceso para albures, que está elevada. Corred hacia allí. Nosotros os seguiremos.
Obedecí y reuní a mi grupo para dejar que los guerreros contuvieran a las huestes que desembarcaban.
Gunnar atisbaba nuestra retirada comprobando que ningún bárbaro nos alcanzara.
Corrimos junto al muro hasta descubrir una angosta abertura en él, demasiado alta para saltar y alcanzar el borde. La única forma de adentrarse en ella era encaramarse a los hombros de alguien y luego impulsarse al interior.
Por fortuna, había un soldado asomado que nos tendió la mano. Ayudé a alzar a Flora, a mi madre y a los niños, hasta que aquel muchacho los pudo atrapar y ayudó a izarlos.
Cuando nos alcanzaron Valdis, Martín y Helga, insistí en quedar la última para esperar a Gunnar y al resto.
Miraba inquieta la esquina, ansiando verlos aparecer. Pero sólo asomaba el estrepitoso fragor del combate, acompañado de alaridos enaltecidos clamando a Tyr, el dios de la guerra nórdico.
La impaciencia prensaba mi estómago con una garra helada. No pude aguantar más y corrí hacia el recodo.
Me asomé con cautela para descubrir a los hombres correr hacia mí, con Gunnar cerrando la hilera. Siempre el último protegiendo la retaguardia, o el primero en la vanguardia. Su condición de hersir moriría con él.
Tras ellos, todo un nutrido grupo de furiosos invasores persiguiéndolos.
Contuve el aliento y corrí de nuevo hacia la poterna. Sus largas zancadas no tardaron en alcanzarme.
—¡Maldita sea! ¿Qué haces aún aquí abajo? —gruñó Gunnar jadeante cuando nos detuvimos.
—¡Rápido, nos pisan los talones!—urgió Thorffin.
Gunnar me cogió en volandas y me izó hacia el reborde de la abertura. Su gran altura facilitó el acceso. Lo alcancé sin problemas y accedí al interior.
Tras de mí, Jorund, Sigurd e Hiram. Y en aquel momento me pregunté cómo demonios iba a subir Gunnar. Vi cómo miraba ansioso hacia la esquina y ante mi estupor comprobé que casi tenía encima a los invasores.
Me lanzó una mirada fugaz pero determinada y se alejó de la muralla ante mi desconcierto. Pero enseguida supe lo que pretendía hacer.
Tomó carrerilla y, con toda la celeridad que pudo imprimir a sus piernas, se abalanzó sobre el muro trepando por él. El impulso de la carrera lo ayudó a engancharse en el borde justo cuando los enemigos llegaban a su altura.
Encogió las piernas y se izó apretando los dientes, haciendo gala de una fuerza hercúlea.
Sin duda había recuperado sobradamente todas las capacidades que había mermado la enfermedad. Se incorporó jadeante y cerró la poterna, que encajó en la muralla a la perfección, para luego inclinarse sobre sí mismo apoyado en los muslos, en un intento de recuperar el resuello.
—Sin... duda... sabes cómo... hacer una entrada triunfal —musitó alzando la cabeza y clavándome esos felinos ojos verdes que me secaban la garganta.
Sonreí y me cerní sobre él. Abrió sus brazos y me cobijó en su pecho. De nuevo estaba en mi hogar, en él.
Su abrazo revitalizó cada fibra de mi ser, colmándola de dicha. Cuando pude despegar mi rostro de su fornido pecho y lo alcé, lo encontré esperándome, ansioso por darme lo que yo necesitaba.
Se inclinó sobre mí y tomó mi boca con exigente premura, como si todo ese tiempo hubiera vivido sin aliento, sin alimento, sin bebida, y en mi boca hallara cuanto anhelaba. Y yo... yo me colmé de su esencia, de su amor, de su fuerza, de su calor, enroscando mi alma a la suya, una vez más.
Cuando logramos separarnos, más necesitados que plenos, su ceño contrastó con la picardía que refulgía en sus ojos.
—¿Por qué, en nombre de Odín, siempre tengo que salvarte de que te ultrajen?
—Parece que los bárbaros no piensan en otra cosa... —barboté socarrona.
—Yo ahora mismo me siento muy bárbaro...
Pude sentir la palpitante dureza que tensaba sus pantalones y dejarme devorar por la mirada vidriosa y ardiente que nublaba sus ojos.
Sus grandes manos apresaron mis nalgas y las amasaron ciñéndome contra su deseo.
—Tienes mucho que contarme, bella sarracena —musitó jocoso. Esbocé una sonrisa divertida y me restregué más contra su cuerpo, haciéndolo gruñir sufrido. Cerró un fugaz instante los ojos y resopló constreñido por el deseo
—, pero será después, seguramente por cómo me retas, mucho después.
Me cogió en brazos con posesiva urgencia. Dejé escapar un gemido de sorpresa ante su vehemencia que, teñido con mi propio deseo, terminó de enloquecerlo.
Tomó mi boca de nuevo mientras caminaba a grandes zancadas hasta una escalera de piedra que llevaba a una arcada superior.
Allí, cobijados en un pórtico, me apoyó contra el muro, me alzó las faldas y me izó sobre sus caderas.
Lo envolví con las piernas y me penetró de un brusco empellón.
En su mirada encontré un perdón que no necesitaba, y una dulzura que bebí transida.
En su boca devoré todo el amor que nos unía, y en la entrega hallé el solaz que mi espíritu tanto ansiaba.
La pasión estalló arrolladora y en cada embestida él rugía y yo gruñía, ambos sometidos al salvaje placer que nos procurábamos.
Agarrada a su nuca, revolviendo su largo cabello, mordisqueando sus labios y gimiendo gozosa, le arrebaté la última brizna de contención que le quedaba y se derramó en mí con un liberador grito quebrado que ascendió hacia aquella noche ya tan plena como nosotros bajo ella.
Salió perezoso de mí para tomar mi rostro entre sus grandes manos.
—Mi corazón vuelve a latir —murmuró afectado—, porque ya estás junto a mí.
Asentí, abrumada por la intensidad de su tono.
—Freya..., yo... yo muero cuando no estás a mi lado.
.. —Respiró hondo, como si su voz se perdiera dentro de él, quizá buscando aquello que tanto deseaba expresar en lo más profundo de su ser—.
Y cuando lo estás me revienta el pecho de amor, tanto que creo morir.
Y yo me pregunto: ¿se puede estar más vivo que cuando se cree morir de amor?
Porque contigo, amor mío..., ¡por los dioses!
, contigo todo es más brillante, mis sentidos enloquecen, mi cordura vuela, mi sentido de protección se recrudece, la necesidad de meterte dentro de mí me devasta, todo mi mundo empieza y acaba en ti.
Cada paso que doy, cada pensamiento que me asalta, cada una de mis acciones y de mis deseos están motivados por ti. Y eso me genera otra pregunta...
No podía ver bien su rostro en la penumbra de la noche, y aunque las antorchas que punteaban los muros arrojaban alguna claridad en torno a aquel rincón, no lograba alcanzarnos.
—¿Qué te inquieta, amor mío? —pregunté absolutamente arrobada por sus palabras.
—Me pregunto dónde estoy yo, porque me perdí dentro de ti, como si hubiera caído a un pozo del que no quiero salir.
Cogí su mano y la posé en mi pecho, a la altura del corazón.
—Estás aquí, y en ese pozo estoy yo, a tu lado, y lo único que deseamos es que se cierre la tapa de la superficie y nos dejen amarnos en paz.
—Tendré que trepar y cerrarla yo, como hice en la poterna.
Sus mejillas se distendieron en una sonrisa que lamenté no contemplar como desearía.
—No hay nada que no puedas hacer, mi hermoso león.
—A tu lado, puedo con todo.
—Por eso te envidian los dioses —musité acariciando su rostro.
—Sí, porque a tu lado soy un titán.
Besé sus labios con infinita ternura y me aferré a su nuca como si aquel sostén fuera lo único que me evitara caer al abismo. Lo amaba tanto que mis ojos se humedecieron y mi pecho retumbó como los tambores que todavía tronaban en la noche, alentando a sus huestes a un asalto.
—Tienes una ciudad que defender, y no porque un emir te lo ordene —recordé, sabiendo que él jamás abandonaría a quien lo necesitara. Y aquella necesidad, a tenor del estruendo de los invasores en la entrada, era apremiante.
—¿Escapaste de palacio, mi fiera loba?
—No, obtuve mi libertad y la de todos vosotros.
Oímos unos pasos raudos que se aproximaban.
—Defender algo por voluntad es más gratificante que por obligación.
Además, ya me enfrenté a ellos en Isbiliya. Saben quién soy y juraron vengarse, me guste o no, estoy contra ellos.
—¿Los conoces?
—Este nuevo strandhögg está liderado por dos caudillos muy respetados.
Uno de ellos es Björn Ragnarsson y el otro el jarl Hastein, e incluso así no han podido convocar una flota tan poderosa como la que yo comandé, con más de ochenta embarcaciones; la de ellos alcanza una media de sesenta snekker .
Se han topado con las consecuencias de mi incursión anterior: ciudades amuralladas, flotas musulmanas protegiendo las costas y una ofensiva que no esperaban liderada por quien conoce sus tácticas mejor que nadie.
Y aun así lograron entrar en Isbiliya y quemar una mezquita, pero logramos repelerlos y espantarlos con la ayuda de la flota andalusí de al-Ghazal.
Ahora, sin duda, me odian. Ahora soy el traidor que ansían capturar.
Pensé en lo voluble que era el destino. Un día colocaba a su mejor peón del lado de los cristianos, y ahora se hallaba en el lado de los musulmanes.
En ambos se enfrentaba a sus orígenes. Y me pregunté si cabía la posibilidad de volver a ser quien deseaba ser, no un guerrero que usaban a voluntad con artimañas mezquinas, tampoco un bárbaro pagano en busca de tesoros y poder, sino un simple y llano granjero en algún lugar pacífico en el que poder cambiar la espada por el cayado.
Deseé tan fervientemente eso que me descubrí rezándole a aquel dios que una vez me ungió con agua.
¿Acaso quedaba algo de Cristo en mi corazón, después de todo?
Los pasos llegaron hasta nosotros. Sabía que lo buscaban.
Gunnar se apartó lo justo para que yo acomodara mis faldas.
—Necesito saber algo más, antes de dejarte con el soldado que viene a reclamar a su nuevo capitán de la guardia.
Salimos de aquel rodal oscuro y me acercó a la antorcha que titilaba en lo alto de un poste en aquel rincón.
—¿Quién te ha golpeado así?
Repasó con las yemas de los dedos los contornos cerúleos que todavía asomaban reveladores en mi rostro. Su gesto delicado y tierno me hizo cerrar los ojos. Cuando los abrí encontré en los suyos una veta rabiosa que endureció su mentón y crispó su gesto.
—Alguien que ya no está en este mundo —respondí concisa—. Ahora, ve, nos contaremos los avatares cuando expulses de nuevo a esos caudillos, y cuando destierres también toda el hambre que te tengo.
Sonrió complacido y asintió rotundo.
—Por cómo me miras, me costará más lo segundo.
Reí y me abracé a él.
La opresión que había sentido todo ese tiempo sin él se convirtió en alborozada ligereza. Y, a pesar de la complicada situación que nos envolvía una vez más, la felicidad mariposeó en mi pecho sólo por tenerlo cerca.
El guardia finalmente nos encontró. El alivio en su faz hasta resultó cómico. Gunnar no sólo era imprescindible para mí, al parecer.
—Llévala al castillo, a la torre del homenaje, junto a las otras mujeres que acaban de llegar.
—Te requieren en la barbacana..., los bárbaros..., perdón —rectificó algo mortificado—, los..., quiero decir que...
—Entiendo —interrumpió Gunnar regalándole un mohín reprobatorio, aunque descubrí un atisbo divertido en su mirada que me arrancó una sonrisa.
Me guiñó un ojo y desapareció por otro tramo de escaleras en el que yo no había reparado.