Capítulo 38
El fiero rugido de un león
Tras un duro viaje a través del bosque y las marismas logramos llegar a al-Yazira al-Jadra, para toparnos con una muralla alta que circundaba la ciudad.
Y todas las puertas de acceso cerradas.
Intentamos rodear los muros y acabamos frente a la bahía para contemplar con horror cómo numerosos snekker y knorr se acercaban a los embarcaderos entre gritos de guerra, retumbar de escudos y tambores ensordecedores.
Era una flota numerosa, y las alargadas embarcaciones bogaban con ímpetu hacia la orilla. Los monstruosos mascarones de proa, de rictus tan feroz como los guerreros ávidos de sangre que portaban, se acercaban amenazadores, como dragones salidos del mar prestos a escupir su fuego.
La estampa resultaba tan amedrentadora que retrocedimos al instante, escabulléndonos entre la vegetación espesa que bordeaba la bahía.
El ocaso teñía el horizonte de cobres, escarlatas y púrpuras, entramados en un lienzo de singular belleza donde se recortaba la muerte en siluetas afiladas.
La noche traería consigo el horror, y aquella pequeña ciudad amurallada tendría que combatirlo. Y nosotros no podíamos quedarnos fuera, a merced de la barbarie.
—¡Hemos de entrar como sea! —exclamé apremiante.
—Resultan... aterradores... —masculló Martín con un peculiar deje de admiración en su tono.
—Lo son —afirmé rotunda—. Y ahora vamos, hemos de llamar la atención de los vigías antes de que esos bárbaros desembarquen.
A mi mente acudieron las imágenes de Isbiliya, donde la gente corría entre alaridos de terror mientras eran masacrados por los demonios del mar, y se me erizó la piel.
Las mujeres se apresuraron al portalón de entrada para aporrearlo. Yo me aparté para enfocar mi mirada en la barbacana. Allí había apostados varios vigías que cargaban ballestas y las apoyaban en los merlones de las almenas.
Recorrí con la mirada el pasillo que formaba el adarve de la muralla en busca de Gunnar o de alguno de los hombres. Pero no había ni rastro de ellos.
No distinguí una sola cabellera rubia o rojiza bajo los yelmos que transitaban los concurridos muros.
Ahuequé las manos en torno a mi boca y grité:
—¡Gunnaaarrr...!
Un soldado clavó su espantada mirada en mí.
—¡Huid al bosque! —creí entender a través de la batahola bélica que se aproximaba.
Negué con la cabeza y señalé la puerta.
El soldado negó a su vez y se marchó.
—Quizá sea mejor que le hagamos caso —musitó Martín, mirando ansioso hacia la orilla.
—Darían con nosotros —objeté—, fuera estamos desprotegidos. Nuestra única oportunidad es entrar.
—No nos dejarán. No pueden, han atrancado las puertas para defenderlas
—contravino Martín.
Mi madre, que acunaba a Raquel, me miró con honda preocupación.
—Quizá no nos ataquen —repuso intentando imprimir confianza en su tono—, Valdis y Helga son de su pueblo. Tú misma hablas su idioma, tal vez podáis convencerlos de que somos aliados.
—Ellos no razonan cuando atacan, sólo asolan y matan cuando salen de incursión. Nosotras únicamente somos mujeres que raptar, violar y vender.
La expresión angustiada de las presentes debió de ser igual que la mía.
Todos miramos la barbacana. Otro soldado nos observaba curioso.
Alcé los dos brazos y los crucé en el aire para atrapar su atención.
—¡Gunnaaarrr! —volví a gritar.
El muchacho negó con la cabeza encogiéndose de hombros.
Me dirigí a Helga, la enfilé hacia el soldado y señalé su rubia cabellera y luego señalé de nuevo la muralla. No obtuve comprensión alguna, así que hice lo más ridículo y menos imaginable que se podría hacer en una urgencia como aquélla. Llamé a Ahmed; el gigante de ébano se aproximó.
—Leonora..., se acercan...
La trémula voz de mi madre dio más alas a mi imaginación.
Volví a atrapar los largos mechones claros de Helga y, con ellos, cubrí la alopécica cabeza del nubio, y nuevamente señalé la muralla. Y, a pesar de lo ridículo de aquella estampa, el joven guardia asintió entendiendo mi mensaje.
—Leo... Leonora...
—Ya, ya, madre, van a avisar a Gunnar y...
Cuando me volví, la sangre se congeló en mis venas. La primera remesa de embarcaciones estaba a punto de llegar al muelle.
La noche avanzó sedienta, dispuesta a tragar hasta la última guedeja de color que el crepúsculo había dibujado, sorbiendo lenta pero tenazmente la belleza del ocaso.
Deseando dejar en su lugar un panel oscuro tachonado de estrellas titilantes, atentas a la tragedia que pronto tendría lugar bajo ellas.
—¡Debemos correr...! —gimió Helga aterrada.
—Gunnar vendrá... —aseguré rezando para que aquello fuera cierto, sabiendo que si corríamos irían tras nosotras y nos alcanzarían.
Aquellos temibles guerreros ya tenían sus hambrientas miradas puestas en nosotras y aporreaban sus escudos con los mangos de las empuñaduras de sus espadas, ansiosos por colmarlas de sangre.
Fue difícil reprimir las ganas de correr, ese impulso de pura supervivencia latía fervoroso en mi pulso, impeliendo a todo mi ser a escapar de aquella muerte segura.
Los demás me observaban como si yo fuera el faro que debían seguir, depositando en mí una confianza meritoria.
Mi gesto adquirió gravedad, pero también convencimiento.
«¡Sí, maldita sea —me dije—, Gunnar nos salvará.
.. !» Estaba allí dentro, pertrechando una ciudad para defenderla de aquel ataque. Sentía su presencia. ¡La sentía!
Y, cuando los primeros bárbaros se lanzaron al agua, incluso antes de que la nave llegara al embarcadero, me estremecí de puro terror.
Blandí mi espada y Martín, Valdis y Ahmed formaron una línea a mi lado para combatir a los primeros guerreros.
Justo cuando alzaba la espada y me centraba para la batalla, una desgarradora voz familiar que aullaba mi nombre dirigió mi vista hacia el matacán que sobresalía de la barbacana.
Gunnar asomaba medio cuerpo entre los merlones con expresión tan atónita como angustiada.
No pude atender a sus gestos. Parecía señalar hacia la muralla oeste, pero ya no pude prestarle más atención.
Un guerrero se cernió sobre mí y yo me adelanté para enfrentarlo.
—¡Retroceded hasta la muralla oeste! —ordené.
Alcé la espada justo cuando la de mi atacante trazaba el arco para combatirme. Chocamos los aceros y me apresté a zafar el mío, pues no contaba con la suficiente fuerza para oponer resistencia a su empuje. Los brillantes ojos del hombre relucieron con perversa diversión.
De soslayo observé cómo Martín se batía con otro en su afán de proteger a las mujeres.
Pude detener cada estocada anticipándome a ella.
Aquella bestia del norte era inmensa, ninguna de mis ofensivas tendría éxito.
Y tampoco tenía tiempo para estudiar sus movimientos ni para trazar una alternativa, el resto de los guerreros se aproximaban entre gritos exaltados y feroces expresiones.
Logré en mitad de un giro propinar una patada que desestabilizó a mi oponente para poder escapar a la carrera.
El resto corría delante de mí. No tenía ni idea de qué habría en el muro oeste, pero mi intuición y mi confianza en Gunnar dieron brío a mis piernas.
Una frase en nórdico aceleró mi pulso.
—¡A por ellas!
Toda mi esperanza se evaporó al comprobar que nos adelantaban por los flancos para rodearnos. Corrían más, eran más fuertes y estaban organizados para aquellas escaramuzas. No teníamos ninguna oportunidad.
No tardaron en cerrar el círculo entre burdas risotadas, dejándonos temblorosos en el centro.
—Ey, mira, Olaf, tenemos para todos los gustos, aunque yo de rubias estoy harto —barbotó uno de ellos, fijando su libidinosa atención en mí.
—Mataré al que ose acercarse —proferí en el mismo idioma, apuntándolo con la espada.
—Que Loki se lleve mi cordura si mis oídos me engañan. Una hermosa sarracena hablando mi idioma... —masculló asombrado.
—Estamos juntas, y venimos de Skiringssal, somos skjaldmö y os cortaremos las pelotas para que se las coman los cuervos si os atrevéis a tocarnos —intervino Valdis blandiendo un ceño amenazante.
Un silbido admirado emergió de uno de los gigantes.
—Sven, sin duda son mujeres del norte, tienen más pelotas que tú.
—Se las habrá comido su cuervo —declaró otro.
Otra tanda de risotadas. Al menos habían dejado de cerrar el círculo. Se divertían y eso era bueno, pues nos hacía ganar tiempo.
—La sarracena seguro que fue una esclava, una thrall , y, por cómo habla y blande su acero, obtuvo su libertad y fue entrenada como escudera, pero ninguna de ellas tiene pinta de ser virgen, ¿no te parece, Olaf?
El hombretón de cabellos trigueños y pequeños ojos de mirada aviesa esbozó una sonrisa hambrienta.
—Habremos de descubrirlo, Sven, odio las mentiras, y sólo una doncella virgen puede ser escudera.
—De la sarracena me encargo yo —replicó el tal Olaf sacando la lengua en un gesto obsceno.
Rodeamos de manera protectora a Flora, el pequeño Erik, y a mi madre con Raquel en brazos. El resto encaramos a los hombres formando un círculo.
—Adelante, Olaf —reté temeraria, alardeando de un valor que en realidad no sentía—, ven por mí, tengo ganas de alimentar a los cuervos, aunque dudo que se colmen.
Los hombres estallaron en risotadas, y aunque comenzaban a acercarse, su porte era más distendido y confiado.
—Cómo me gusta abrir boca con algo tan exquisito antes de hincharme a comer cuando atraviese esas puertas —rezongó el aludido.
Apreté los dientes ante el inminente ataque y los aguardé balanceando mi acero.
Olaf arrugó la faz en una mueca burlona. Sacó la lengua de nuevo y me guiñó un ojo.
—¡Vamos a bailar, preciosa..., que tengo ganas de catar tu supuesta virtud!
A menos que quisiera yacer con un cadáver, aquel hombre no tenía previsto matarme. Y aquélla sería mi baza.
Me adelanté para plantarle batalla sin exponer a los demás. Mi arrojo fue tal que el resto de los guerreros comenzaron a silbar y a reír retrocediendo para contemplar la lucha. Una vez más, mis habilidades con la espada servían para distraer, sólo que en esta ocasión se saldaría con muertes.