El último aullido (Lobo 3) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

Sin un ápice de compasión, adherí la punta a su pecho. La carne chisporroteó y retrocedió chamuscada. El alarido que emergió del imán no igualó al llanto del bebé que su maldad había sentenciado.

—¿Qué hay en ese cofre? —pregunté imperturbable.

El hombre jadeaba conmocionado y aterrado.

Me encogí de hombros y me encaminé de nuevo a la hoguera.

—¡Noooo...! —exclamó suplicante—. Hablaré...

Regresé junto a él sin soltar la daga ni mi máscara de frialdad.

—Adelante.

Asintió repetidas veces acometido por temblores.

—En ese... cofre hay un reliquia de Santiago Matamoros, el apóstol Santiago el Mayor, también conocido como el martillo de musulmanes. La fe que despierta ese santo vuestro lo ha convertido en el emblema de los reyes cristianos prestos a sublevarse contra el emir en su afán de reconquista.

Gracias a una aparición del santo, el rey astur Ramiro nos venció en la batalla de Clavijo. Ahora que combatimos a los paganos, los cristianos se reagrupan.

Arrebatarles esa reliquia y exhibirla en el combate minará su fe y los desmoralizará. Por eso es vital que la llevemos intacta al emir.

—Me cuesta creer que no podáis abrir el cofre sin la llave.

Apartó la mirada, su rictus se tensó, y supe que me ocultaba algo vital.

Regresé a la hoguera y el imán suplicó piedad entre sollozos rotos.

Cuando volví a su lado recordé de pronto algo que me había dicho Rashid en aquella tienda escarlata donde deseaba negociar mi rescate.

—¿Qué fue de Raissa?

Aquel giro en la conversación lo desconcertó hasta el punto de boquear confundido y mirarme contrariado.

—Rashid me dijo que se había casado con otra mujer, llamada Raissa, y que había tenido un hijo con ella —añadí con franca curiosidad.

—Huyó cuando supo que él iba a rescatarte, discutieron, ella me dijo que él soñaba contigo cada noche y te llamaba en sueños, no pudo soportarlo. No sé nada de ella ni de mi nieto. Y todo por tu culpa...

—No reniego de mis culpas, pero sí de las que no me pertenecen, y ésa no es mía. Como tampoco la de hacerte pagar tus pecados. Tú has venido a mí para recibir tu castigo, tus actos te han atado a este árbol, yo sólo seré tu guía al infierno.

La vidriosa y enrojecida mirada del hombre me fulminó desprendiendo un odio feroz.

—Y serás tú quien decida lo largo que será ese camino.

Volví a la hoguera. Acerqué el filo del puñal al fuego y esperé hasta ver cómo el acero relucía anaranjado.

Regresé sobre mis pasos y alcé la daga a la altura de los ojos del imán.

—No mereces ver el mundo, ni llevarte una brizna de la belleza de este lugar.

—Noooo... —gimoteó suplicante—, te lo ruego...

—Abristeis el cofre, ¿verdad?

Asintió repetidas veces, sudaba y jadeaba. El pánico constreñía su semblante.

—¿Qué había dentro?

—Un pliego... diciendo dónde estaba la reliquia.

—¿Y dónde está?

—Es la llave. La que ha llevado tu madre al cuello todo este tiempo.

Lo miré boquiabierta.

—¿Esa llave de nácar? —inquirí incrédula.

—Sólo es de nácar la cabeza con forma de concha, el resto es una falange del santo, de uno de sus dedos, el índice.

Lo miré estupefacta, asimilando aquella información.

—La concha... era una pista... Es... es la concha de los peregrinos —balbuceé atónita.

El imán asintió.

Entonces recordé las numerosas hazañas que mi madre narraba de mi padre cuando era niña.

Entre ellas, la del eremita Paio, que durante varias noches consecutivas ve unas luces extrañas, como una lluvia de estrellas, en el bosque Libredón, sobre un montículo de una necrópolis antigua.

Aquel fenómeno le llama mucho la atención y decide ponerlo en conocimiento del obispo Teodomiro, de la vecina Iria Flavia.

Éste, considerándolo un milagro, avisa a su rey, Alfonso, y marcha hacia allí para investigar el suceso, su fiel caballero don Diego de Antúnez lo acompaña.

Al investigar aquellas ruinas, descubren atónitos tres tumbas, la del apóstol Santiago y sus dos discípulos, Teodoro y Atanasio.

Y el rey decide levantar un monasterio para proteger las tumbas, el monasterio de San Paio.

Por algún motivo, mi padre recibió esa reliquia como obsequio de su rey, seguramente para alentar a sus tropas contra los musulmanes, para enarbolarla como heraldo de la victoria que les reservaba. Respaldados por un santo, todo milagro es posible. Y la Reconquista cobró fuerza.

—¿Cómo descubrió el emir dónde estaba la reliquia?

—Ofreciendo una suculenta recompensa por ella —respondió, ya cabizbajo—. Todos los imanes de las coras recordábamos en las mezquitas lo importante que era tener alguna pista sobre alguna de las reliquias del santo.

Hasta que un día, un muchacho vino a mí para decirme que su madrastra escondía un cofre que venía del mismísimo rey Alfonso, y cuál fue mi sorpresa al descubrir que se trataba de doña Elvira.

En aquel momento reflexioné sobre lo paradójico que resultaba que la reliquia de un santo casi llevara a la tumba a mi madre, y que el remedio de una bruja la sacara de ella.

Abrí el cuello de mi túnica y tiré del cordel que rodeaba mi cuello.

Extraje la llave y sentí un hereje brote de aprensión al saber que llevaba el hueso de un dedo contra mi piel.

Pensé en lo ingenioso que resultaba camuflar de llave un tesoro, dejando que las miradas ambiciosas se centraran en el interior del cofre y no en el instrumento que lo abría.

Taliq clavó sus ansiosos ojos en la llave y yo la acaricié pensativa. Al final, mis actos tendrían un carácter religioso, después de todo.

Y había llegado el momento de convertirme en arcángel.

—Jamil está cerca, ¿verdad? Él no se rendirá.

—Ningún siervo de Alá desoye sus peticiones. Alá es grande, no hay más dios que él, y Mahoma es su profeta. Y el infiel repetirá esa sura entre borbotones de sangre.

—Creo que la corriente martirial que provocó Eulogio contradice tus palabras. Los cristianos morirán antes que ensuciar su boca con tu dios.

Sonreí con malévolo gesto y balanceé la reliquia ante él.

—Y ahora más, cuando reciban la fuerza del apóstol —resalté gozando de su aflicción—. Creo que el amigo de Eulogio, Paulo Álvaro, busca unir a los mozárabes en una rebelión apoyada por los reinos cristianos; seguramente esta llave abra la puerta de vuestra expulsión. La Reconquista está cerca. Y

ahora reúnete con tu Alá en la Yanna.

Y, tras mis palabras, rebané su cuello con una frialdad metódica.

Limpié mi daga en su pecho, lentamente, como si fuera parte de un ritual de sacrificio, y luego la envainé.

Cuando me giré me topé con las miradas sobrecogidas y demudadas de los demás.

Estaban junto al fuego, asando varias liebres, pendientes de lo que acontecía frente a ellos, y en sus semblantes pude leer el asombro por mi absoluta insensibilidad. No obstante, a excepción de Helga y Valdis, ninguno de los presentes conocía mis avatares pasados en las tierras del norte.

Ninguno de ellos me había visto enfrentar la muerte como skjaldmö en las duras y frías tierras del norte, en un campo de batalla frente a temibles guerreros, ni sabían que yo hacía tiempo que había estrangulado mis remordimientos con quienes no los merecían.

Arrebatar la vida al enemigo era pura supervivencia, ejecutar a un demonio era un deber para quien se preocupaba de purgar el mundo de ellos.

No había cabida para la piedad ni la conmiseración, pues allá donde escaparan derramarían la negrura de su pútrido corazón.

Suspiré pesadamente, prometiéndome acabar con cuantos se cruzasen en mi camino.

Mi madre se levantó y se acercó a mí. En su rictus impresionado subyació además un deje compasivo que la llevó a darme un abrazo.

—No soy capaz de imaginar lo mucho que habrás sufrido para acerar así tu corazón.

—O te endureces o mueres. Y regresé —musité entre sus brazos—. Un enemigo que huye es un paso que te acerca a la muerte. Y aprendí a alejarme de ella.

Mi madre se apartó y me tomó de los hombros. Asintió y me miró plena de orgullo.

—Eres toda una guerrera. Si el rey Ordoño se entera de tu valía, te pondrá al frente de sus huestes.

—Ni siquiera somos válidas para opinar, madre, mucho menos para decidir una batalla.

—Confío en que eso algún día cambie.

—Deberían tomar ejemplo de los nordumâni , los toman por bestias cuando son más tolerantes e igualitarios en cuanto a géneros.

—Una sociedad avanzada.

—En eso, sí —reafirmé.

—Vamos, tu hija desea dormir contigo.

Era la primera vez que usaba aquel apelativo para referirse a Raquel, y aunque a la pequeña hacía tiempo que la sentía como tal, no me veía con derecho a llamarme madre por el simple hecho de no haberla albergado en mi vientre.

Sin embargo, en aquel instante me pareció tan absurdo que sonreí ante mi descubierta condición.

Contra todo vaticinio, era madre.