El último aullido (Lobo 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Entre afeites, secretos y duelos

Nunca había odiado tanto un amanecer.

Maldije cada haz de luz que brotaba del horizonte, cada destello que asomaba por la celosía del ajimez, cada pueril retirada de las sombras hacia los rincones.

Maldije al sol por alzarse y arrebatarme aquella noche.

A la luna por su cobarde retirada, por no escuchar mis ruegos de hacerse eterna.

Al destino, por ese cruel empeño en separarnos, en cubrirnos de tragedia y vestirnos de adversidades.

¿Tanto nos envidiaban los dioses, que no soportaban presenciar algo tan puro y profundo?

¿Tanto habíamos de sufrir para pagar ese inmenso amor que nos reventaba en el pecho?

Era tan injusto y estaba tan cansada..., sin embargo, algo en mi interior se había despertado con más fuerza que nunca, quizá en respuesta a todo lo vivido, a cada dura prueba, a todo el tormento que habíamos logrado superar.

Porque, si ahora nos rendíamos o nos derrotaban, nada de todo aquello tendría sentido. Por eso ahora debíamos luchar encarecidamente contra ese nuevo trance. Porque si algo sentía dentro de mí es que era el último.

Tuvieron que arrancarme de los brazos de Gunnar, tras una noche de promesas, pasión, lágrimas y amor.

Él prometió regresar por mí, pero yo me hice una promesa a mí misma, la de ir a buscarlo y huir.

Porque si algo había aprendido de los hombres poderosos era que la ambición estaba siempre por encima de la honestidad.

Tener a su servicio a un hombre como Gunnar resultaba demasiado tentador.

Era un aliado valioso que podría usar en todas sus lides, ¿por qué soltarlo en la primera empresa cuando podía servirle de por vida?

Verlo partir fue desolador, pero también un acicate a mi determinación.

Ningún taimado emir, ningún dios envidioso, ninguna bruja artera podrían separarme de él. Y entre acerbas lágrimas comencé a sentir fortalecerse en mí a ese lobo que ya anhelaba devorar a quien se le pusiese en su camino.

Gunnar había hecho algo más antes de marchar a Isbiliya. Había conseguido la libertad de Martín y Valdis, como condición para su completa lealtad.

La vida en palacio era tediosa y pacífica, tanto que crispaba mis nervios.

Adquirí como costumbre pasear por cada rincón, fingiendo vagar como alma en pena, sin prestar atención a mi alrededor, cuando en realidad memorizaba cada detalle, cada pasillo, cada ventana y cada puerta.

Logré acceder a las estancias de las concubinas, con las que trabé cierta amistad, e incluso conocí a la esposa del emir, una mujer desabrida y poco agraciada que contrastaba con la belleza de la favorita, una sarracena lozana de carnes prietas y sensuales maneras.

Era fácil adivinar con quién pasaba el emir sus noches.

No se me permitía comer en el salón real. Y lo hacía en las cocinas, entre los anafes y los calderos, escuchando las conversaciones de doncellas y criados, de donde extraía la información más valiosa.

Que se me consintiera recorrer el palacio y sus jardines no preocupaba al emir, pues todas las salidas estaban custodiadas día y noche.

Además, en mis continuos paseos, era seguida de cerca por un sempiterno guardián.

Nunca era el mismo, quizá temían que pudiera ganarme su simpatía.

No obstante, yo permanecía atenta, trazando planes mentales, decidida a buscar la oportunidad de escapar de aquella celda de piedra, azulejos y rosas.

Día tras día, la nostalgia y la impaciencia hacían mella en mi ánimo.

No se me permitía recibir visitas, pero sí mandar mensajes y recibirlos.

De ese modo pude comunicarme con mi madre y los que ya se habían convertido en mi familia.

Todo estaba bien en el hospicio, excepto porque, al parecer, habían regresado las desapariciones de niños.

Durante mis caminatas había descubierto una sala privada cuya puerta siempre estaba cerrada.

Estaba ubicada muy cerca del muro exterior, y tenía la certeza de que había otra puerta en su interior que quizá fuera una salida discreta y desconocida para los siervos de palacio.

Una salida trasera que sólo podría usar la familia del emir en caso de invasión.

Aquella hipótesis la había convertido en un reto para mí.

Decidí escapar de mi cuarto en plena madrugada para gozar de más libertad en mi inspección.

Deambulé sigilosa por los amplios corredores, apenas iluminados por diseminadas lucernas parpadeantes.

Atravesé el jardín hacia la parte oriental del palacio y me cobijé en la sombra de los pórticos al toparme con la inoportuna ronda del guardia de turno.

Una luna menguante que se dejaba acunar por una noche estrellada, adormecida, apenas iluminaba mis pasos. Algo que me beneficiaba pero que ralentizaba mi avance por temor a tropezar o darme de bruces con algún obstáculo imprevisto.

Cuando al fin llegué a aquella sala, la oscuridad me descubrió una abertura que el día me había ocultado.

Sobre la puerta, un calado en la pared con forma de estrella relucía con la luz del interior.

La sala estaba ocupada aquella noche. Y yo no podía dejar escapar aquella oportunidad.

Miré a ambos lados y elegí una alta maceta con forma de ánfora.

Comencé a empujarla trabajosamente hasta arrastrarla frente a la puerta.

Mientras lo hacía, un intenso aroma se deslizó por el quicio.

Eran los efluvios de un afeite de belleza, la acidez y la frescura de algún cítrico y el espeso perfume de las rosas.

Pero también impregnaba el aire un aroma extraño que no supe reconocer.

Me subí al borde de la maceta y atisbé por el calado de la pared.

Se me reveló una especie de salita, decorada con tapices y cojines y, más allá, otra puerta que estaba segura daba al exterior.

Pero lo que más llamó mi atención en aquel momento fueron las dos mujeres que parecían conversar en susurros.

Una le untaba a la otra una especie de pomada en el dorso de la mano mientras le mostraba un tarro. No pude distinguir qué contenía.

Pero cuando la mujer que extendía el producto ladeó ligeramente la cabeza hacia mí y reconocí su rostro, mis rodillas fallaron y a punto estuve de perder el equilibrio.

Filtré mis dedos por los huecos del calado y me aferré con fuerza para no caer.

No obstante, sacudí la puerta y aquella vibración captó la atención de las dos mujeres.

Por fortuna, miraron la puerta, y no la estrella decorativa en su parte superior, pues de haber sido así habrían visto mis dedos asomando.

Decidí permanecer inmóvil, rezando para mis adentros para no ser descubierta. Ellas continuaron hablando, me fue imposible desentrañar la conversación, pero el secretismo que exhibían era más que evidente. Aquél era un encuentro furtivo, y habiendo identificado a ambas mujeres, supe por qué.

Quedarme allí más tiempo habría sido demasiado imprudente, así que me deslicé todo lo silenciosamente que pude de la maceta y apreté los dientes para que el arrastre no despertara la atención de las ocupantes de la sala.

Una vez en su lugar, me apresuré a marcharme con la cabeza bullendo de figuraciones sobre aquella cita secreta. Y preguntándome qué utilidad podía sacar de ello.

En aquel momento no supe la importancia de aquel descubrimiento.

* * *

Dos días después, murió la favorita del emir.

Amaneció muerta en su lecho, ni siquiera el hakim pudo dictaminar la causa de la defunción con seguridad.

Pero la muchacha tenía la lengua azul, único vestigio de anomalía.

No había signos de violencia en su cuerpo, y tampoco hubo ningún interés en descubrir lo sucedido.

Pero incluso si yo no hubiera presenciado aquella reunión secreta, sabía que, si la lengua estaba azul, un veneno había pasado por ella.

De cualquier modo, mi única intención allí era escapar, y para eso debía vigilar noche y día a la mujer que tenía la llave de la salita que llevaba a mi libertad. Y esa mujer condujo mis pasos hacia los sótanos de palacio.

La esposa del emir se adentró en una galería abovedada, no muy grande, y no cerró la puerta tras de sí.

Pude atisbar desde fuera lo que parecía un almacén lleno de alacenas.

El aroma allí era acre, casi fétido, y me sorprendió que guardara bajo llave aquella hilera de potes.

Sin embargo, reconocí el singular tarro que le había sido entregado la otra noche.

La observé untarse el contenido en la cara con curiosa veneración.

Cuando salió de la ciega galería y cerró con llave, la depositó en el escondrijo de donde la había sacado: una oculta oquedad en la roca por encima de la puerta.

Aguardé a que se marchara y me dispuse a indagar más detenidamente.

Abrí la puerta y me adentré en el almacén.

Tomé el pote que acababa de usar y aparté la tela que lo cubría.

Hundí mis dedos en aquella sustancia blancuzca y untuosa, la froté entre las yemas y la olí.

Tenía la consistencia de la manteca, pero su olor era mucho más intenso y desagradable.

Sentí una vaharada de aprensión y me limpié en la túnica.

Luego me dispuse a escrutar el resto de los tarros.

No supe reconocer la mayoría, pero sí los que contenían hierbas y flores desecadas.

Me sorprendió descubrir adelfa en uno de ellos.

Ante aquella pequeña y letal flor blanca, los recuerdos me golpearon con vehemencia. Ya había vivido muertes por envenenamiento. Demasiadas para no reconocer el dispensario de una asesina.

Guiada por mi instinto, rebusqué en todos los potes hasta que hallé lo que buscaba. No conocía el nombre, pero supe al instante que aquella frágil flor azulada era la causante de la muerte de la favorita del emir. Y entonces lo recordé...: era acónito.

Salí de aquel contenedor de muerte y belleza, cerré con llave y regresé sobre mis pasos.