El último aullido (Lobo 3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Si vuestra intención es analizarme, adelante. Pero creía que no os gustaba perder el tiempo. A mí tampoco me gusta.

La actitud de Gunnar era provocadora, y lo maldije en silencio. Oprimí los labios aguardando el enojo del emir.

Para mi completo desconcierto, sonrió ampliamente.

—No estoy muy habituado a tratar con un igual —objetó admirado—, el infame rey Ordoño no es muy dado a conversar, pudiendo alzar la espada contra mí. Pero tú rezumas autoridad y poder. Debes de ser un rey desterrado de tus lejanas tierras del norte.

—No era ningún rey, ni siquiera un jarl , tan sólo un hersir que gobernaba una pequeña aldea.

—¿Qué son un... jarl y un hersir ?

—Un jarl es algo así como un conde, y un hersir es como un valí, pero a mucha menor escala.

—Entiendo.

Muhammad deslizó la mirada por el resto de los hombres y sonrió solazado.

Aquella extraña actitud comenzó a inquietarme.

—¿Qué hacemos aquí y qué queréis de nosotros? —preguntó Gunnar con impertinente impaciencia.

—Os han traído mis oraciones. Alá misericordioso me envía su aliento cuando más lo necesito.

Gunnar decidió esperar a que Muhammad continuara con su respuesta; seguramente valoraba si debía seguir mostrándose tan audaz, a pesar del agrado del emir con su talante.

—Concedí el perdón a los levantiscos habitantes de Tulaytulah.

Y allí me informaron de que un reducido grupo de norteños había conseguido instruir y liderar a los grupos implicados en el motín.

Me parece toda una hazaña que tan pocos hombres tomaran los cuatro centros de gobierno de la ciudad.

Un plan tan arriesgado como brillante, que habría salido bien si uno de los vuestros, el rabí Samuel, no os hubiera traicionado y mis razias no hubieran llegado a tiempo para sofocar la revuelta.

Y ante mí tengo al hombre con esa mente tan prodigiosa, tan ducho en el combate como en la estrategia.

Y justo en el momento que más útil puede serme.

—¿Y ese momento es... ?

El emir alzó una ceja, y esta vez su rostro adquirió gravedad.

—Los nordumâni han regresado —comenzó—. Una flota de unos sesenta qaraqir ha incursionado en el reino de los francos y vienen directos al mío.

Mi tropas ya los han enfrentado en las costas de al-Garb, y mucho me temo que regresarán a Isbiliya a hacer de las suyas, o incluso quizá se atrevan a adentrarse hasta Qurtuba siguiendo el curso del río Wad al-Kabir.

Lo que los árabes llamaban qaraqir eran los temibles snekker , las embarcaciones de guerra más temibles de los hombres del norte. Y, por la cifra, la flota debía de ser impresionante.

—¿Y qué es exactamente lo que requerís de mí y de mis hombres?

—Que repitas lo que hiciste en Tulaytulah con los rebeldes.

Gunnar guardó silencio. Aunque no había nada que decidir en esa ocasión.

—Nadie mejor que uno de ellos para combatirlos. Tú los conoces, de hecho, participaste en la incursión a Isbiliya hace casi catorce años. Y lo que quiero exactamente es que alecciones a mis soldados y que plantees una estrategia defensiva para repelerlos mientras mis flotas los masacran.

Lo que le estaba pidiendo en realidad es que traicionara a su corazón y sus orígenes. En aquel momento habría deseado estar a su lado para poder estrechar su mano en la mía.

—Sobra decir lo que os ocurrirá si te niegas, ¿no es cierto?

—Es fácil de adivinar —musitó Gunnar con dureza.

El emir asintió con agrado, inspiró hondamente y regresó a su trono.

—Mañana comandarás una tropa de mis mejores hombres, los instruirás y dentro de unos días partiréis hacia Isbiliya para defender sus muros, evitar que entren en la ciudad y contenerlos hasta que llegue mi flota.

—Le dedicó una mirada ladina y regocijada.

Después añadió—: Parece que el destino te da la oportunidad de pagar todo el daño que le hicisteis a esa ciudad.

—Hizo una pausa para inspeccionar el gesto de Gunnar.

Desde mi posición me era imposible verlo, pero imaginaba que su rostro debía de ser un roca impenetrable, carente de toda expresión.

En situaciones tan delicadas, sabía esconder información a su oponente—.

De tu éxito no sólo dependerá que Qurtuba no sea atacada y mi reino no sufra más invasiones de los nordumâni .

De tu éxito dependerá la vida de los tuyos. En especial, la de tu esposa.

En aquel momento, dos guardias aparecieron por una arcada y me apresaron. Decidí no resistirme por temor a la reacción de Gunnar.

Cuando se volvió y comprobó lo que estaba ocurriendo, su impulso fue acudir en mi ayuda, pero por fortuna fue contenido por Thorffin.

Casi al instante, ante el amago de Gunnar, dos largas hileras de guardias reales nos flanquearon apuntándonos con largas alabardas.

El taimado emir volvió a ponerse en pie y se acercó a él. Esta vez, Gunnar retrocedió, pero no por temor, como creyó al principio Muhammad por la sonrisa de superioridad que esbozó, sino para obligarlo a bajarse de la tarima si quería doblegarlo con la mirada. No bajó.

—Como comprenderás, necesito una prueba de fe. Será bien cuidada y atendida y estará bajo mi protección. Sólo debe preocuparte tu encargo. Si todo sale bien, no sólo volverás a verla, sino que os firmaré a todos un perdón real.

—Quizá yo también necesite una —profirió con frialdad.

—Tienes la promesa de un emir de la dinastía Omeya.

—Un hombre al fin y al cabo, uno que no conozco.

Muhammad compuso un ceño admonitorio ante la osadía de Gunnar.

—Convendrás conmigo en que, en tu situación, seguir respirando ya es un favor que te concedo.

Así pues, no te queda más remedio que confiar a ciegas.

Estáis en mis manos, y sólo hay una manera de salir de ellas.

Y para que empieces a conocer mi buena disposición, dejaré que esta noche la pases con ella.

A partir de mañana estarás a mi completo servicio, tus hombres y tú.

Entonces tuve la audacia de dirigirme al emir.

—Vuestros hombres somos también nosotras dos —proferí señalando a Valdis—, ambas somos escuderas y hemos combatido junto a ellos. Podemos defender como cualquier otro esas murallas.

El emir alzó las cejas con asombro y se dignó descender de la tarima para acercarse a mí.

—Permíteme que dude de tus palabras.

—Puedo demostrarlo —alegué con firmeza.

Capté la mirada ceñuda de Gunnar y lo que intentaba pedirme. Lo ignoré.

—¿Cómo?

—Dadme una espada y un oponente.

—Ella se queda aquí —intervino Gunnar ofuscado.

El emir me escrutó con creciente interés, mostrando en su semblante un mohín curioso.

Se acercó a uno de los lanceros y le arrebató la espada que llevaba al cinto.

A continuación ordenó a otro que esgrimiera la suya.

Luego el emir regresó a mi lado y me entregó la espada que portaba.

—¡No! —exclamó Gunnar revolviéndose entre los brazos de Thorffin. Los alabarderos acercaron amenazadores las puntas de las armas a su cuerpo.

Hiram contribuyó a detenerlo susurrándole algo al oído.

Miré a mi esposo, que me observaba angustiado y furibundo.

Respiré hondo y empuñé con arraigada determinación aquella espada curva.

No era como las que yo solía manejar, pero era una espada al fin y al cabo y la técnica era lo único que importaba, o eso esperaba.

Me centré en estudiar a mi adversario, recordando cada lección aprendida y cada combate librado.

El soldado comenzó a balancear la hoja y a moverse de un lado a otro. Yo alcé el alfanje y me puse en guardia, observando sus movimientos para anticiparme a ellos. De repente descargó un envite que esquivé grácilmente.

Decidí seguir tanteándolo antes de atacar para asegurarme un golpe certero.

Un nuevo lance y esta vez lo detuve con mi hoja. Descubrí que, girando la espada, la hoja curva hacía más fácil desestabilizar el arma del oponente.

Continué esquivando y frenando embates, hasta que pude hacerme un patrón de sus movimientos.

Casi todos era repetitivos, y como su misión allí no era matarme, sino evidenciar mis habilidades, aproveché aquella ventaja y afiancé mi posición.

Dejé de retroceder y gané confianza. Descargué varios ataques que mi adversario contuvo, pero mientras los repelía mi agilidad y mi rapidez volvían a sorprenderlo con otro ataque más incisivo.

Algo que recordaba vivamente de mi instrucción con la espada era que la victoria solía esconderse en la sorpresa.

«Sorprende a tu enemigo y lo vencerás.» Y con aquel consejo en mente, y tras una pertinaz serie de ataques, en mitad de un giro me puse tras él y lo golpeé en el costado con la empuñadura.

El hombre se dobló en dos y no lo dudé, alcé la rodilla y la hice impactar contra su mandíbula. Lo derribé.

—Me has impresionado gratamente, muchacha. Hablas con la verdad.

Podrías formar parte de mi guardia personal.

El emir me sonrió admirado.

—Seré más útil en las murallas que confinada en una jaula de oro.

—Por cómo me mira tu esposo, me temo que, sin prueba de fe, no tengo garantía alguna de que no escape. Tengo hombres de sobra para suplantarte, no te necesito. No quiero mujeres en mis filas que puedan distraer a mis soldados.

—Rezad para que la próxima incursión no la realicen mujeres, o vuestro reino estará perdido con tanta distracción —mascullé frustrada.

—Gozas de la insolencia de tu esposo, sin duda. Te vendrá bien un tiempo sola, quizá la sumisión y la dulzura de mis súbditas amanse tu carácter.

—O quizá no —objeté irritada.

—Habremos de descubrirlo —concluyó el emir, aleteando de nuevo la mano, un gesto que parecía habitual en él cuando desestimaba algo que carecía ya de interés. Supe en aquel instante que nada podría hacerlo cambiar de parecer.

Se encaminó hacia Gunnar, que seguía punteado de lanzas, y, tras un sutil gesto, los guardias se retiraron. No obstante, Thorffin e Hiram no soltaron del todo a Gunnar.

—Disfruta de esta noche, las siguientes que desees pasar con ella habrás de pelearlas.