El último aullido (Lobo 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Vientos helados que abren puertas

La enfermedad remitía y las fuerzas de Gunnar aumentaban en consecuencia.

La tos persistía, aunque ya sin flemas sanguinolentas. La respiración dejó de ser sibilante y ahogada y su aspecto mejoró considerablemente. Y mi corazón... mi corazón se aligeró por fin.

Paseábamos por los embriagadores jardines de palacio entre arrumacos, chanzas y risas, cogidos de la mano, saboreando momentos de absoluta dicha, a pesar de que la incertidumbre nos aguardaba agazapada detrás de esos muros y delante de un trono.

Cada día recibía noticias del arrabal y enviaba los progresos de Gunnar por medio de una doncella que se prestó a ser mi emisaria.

Mi madre estaba bien, y Helga podía disponer de su tiempo para trabajar en el hospicio mientras Ahmed se erigía en sempiterno protector de Erik.

Ya no había habido más desapariciones, quizá porque los progenitores velaban más por sus pequeños, quizá porque el culpable se había vuelto más cauto. Sea como fuere, todo parecía tranquilo.

Al fondo de aquel vergel, un grupo ruidoso de guerreros rompía el misticismo con sus potentes vozarrones y sus carcajadas estruendosas.

Ellos también estaban siendo mimados por el emir. Y sus vigorosos aspectos así lo demostraban.

—Gustavo empieza a ser el que era —profirió Thorffin socarrón.

—Y pronto volverá a vencerte en los combates, Torcuato.

—Mira, si empezáis con los dichosos nombres, mejor me retiro a mis aposentos —intervino Hiram irritado.

—Cuidado, chicos, que podemos ofender la sensibilidad del dulce Hilario

—se mofó Sigurd.

Los hombres estallaron en carcajadas ante el ceño de Hiram.

—Vete al cuerno, Segismundo.

—Pues yo no veo que sea muy dulce —adujo Jorund con fingida ingenuidad.

—Venga, dejadlo ya, que anda malhumorado, y con razón —repuso Thorffin haciendo gestos hacia un rincón del jardín.

Deslicé mi mirada hacia allí para descubrir a Valdis paseando melosa junto a Martín.

Escruté con atención a la pareja, intentando detectar si en algún momento ella miraba subrepticiamente, pero nada indicaba que fuera un ardid para poner celoso a Hiram.

Martín acaparaba toda su arrobada atención.

Por otra parte, me desconcertaba que en tan poco tiempo hubiera logrado sacar al apuesto guerrero de su corazón para poner a otro en su lugar.

Valdis no era así. De cualquier modo, fuera como fuese, sólo me importaba la felicidad de ambos, aunque fuera por separado.

Cuando volví la atención a Hiram, su gesto torvo y su mirada furiosa no me hicieron compadecerme de él.

—Fuiste un necio —musitó Gunnar—, y mira que te lo advertí.

Hiram clavó en él una mirada resentida y luego la fijó en mí; su expresión se tornó extraña, como si me culpara del comentario de mi amado.

—Fui un necio, sí.

Su gesto apesadumbrado y arrepentido y su ceño afligido sí lograron ablandarme ligeramente.

—¿Dé dónde demonios ha salido ese tipo? —masculló con acentuado disgusto.

—Yo lo encontré —confesé.

Los hombres me miraron con diferentes expresiones que iban desde el desconcierto hasta el reproche.

De todas ellas me asombró la de Jorund, que, tras sus pullas hacia Hiram y el rencor por la traición a su hija, ahora me observaba tan sombrío como él.

En el fondo, apreciaba al guerrero y lo prefería a aquel herrero mozárabe que ahora llevaba a Valdis de la mano.

—Necesitábamos ayuda —justifiqué encogiéndome de hombros.

—Claro, y elegiste a un hombre apuesto y fortachón al que le gustaran las pelirrojas —me increpó Hiram.

—En eso ella no ha tenido nada que ver —alegó Gunnar en mi defensa, aunque en su tono reverberó una indignación que no terminé de entender—, pues como ya sabrás el corazón no elige a quién querer. Lo que quiera que exista entre ellos ha surgido solo, y ha sido recíproco. No hay más que verlos.

No supiste valorar lo que tenías y lo perdiste. Perseguir sueños es peligroso cuando no están al alcance.

Tuve la sensación de que había algo que compartían y que yo desconocía respecto a aquel asunto.

Hiram dejó escapar un gruñido áspero, nos regaló un ceño tormentoso y se alejó con los hombros hundidos.

—Parece que al final sí está enamorado —advertí con cierto pesar, ya que la situación parecía irreversible.

—Lo está, pero no de Valdis. Su enojo no es más que su orgullo de macho herido.

Todos miraron al avieso Sigurd. Pero él sólo me miraba a mí.

Un pesado e incómodo silencio pendió sobre nosotros. Pude sentir la tirantez en el porte de Gunnar.

—Regresemos al cuarto, estoy cansado —murmuró.

Asentí y desanduvimos nuestros pasos. No me atreví a preguntar nada, él tampoco a explicar.

Permaneció reflexivo y silencioso todo el camino de vuelta.

Pero cuando atravesamos las puertas de su cuarto, se volvió hacia mí abruptamente y me ciñó contra la hoja que acababa de cerrar.

Aferró con rudeza mi mentón, me taladró con una mirada penetrante y tomó mi boca con desatada urgencia.

Sólo pude aceptar su imperante beso, dejando que descargara en mí aquel arrebato posesivo y celoso que yo ya conocía. Si albergara alguna duda sobre lo que había movido a Hiram a los brazos de Zahira, aquel fogoso beso la habría despejado.

Cuando se apartó, en su mirada vidriosa titilaba la llama de un deseo insatisfecho y voraz.

Me arrastró apremiante hacia la cama, furioso e impaciente, y me lanzó sobre ella. Cuando se subió y se puso de rodillas para abrirme las piernas, su expresión ceñuda y ardorosa me excitó.

—¡Eres mía! —gruñó entre dientes, como si alguien se lo discutiera.

—Demuéstralo, maldito bárbaro —acicateé.

Rugió ante el desafío y se abalanzó sobre mí arrancándome la ropa con brusquedad. Alcé las caderas para recibirlo y aquella invitación lo enloqueció. Aferró mis muñecas con una sola mano y las inmovilizó por encima de mi cabeza. Gemí ansiosa, lo deseaba tanto que mi piel se erizó.

Cada fibra de mi ser vibraba impaciente. Casi noté un dolor físico ante el desgarrador anhelo de sentirlo en mi interior.

Atrapó un pezón en su boca y lo mordisqueó, me arqueé gustosa y entonces me penetró.

Gruñí de puro placer y él alzó la cabeza para mirarme mientras se movía dentro de mí.

Sus empellones eran secos, duros y desesperados.

En cada uno de ellos remarcaba su dominio sobre mí, sobre mi corazón, sobre mi alma.

«¡Mía!...», jadeaba él en cada embestida.

«¡Tuya!...», gemía yo en cada incursión.

Y, así, nuestra unión volvió a sellarse, con el fuego de un placer que devoraba nuestros sentidos. Un deseo que no éramos capaces de colmar por mucho que nos entregáramos a él, porque nunca parecíamos tener suficiente.

Nos rendimos a un clímax catártico, con las miradas enlazadas, los jadeos encadenados y los corazones fundidos.

El mundo había desaparecido a mi alrededor, sólo un rostro lo ocupaba.

Uno que no podía dejar de mirar.

—Siento como si el corazón se me fuera a salir del pecho —pronunció él en apenas un rasgado susurro.

—Está en el mío.

Gunnar asintió y salió de mí para acomodarse junto a mi costado y cobijarme entre sus brazos.

Inhaló mi cabello y me estrechó con fuerza.

—El hakim estaría complacido con tus progresos —musité socarrona.

—Espero que menos que tú.

Se me escapó una carcajada que cascabeleó en el aire, esparciendo la inmensa felicidad que me embargaba.

* * *

Fuimos requeridos aquel mismo día en el salón real, como si el emir hubiera adivinado la recuperada fortaleza de Gunnar. En aquel fastuoso palacio no habría resultado descabellado pensar que las paredes tenían ojos.

Que aquellos singulares relieves de las paredes enteladas ocultaban aberturas secretas para espiar. Aquel pensamiento me desazonó, pero lo descarté al instante, pues en realidad resultaba absurdo. Los mismos siervos ya eran los ojos y los oídos del emir.

El salón real destilaba solemnidad. No supe si por los majestuosos arcos de herradura que nos rodeaban, por las decorativas columnas que los sostenían o por la escasez de mobiliario. En aquella inmensa estancia sólo había una larga alfombra bermellón y, al fondo, un sillón de alabastro y oro.

En el ostentoso trono se encontraba sentado un hombre menudo y nervudo, de aspecto regio y mirada ladina.

Tocado con un turbante negro, una túnica adamascada en oro con fajín rojo y calzas abombadas en seda del mismo color.

Lucía una barba puntiaguda y corta que afilaba su rostro y unos sagaces ojos oscuros que nos observaban con sumo interés.

A su lado se hallaba un visir, y el hakim .

El grupo en su totalidad, los presos a los que les habían cambiado los barrotes por muros de setos y enredaderas, aguardaban tensos tras su líder.

Martín, Valdis y yo permanecimos más atrás, en un tercer plano. Aquella disposición no le pasó inadvertida al emir Muhammad.

Tras su minuciosa inspección, el emir se puso en pie y se dirigió hacia Gunnar.

Que el trono se hallara sobre un entarimado no le evitó al hombrecillo tener que inclinar la cabeza para poder mirar al guerrero a los ojos.

La imponente estatura de Gunnar avasallaba incluso a un hombre tan poderoso como aquél.

Admiró sus hechuras y, por su gesto complacido, pareció más que satisfecho.

—Todavía no está recuperado —comenzó el médico—, pero dentro de unos...

—Yo lo veo en bastante plena forma —interrumpió el emir, que aleteó desdeñoso la mano dirigida al hakim , desestimando así su cautela—. ¿Cómo te encuentras? —dijo a continuación, dirigiéndose a Gunnar.

Aquella pregunta directa y sin tratamientos me sorprendió. Al parecer, era un hombre al que no le gustaba perder el tiempo.

—He estado mejor —respondió él, conciso.

—Pues debías de parecer temible.

—Ése era mi apodo.

El hombre asintió, casi regocijado por la actitud dura y seca de Gunnar.

—Tu mirada es fiera pero brilla con inteligencia, y eso me agrada —repuso el emir—. Además, eres insolente y descortés, y eso es un signo de lealtad, aunque también denota temeridad.