Capítulo 32 #2
Cuando llegué al jardín me topé con la esposa del emir y me sobrecogió descubrir que se hallaba frente a la puerta de mi alcoba.
Su anodino rostro no pareció mostrar ninguna emoción particular cuando me vio. Aun así, me tensé.
—Mi esposo te reclamará esta noche para que entretengas a sus invitados.
Aquello me hizo ponerme en guardia.
—No soy muy divertida —argüí mordaz.
—Pero eres bella y, según tengo entendido, manejas bien la espada.
—Mi esposo la maneja mejor, y ya la estará usando en su nombre. No pienso ser el divertimento de nadie.
Creí ver en su rictus un deje divertido.
—Posees carácter y una lengua más afilada que cualquier espada. Me gustará ver cómo te opones a los caprichos del emir.
—No entra en mis deseos ser su nueva favorita.
Aquel apunte confirió rigidez al huraño rostro de la mujer. Pero, al cabo, esbozó sin tapujos una sonrisa satisfecha que curiosamente afeó más su rostro.
—Para tu desgracia, esa decisión sólo compete al emir.
—Dudo que el emir desee ponerse en contra de su nuevo aliado. Y dudo también que se arriesgue a que una mujer lo castre.
La mujer no pudo reprimir una abierta carcajada. Pareció incluso regocijada ante aquella posibilidad.
—Yo de lo que no dudo es de que será una noche más que interesante.
A continuación, me observó complacida y se marchó.
Entré en mi alcoba y me senté en el diván junto a la ventana por la que ascendía la madreselva.
La esposa del emir había venido a tantearme ante el interés de su esposo en mí, y seguramente con la sibilina intención de desalentarme.
No obstante, encontrarse ya con mi resistencia le había ahorrado ese trabajo y se marchaba tranquila.
Asomé los dedos por la celosía recordando la escena que había presenciado la otra noche.
Sentí una punzada de inquietud, intriga y envidia casi a partes iguales.
La redondeada silueta de la otra mujer y saber lo que cobijaba en su interior sembraron un amargo poso de tristeza que oscureció mi ánimo.
Brianda de Kent era la que aprovisionaba a la esposa del emir de filtros, venenos y toda clase de potingues que ella necesitara. Se reunían furtivamente de noche en aquella salita secreta para ese fin.
Me pregunté si era casual que me volviera a topar con la maldita druida, o si tal vez ella nos seguía. Fuera cual fuese el motivo, la desazón era la misma.
Y entonces aquella pieza que no había terminado de encajar en mi mente lo hizo. Brianda era la tercera preciosidad que había estado visitando a Gunnar.
Y a mi pensamiento acudieron las palabras de Jorund: «Debe darle el sol, eso nos dijo ella».
Me recosté entre los cojines del alféizar y suspiré largamente. Acaricié mi vientre yermo y lamenté no portar en él al hijo de Gunnar.
No sé bien cuánto tiempo pasé sumida en mis cavilaciones, pero cuando llamaron a la puerta, el sol ya se ponía.
Un criado vestido completamente de blanco me pidió que lo acompañara.
Asentí, decidida a enfrentarme a los deseos del emir.
Al entrar en el salón real, la diferencia con la primera vez fue sustancial.
En esta ocasión, la disposición era diferente.
Lo habían amueblado para convertirlo en un amplio comedor.
Habían retirado el trono para colocar en su lugar una larga mesa de madera engalanada con finos manteles de lino y de seda.
Bandejas de oro salpicaban el tablero, unas con frutas variadas, otras con carnes asadas con coloridas hortalizas, fuentes de arroz aderezado con ricas especias y hogazas de pan ácimo.
Entre ellas, numerosas jarras repletas de vino aguardaban a ser vaciadas por los sedientos comensales.
Me condujeron a un extremo de la sala, donde se encontraban las concubinas; ocupar aquel lugar me irritó por lo que suponía mi presencia entre ellas.
Una muchacha vestida de sedas me observó contrariada.
—¿Eres la nueva favorita?
Negué con la cabeza, tan desconcertada como ella.
—¿Y por qué te sientas en su lugar? Por Alá, si todavía estará caliente en su tumba —recriminó compungida.
—Es donde me han indicado que me siente —respondí tan disgustada como ella.
La muchacha asintió e inclinó la cabeza hacia su pecho, ocultando la triste humedad de sus ojos.
—La pobre Hafsa iba a tener un niño. Estaba tan ilusionada...
—¿Lo sabía el emir?
—No, Hafsa quería darle una sorpresa esta noche. Hoy cumple años nuestro emir.
Tragué saliva y comprendí el motivo de su muerte. Conocer su estado lo convertía en un crimen aberrante. Sólo alguien sin corazón podía matar a un niño... Y entonces... aquel pensamiento me llevó a otro similar que había tenido no hacía mucho. Y una sensación ominosa se instaló dentro de mí.
—¿Tiene el emir hijos?
La muchacha se limpió las lágrimas del rostro y negó con la cabeza.
Luego se inclinó hacia mí y susurró:
—Su esposa, Yaiza, no puede concebir.
Y si ella no podía, nadie más había de poder, pensé reprimiendo un escalofrío. Poder colocarme en su lugar en aquella cuestión me confería más derecho para condenar su maldad, pues nada había más inocente que una criatura en ciernes.
En aquel momento, junto a aquella compungida concubina, supe que había conseguido la llave de mi libertad.
En el centro de la sala, un espadachín trazaba florituras con su acero, haciendo gala de un arte innato. Más parecía una danza que una exhibición de lucha. Aun así, su dominio con la espada era sublime.
No fue un criado quien vino a buscarme a la mesa, sino el mismísimo emir, enjaezado con sus mejores galas. No me pasó inadvertida la expresión disgustada de Yaiza.
Cuando llegó a mi altura, desenfundó su espada y me la tendió en un gesto cortés.
—Mis invitados arden en deseos de disfrutar de tus habilidades en un duelo con mi mejor espadachín —invitó en tono suave, pero con mirada despótica.
—No soy un bufón de vuestra corte —musité temeraria.
—Mientras duermas bajo mi techo, serás lo que yo quiera que seas —masculló entre dientes, manteniendo una sonrisa congelada en su cara.
—No duermo por mi gusto, sino por el vuestro.
—Y vas a pelear también por mi gusto, si quieres dormir una noche más bajo mi techo —murmuró iracundo. Hizo una pausa, entornó amenazador sus oscuros ojos y añadió—: He de aclarar que no dormirás bajo mi techo ni bajo ningún otro, lo harás bajo tierra.
Derramé sobre él una mirada cargada de odio mientras me ponía en pie.
Cuando me pasó la espada, mi primer impulso fue descargarla sobre él. Por la rapidez con que se dirigió hacia su mesa, seguramente temía lo mismo.
Avancé a largas zancadas hacia el centro. ¿Querían divertirse?, ¡pues por Odín que lo harían! Sería bueno dar de comer al lobo para que empezara a calentar, pues estaba decidida a ofrecerle todo un festín.
Contaba con la ventaja de haber visto su pomposa demostración, lo que me había dado bastante información sobre sus movimientos más habituales.
Mi contrincante, un hombre de porte altivo, grácil figura y mirada arrogante, se plantó ante mí para ejecutar una elegante reverencia.
Yo lo observé con el desdén que me provocaban sus teatreros ademanes.
Un guerrero no se prestaba a convertir el arte de la lucha en un espectáculo de feria.
Me limité a asentir circunspecta y me posicioné para el combate.
Ante la previsión de tener que moverme mucho, alcé los bajos de mi túnica y los entremetí en mi fajín, de modo que quedaron desnudas mis pantorrillas y mis rodillas, algo que escandalizó a la concurrencia.
Sus gemidos asombrados y sus expresiones reprobadoras me arrancaron una sonrisa insolente.
Tanteé el peso de la espada con ambas manos, pasándola de una a otra, y luego la empuñé con la diestra.
Tracé varios arcos en el aire para conocer sus distancias y hacerme a su manejo.
Era curva, como todas las espadas árabes, una bella cimitarra de hoja labrada, empuñadura de piel, y, por fortuna, ligera.
Gracias a mi primer combate había aprendido varias ventajas sobre aquella versátil hoja. Y las pensaba utilizar.
Ambos comenzamos a tantearnos, caminando lateralmente y en círculos.
En el gran salón real flotó un silencio grave y expectante.
Si debía acogerme a alguna premisa, ésta era la rapidez. Debía ser veloz, imprevisible y dominante. Esas tres cosas lo descentrarían lo suficiente para tener la oportunidad de derrotarlo.
Mi oponente comenzó como había previsto, trazando esos aparentes y vistosos arcos en el aire antes de descargar la hoja contra mí. Choqué mi acero contra el suyo, la vibración prensó mi muñeca y se proyectó hacia el codo. Tenía más fuerza de la que había supuesto. No debía subestimarlo.
El hombre sonrió con relamida superioridad. Eso era bueno, así me subestimaba a mí.
Compuse intencionadamente un gesto preocupado y temeroso y su sonrisa se amplió confiada.
Esquivé varios envites y retrocedí para que él tuviera ocasión de girar sobre sí mismo como el bailarín que era, haciendo un exuberante alarde de su habilidad ante las damas que suspiraban arrobadas admirando su técnica.
Me dediqué a confiarlo hasta que estuvo más pendiente de sus admiradoras que de mí.
Y entonces comencé mi ofensiva. Descargué dos embestidas inesperadas que lo hicieron trastabillar y, sin darle tiempo a recuperarse, hinqué la rodilla en tierra y lancé una estocada lateral que le abrió el costado.
La sangre comenzó a manar, empapando el ligero lino de su camisola blanca.
Mi oponente observó su herida con la mandíbula desencajada y mirada atónita.
Apretó los dientes y gruñó furibundo y se cernió sobre mí completamente fuera de sí.
Otro gran error. Frené tres coléricos lances y, cuando se volvió para ejecutar el cuarto, hice lo mismo, rasgando la piel de su otro costado.
Retrocedió apabullado ante los gemidos sorpresivos y horrorizados de los concurrentes.
Y, sin perder tiempo, me adelanté y posé la punta de mi espada en su pecho.
La tenía empuñada con ambas manos, dispuesta a hundirla en su pecho.
—Ríndete o muere —amenacé.
Mi oponente tiró la espada, clavando en mí una mirada llena de rencor y de asombro.
Pero yo no lo miraba a él, sino al emir.