Capítulo 27
Buscando niños, encontrando hombres
Caminaba de un lado a otro nerviosa, frotándome las manos y asomándome a la calle.
Helga ya debería haber regresado de su visita a la prisión.
Volví a otear la larga calleja que se bifurcaba con una gran vía. Y, como era habitual en aquellas tierras, las gentes solían salir de sus casas y conversar con sus vecinos. A menudo sacaban las sillas a la calle y hacían corrillos.
Pero aquella mañana percibí que, en lugar de las carcajadas y las chanzas con las que solían relacionarse, sus semblantes eran sombríos y sus voces tenues murmullos.
Me envolví en mi manto y, movida por la curiosidad, me acerqué al primer grupo que encontré.
Una mujer me regaló un ceño receloso y cesó la conversación que mantenía.
Los hombres me miraron dubitativos.
—¿Ocurre algo?
—Están desapareciendo niños.
Miré demudada al hombre que me había contestado.
—¿Quiere decir que se los llevan?
—Los críos salen a jugar cerca del camposanto, y ayer se perdió uno y esta mañana otro.
—No se pierden —señaló la mujer ceñuda—; como dice la muchacha, alguien se los lleva. Y no quiero ni pensar para qué.
Se apresuró a persignarse y susurró una letanía tan rápida que fue ininteligible.
—Hay que correr la voz, para que las madres anden atentas y no despeguen la vista de sus hijos —repuso el otro hombre con gesto preocupado—. Ya se han formado grupos de búsqueda, pero a los pequeños parece que se los haya tragado la tierra.
De inmediato pensé en el pequeño Erik. Había salido aquella mañana a jugar tras la partida de su madre. El pulso se me aceleró.
Agradecí la información y me encaminé rauda a la enorme necrópolis, que bordeaba el arrabal.
Ya alcanzaba la esquina cuando vi asomar de ella a Helga con el pequeño Erik a su lado. Solté el aire contenido y sonreí aliviada.
—¡Gracias a Dios! —mascullé.
Debía cuidarme mucho de no nombrar a los dioses paganos en público; si ya nos miraban con recelo, aquello habría logrado que nos echaran a patadas de allí.
—¿Te has enterado? —preguntó Helga en tono ansioso.
—Ahora mismo.
Se llevó la mano al pecho. Sus dedos aletearon nerviosos sobre él.
—Se lo oí decir a uno de los guardias de la prisión. En otros barrios ya han desaparecido cerca de cinco niños más. Cuando me enteré, corrí a la necrópolis, casi me echo a llorar cuando lo vi.
Cogió la mano del niño y se la besó.
Erik, que contaba ya seis años, miraba a su madre asustado y confuso.
Revolví el trigueño cabello del niño y le sonreí tranquilizadora.
—¿Te apetece un poco de pastel de pasas?
Erik asintió entusiasmado y me ofreció su otra mano.
Caminamos hasta el hospicio y, de repente, un grito horrorizado nos sobrecogió.
Nos volvimos y vimos a una mujer con un niño pequeño en brazos, sollozando y trastabillando.
La mujer cayó de rodillas y se llevó al pecho el cuerpo inerte del chiquillo.
Los vecinos corrieron hacia ella alarmados y la rodearon.
—Llévate a Erik al hospicio, voy a ver qué está pasando.
Helga asintió con rictus angustiado y siguió avanzando, apartando a su hijo de aquella dramática escena.
Me volví hacia el corrillo que la intentaba arropar para ver cómo ella acunaba al niño sin permitir que nadie se lo arrebatara.
Me partió el alma presenciar aquel dolor tan desgarrador.
Era una madre acunando a su hijo muerto, rota por el dolor.
Desquiciada y rabiosa. La gente a su alrededor, con semblantes compungidos y angustiados, la miraban sin saber qué hacer, algunos llorando su pena, otros acompañándola en silencio, respetando su duelo.
Sólo otra mujer se arrodilló a su lado para acunarla a su vez, abrazando a ambos.
Transmitiéndole fuerza, consuelo y calor. Un ancla en la que poder apoyarse.
Por fin, la madre se rindió y, casi desfallecida, permitió que la ayudaran a ponerse en pie, pero sin soltar al pequeño, que tendría unos cinco años. Los llevaron a ambos entre dos hombres hacia una casa al final de la calle.
Yo regresé al hospicio con una aflicción que me prensaba el pecho. Y eso que no era capaz de imaginar una pérdida semejante.
Atravesé el zaguán y me detuve entre la entrada y el murete que separaba el patio interior para liberar el llanto que tenía atorado en la garganta.
Lloré por esa madre y por ese niño, y deseé fervientemente que el tiempo aliviara esa herida, porque si algo sabía era que hasta los hijos no nacidos también dejaban una brecha incurable en el alma.
Respiré hondo y me adentré en el patio. Helga estaba sentada en una silla bajo la galería del primer piso.
—No has de esconderte para llorar —dijo—, yo llevo un rato haciéndolo.
—¿Será uno de los niños desaparecidos esta mañana?
—Es bastante probable —contestó desazonada.
La posibilidad de que alguien secuestrara niños para matarlos era aterradora.
—Erik no debe salir sin vigilancia —repuse sentándome a su lado.
—Por supuesto, yo misma no me despegaré de su lado.
—A ese malnacido le va a ser muy difícil encontrar niños sin protección a partir de hoy.
—No creas, Freya, hay muchos chiquillos sin hogar que malviven en las calles y que serían las presas perfectas para esos miserables. Lo que se ha de hacer es encontrar al culpable para que podamos vivir tranquilas.
—Espero que así sea, y pronto.
—Hasta entonces yo no volveré de visita a la prisión.
—Es comprensible.
—Hice lo que me pediste —comenzó respirando hondo.
La miré expectante.
—¿Le contaste que tengo un plan para que se fuguen?
—Sí, claro. Y Gunnar estalló furioso. Dijo que era una locura, y que él no estaba dispuesto a escaparse poniéndote en riesgo. Me pidió que te convenciera de que era una locura.
—¿Y qué le dijiste?
—Que te lo dijera él, que tú a mí no me escuchabas.
—¿Quiere verme?
Mi tono fue tan esperanzado que Helga hasta me miró con compasión.
—Quiere verte y matarte, las dos cosas.
Eso era bueno. Sonreí complacida.
—Mañana iré... Dios, no puedo creerlo, después de estos meses de agonía...
—Bueno, ya que vas a ir y lo verás por ti misma, me veo en la obligación de avisarte sobre lo que te vas a encontrar.
Esta vez, mi dicha se convirtió en prudencia y la miré ansiosa.
—Verás —comenzó titubeante, se frotó las manos sobre el regazo y me rehuyó la mirada—, Gunnar no es el que era. En realidad, todos se han desmejorado, pero él mucho más.
Cerré los ojos e intenté acompasar los alocados latidos de mi corazón.
—¿A qué te refieres exactamente?
—A que apenas es una sombra de lo que fue. Es el más deteriorado. Se erigió en protector de cuantos comparten celda con él, que creo son unos veinte, y ha recibido latigazos casi por todos. Está muy delgado, débil y...
enfermo.
La miré angustiada, intentando adivinar en su expresión el grado de gravedad de su estado.
—Aun así, es un hombre fuerte —se apresuró a añadir, cogiendo mi mano entre las suyas. Aquel gesto fue el que me indicó que la situación en efecto era preocupante.
Tragué saliva e intenté sosegarme. El pulso rebotaba en mi sien y mi estómago se encogió con un malestar opresivo.
—¿Cuánto tiempo lleva enfermo y qué síntomas tiene? ¿Y por qué diablos no me lo habías contado? —increpé alzando el tono.
—Gunnar me hizo prometérselo —justificó afligida.
—Nunca he tenido tantas ganas de matarlo —resoplé furiosa.
—No quería preocuparte, de todos modos, nadie puede hacer nada por él.
Me puse en pie y apreté los dientes. Comencé a deambular de un lado para otro completamente ofuscada e impotente.
—Voy a sacarlos de allí.
Lo dije en voz alta, en tono rotundo, otorgándole un sonido a mi determinación como prueba de que lo lograría.
Helga me miró con asombro y una gran dosis de escepticismo.
—Y no puedo esperar a que regrese el emir. Debo sacarlos de ese agujero como sea.
Mi cabeza comenzó a trazar planes, cavilando sobre la forma de pulir el plan original adaptándolo al interior de la prisión.
—Lleva así unas tres semanas, pero día a día la enfermedad se agudiza.
Ahora tose mucho, demasiado, una tos seca que a veces lo priva de aire.
La angustia se intensificó. Y el apremio se me clavó en el pecho como una bola de espinas.
—¡Necesita un médico! —gemí.
—Es un hombre condenado a muerte que espera su ejecución, no mandarán a un médico para curarlo.
Aquella aclaración tan obvia fue tan desgarradora como la imagen de Gunnar enfermo, tirado en una inmunda celda. Mi primer impulso fue salir corriendo para verlo y matar a quien me impidiera liberarlo. Pero debía pensar, y debía hacerlo cuidadosamente.
—Pero yo puedo buscar un remedio y llevárselo.
—Te registran al entrar en la prisión —advirtió Helga.
En aquel momento, Zahira apareció por el pasillo que llevaba a las cocinas. Ambas nos callamos hasta que la vimos subir la escalera que conducía a las habitaciones.
—No confío en ella —musitó Helga.
—¿A qué te refieres?
—A veces tengo la sensación de que nos vigila. Siempre parece estar acechando. Anoche salió del cuarto diciendo que iba al retrete, y al rato, cuando decidí ir yo, al abrir la puerta me la encontré parada en el pasillo.
Tuve la sensación de que tenía la oreja pegada a vuestra puerta.
Aquello me puso alerta, porque la noche anterior Valdis y yo habíamos estado planeando la fuga de nuestros hombres. No obstante, lo habíamos hecho en susurros, no era muy probable que se pudiera oír nada a través de la puerta. Aunque la intención en sí ya era más que sospechosa.
—No me gusta dormir con ella cerca..
El otro cuarto lo compartían ellas dos con el pequeño Erik. Flora y Ahmed dormían en las cocinas, junto a los calderos y las brasas, por decisión de ambos.
—Seremos cautas —le dije—, y a partir de ahora no se hablará de los hombres delante de ella.
—Yo estaré pendiente de cada paso que dé.
—Perfecto. Valdis y yo nos encargaremos del resto.
* * *
Aquella tarde paseábamos por el arrabal posando nuestras miradas en los jóvenes de aspecto más aguerrido, que, inmersos en sus oficios, permanecían ajenos al escrutinio al que estaban siendo sometidos.