El último aullido (Lobo 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

El hijo del herrero me llamó poderosamente la atención, no sólo por su hechura y su apostura, sino por la mirada interesada que derramó sobre Valdis.

Ésta apenas detuvo su atención en él, pero sí en la fragua que manejaba su padre con mano hábil.

—¿Por qué aquí las espadas son tan largas y pesadas? —le preguntó al herrero.

El hombretón detuvo su martilleo sobre el acero que aplanaba sobre el yunque y la observó contrariado.

—Para que sólo puedan alzarlas los buenos guerreros.

—En las tierras de donde procedo las mujeres también las empuñan.

—¿En serio? ¿No os basta con tener una lengua afilada?

Valdis arrugó el ceño, se plantó delante del herrero con los brazos en jarras y se encaró retadora.

—Pues no. Me sigue faltando una espada para cortar la tuya.

El hombretón prorrumpió en estruendosas carcajadas.

—¿Y cómo son en tus tierras las espadas? —inquirió el fornido hijo del herrero.

Valdis se volvió hacia él, todavía con ceño ofuscado.

—Son más cortas y anchas, ligeras, y algunas con bonitos labrados en la hoja.

Ella esperó alguna chanza más, pero el muchacho se limitó a sonreír ante el desconcierto del padre.

—Yo puedo hacerte una si lo deseas.

—¡Si lo desea no, si lo paga! —señaló el padre.

—Quizá podríamos explicarte cómo deseamos esa espada mientras nos acompañas al mercado —sugerí ejerciendo de alcahueta.

—Tenemos mucho tra...

—Claro que sí —se apresuró a responder él ante el bufido de su progenitor. El muchacho se desprendió del mandil de cuerpo y lo colgó de un gancho.

—Pero, Martín..., no pue...

—Esto también es trabajo, padre. Es un encargo y debo tomar buena nota de lo que nuestra clienta desea.

De lo que no cabía duda era de lo que deseaba el joven herrero por la forma en que miraba a Valdis.

Nos dirigimos a la calle mientras padre e hijo seguían discutiendo.

—¿Puedo saber qué pretendes?

—Conseguirnos un aliado.

Cuando el muchacho salió a la luz del sol, sus grandes ojos avellana refulgieron y su cabello oscuro destelló azulado. Era muy apuesto y varonil, y Valdis pareció caer en la cuenta de lo que realmente yo pretendía.

Me lanzó una mirada reprobadora que, tras otro vistazo al mozuelo, se suavizó considerablemente.

—Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío —susurré guiñándole un ojo—. Y, para ello, debemos sacar a la víctima de ella de esa maldita prisión.

—Lo hago por mi padre, pero no niego que me muero por ver la cara del bueno de Hilario cuando me vea del brazo de este portento.

—Utiliza tus encantos y lo tendremos de nuestro lado.

Asintió y, acto seguido, le regaló al muchacho una sonrisa arrebatadora que lo dejó mudo todo el trayecto.

Ya entre los tenderetes, aprovechaba para entretenerme mirando toda clase de productos para darles a ellos cierta intimidad. Valdis lo seducía en cada gesto, en cada mirada, en cada sonrisa, y Martín caía rendido a todos ellos.

Fue tan creíble que hasta pensé que ella lo estaba disfrutando de veras. Y

es que yo bien sabía que intentar enamorar era un arma de doble filo, pues, mientras se desplegaba la seducción, se abrían puertas que de otro modo estarían cerradas, y se corría el riesgo de que emergieran sentimientos encontrados y extraños que, si no eran estrangulados a tiempo, florecían, se expandían y conquistaban.

Y entonces se pasaba de verdugo a víctima sin que nada pudiera evitarlo.

El destino era caprichoso y travieso, y solía esconder verdades en los lugares más insospechados.

Mi verdad, mi razón, se hallaba tan lejos de mí que fue la barbarie la que me llevó a ella.

Y estaba tan escondida que luché contra ella, que me revolví como la loba que moraba en mí, hasta que los ojos de mi corazón se abrieron a la luz.

Bendito el día en que aquella verdad me fue descubierta.

Ése fue el día que Gunnar me llevaba a los brazos de mi primer esposo, Rashid, para que fuera feliz con él, cuando mi vida, mi felicidad y mi alma ya le pertenecían por entero.

¿Quién sabía si aquel chico sería la verdad de Valdis?

Me acerqué al puesto de una curandera.

Bajo los maderos del toldo escarlata que lo destacaba de su alrededor colgaban ramilletes de hierbas desecadas, y en el tablero se exponían una amplia variedad de tarros y potes de tamaños y formas diferentes.

Una mujer de rostro cuarteado por el tiempo y mirada pulida por la sabiduría fijó sus pequeños ojos en mí.

—¿Qué mal te aqueja, muchacha?

Su voz sonó como un papel rasgado. Pude contestar que muchos, y pensar en todos ellos humedeció mis ojos. Bajé la vista y respiré hondo.

—Busco un remedio para la tos, mi esposo lleva tiempo enfermo.

La curandera asintió brevemente, amusgó la mirada y emitió un sonido extraño, como un ronroneo reflexivo mientras paseaba la vista por los potes.

—Hay muchos tipos diferentes de toses. Y distintas causas que las provocan. ¿Cuál es el oficio de tu esposo?

Decidí ser franca.

—Está en prisión, lleva tiempo en ella.

La mujer asintió circunspecta.

—Cuando tose, ¿sus esputos son sanguinolentos?

—No... no lo sé. Mañana sabré decirte.

—Pues vuelve mañana, es un dato importante.

—¿Y qué pasa si lo son?

La curandera clavó en mí una mirada penetrante y grave.

—Pues que mi remedio podrá aliviarlo pero no curarlo, porque si escupe sangre está condenado.

Tragué saliva, cerré los ojos y me conminé a no derramar las lágrimas que pugnaban por salir.

—Entiendo. Todavía debo pensar cómo hacerle llegar el remedio.

—Sobornando al guardia —repuso con experimentado convencimiento—, todos se dejan sobornar.

Asentí agradecida.

La mujer eligió un pote de barro, lo abrió y vertió unas semillas en el interior de un pequeño saco de sarga. Lo cerró y me lo entregó.

—Son semillas de amapola. Debes machacarlas hasta convertirlas en polvo y añadirlo a un líquido para ingerirlas esta noche.

—Ya te he dicho que el enfermo es mi...

—Son para que esta noche logres dormir —interrumpió suavizando su tono—. La congoja y la preocupación arrebatan el sueño. Tómalo como un acto de buena voluntad. Tus ojos son viejos, muchacha, has vivido muchas penurias, permite que esta pobre anciana aligere al menos una.

Alargó el brazo y me entregó el saquito. Sus dedos eran nudosos como ramas de árbol.

—Te lo agradezco.

La anciana sonrió, acentuando las profundas arrugas que surcaban sus ajadas mejillas.

—Estaré aquí mañana.

Asentí, me guardé la bolsita y me volví.

Localicé a Valdis y a Martín entre dos puestos, entre risitas y coqueteos.

Cuando llegué hasta ellos pude descubrir el absoluto embeleso de él, y en aquel instante sentí una punzada de remordimientos.

—¿Le has explicado ya cómo ha de ser la espada?

—Sí, pero le he prometido hacerle un dibujo y llevárselo mañana.

Valdis compuso ante él un semblante inocente y dulce que prendó la mirada del joven herrero. La sola perspectiva de verla al día siguiente había pintado de entusiasmo su rostro.

—Bueno, he de regresar a la herrería —alegó con evidente desgana—, nos vemos mañana.

Tras una última y arrobada mirada a Valdis, desapareció entre los tenderetes.

—A eso lo llamo yo un flechazo —aduje impresionada.

—Es tan extraño —profirió confusa—, la forma en que me mira es..., no sé, me hace sentir especial, como si sólo yo existiera en medio de todo este gentío.

—Sé de lo que hablas —repuse nostálgica y afligida.

—Mañana te sentirás igual —animó consoladora.

—Gunnar está muy enfermo. Tenemos que sacarlos de allí cuanto antes.

Valdis alzó las cejas conmocionada con la noticia.

—Me lo ha confesado Helga —expliqué—, y yo... tengo tanto miedo, Valdis.

Bajé la cabeza en un fútil intento de evitar el llanto. Pero éste llegó y me rompió por dentro. Allí, en medio de aquella bulliciosa plaza, sollocé en los brazos de Valdis, liberando parte de la angustia que me atenazaba.

—Se curará, todo saldrá bien, confía en ello. Habéis pasado por situaciones mucho más adversas y las habéis superado. Gunnar es un hombre fuerte y vigoroso, con unos pocos cuidados y mucho amor se restablecerá muy pronto, ya verás.

Acarició mi espalda y me estrechó con fuerza.

No sólo me repetí a mí misma sus palabras de aliento, sino que me las grabé a fuego en el corazón para convertirlas en realidad.

De pronto se nos acercó un grupo de mujeres curiosas que murmuraban entre sí y me miraban con gesto compasivo.

—¿Vivís en Cercadilla?

Valdis me soltó y ambas asentimos.

—¿Eres la madre del niño que ha aparecido muerto?

Me limpié las lágrimas y negué con la cabeza.

Ellas se miraron confusas y algo abochornadas.

—Pero ¿la conocéis?

—Sólo de verla por el barrio.

—¿Cómo fue asesinado el pequeño?

La mujer que había hablado tenía la mirada crispada y el rostro tenso.

—No lo sé —respondí—, presencié cómo su madre lo llevaba en brazos, pero lo tenía pegado a su cuerpo y no quería soltarlo.

La mujer crispada de repente se llevó un puño a la boca y se lo mordió, sofocando un sollozo. De inmediato, otras dos se la llevaron.

—Su hijo es uno de los desaparecidos —explicó otra, casi tan afectada como la madre que acababan de llevarse las demás.

—Lo lamento mucho.

La mujer asintió con semblante compungido y se alejó tras ellas.

Las observamos en silencio hasta que se fundieron con la muchedumbre.

—¿Quién se estará llevando a esos pobres niños? —preguntó Valdis.

—Alguien sin corazón.