El último aullido (Lobo 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

En un principio creí, neciamente, que Gunnar me evitaba porque se sentía avergonzado.

Luego, en mi supina estupidez, pensé que me castigaba por haber reaccionado de aquel modo en el cerro.

Eso me persiguió un tiempo, cuando más me necesitaba más le fallé; en aquella reacción instintiva y rabiosa olvidé que él jamás me traicionaría, que era el hombre más honesto, fiel y leal que había sobre la faz de la Tierra, y que su amor por mí era inconmensurable.

Pero después... después supe que se negaba a verme porque en realidad intentaba protegerme.

Prepararme para lo inevitable, agrandar la distancia para que su muerte fuera menos dura. El muy cretino me ayudaba a olvidarlo.

¡Qué terco y necio, el maldito bárbaro del demonio! ¡Si hubiera sabido que así sólo conseguía que lo amara todavía más...!

¿Acaso no le había dicho ya que ni en mil vidas podría olvidarlo? ¿El muy mentecato no sabía que era mi vida y yo la suya? ¿Por qué no se dedicaba a intentar escapar en lugar de hacer más duro cada día que pasábamos separados?

Miles de reproches e imprecaciones salpicaban mi mente, consiguiendo que quisiera abofetearlo de tener ocasión.

Las ganas de verlo eran tan desgarradoras que estaban germinando en mí una rabia que a duras penas podía controlar.

A veces incluso pensaba que mis deseos de liberarlo eran en parte para darle una soberana paliza.

Pero aquello se volatilizaba ante la apremiante y acuciante necesidad de cubrirlo de besos, de abrazarme a su cuello y enterrar mi rostro en su pecho.

Incluso de poder sumergirme tan sólo en aquellas dos pozas verdes en las que solía perderme para navegar hasta su corazón.

Si aquella distancia me estaba matando a mí, no fui capaz de imaginar lo que estaría haciéndole a él.

Al menos, sabía que estaba bien, porque Helga sí iba cada día a visitar a Thorffin y los veía a todos.

Y me constaba que él preguntaba cómo nos iba y cómo estaba yo.

Un día hasta pensé en hacerme pasar por Helga, pero eso era harto complicado, teniendo en cuenta que nuestros aspectos no podían ser más opuestos.

Ella era un hada de la nieve, de cabellos tan claros y lacios que parecían de plata, ojos azules y piel nívea.

Su apariencia casi albina solía llamar mucho la atención de los vecinos. Y yo, bueno, mi tez era acanelada, mi cabello negro como el ébano y ondulado, y mis ojos del color de la cerveza al sol.

Y, pensando en aquello, otra idea titiló en mi cabeza.

—Valdis, ¿estás despierta?

Tardó un rato en responder.

—Ahora sí —gruñó.

—Se me acaba de ocurrir algo para lograr que Gunnar quiera verme.

—Mientras no sea conseguir que te metan en prisión... —rezongó adormilada.

—No, que Helga le diga que yo estoy tramando sacarlos de la cárcel.

—Lo hemos hablado ya, y no tendríamos ninguna posibilidad. Aunque...

Me incorporé ligeramente y me volví hacia ella, cuidando de no despertar a la pequeña.

—Verás, si él se entera de que tengo esa intención, querrá hablar conmigo para desalentarme y... —Me detuve, cayendo de pronto en el comienzo de la frase inacabada de Valdis—. Aunque ¿qué...?

—Aunque sería mucho más fácil liberarlos durante el traslado a la plaza de ejecuciones públicas.

En la penumbra del cuarto apenas distinguía su silueta sobre el jergón.

—Aun así, fugarnos y escapar de la guardia del emir hasta salir de la ciudad será toda una hazaña. Y yo no soy Asleif —agregó desesperanzada.

La mención a mi mentora en el manejo de las armas, la mejor skjaldmö de todas, que había caído en la batalla por salvarme a mí, imprimió más gravedad al plan. Era arriesgado y mucho, y poner vidas en peligro era algo que no estaba dispuesta a asumir.

—No lo eres, pero si urdimos un plan ingenioso, ni siquiera tendremos que mancharnos las manos de sangre. Además, somos mujeres y tenemos armas más sutiles pero igual de eficaces, bien utilizadas.

Valdis permaneció en silencio un largo instante, imaginaba que cavilando sobre aquello.

—Si lo hago no será por ese perro traidor de Hiram, sino por mi padre.

Su tono estrangulado contradijo sus palabras.

—A veces el deseo nubla el entendimiento de un hombre —proferí.

—A él nadie le embotó la cabeza con ningún veneno —recordó Valdis.

—A veces la lujuria lo es. No debería haber sucumbido, pero lo hizo y lo lamentará toda su vida.

—Si me hubiera querido lo suficiente, habría resistido la tentación.

Su tono compungido me hizo salir del lecho para acercarme al suyo. Le abrí mis brazos y ella se cobijó en ellos. Acaricié su largo cabello trenzado y la consolé mientras lloraba por un amor que se resistía a abandonar su corazón.

—Compartimos un destino parecido, Freya. Nuestros hombres van a tener hijos de otras mujeres, y nosotras sólo podemos pensar en salvar sus vidas para poder seguir amándolos. Sólo que yo, encima, debo convivir con esa...

arpía y saber que, si Hiram escapa, lo hará con ella... ¡Por Odín, debo de ser estúpida!

—No lo eres, eres una mujer con un corazón tan grande como la necedad de Hilario.

Eso la hizo reír.

—Hilario..., ¿acaso hay nombre más ridículo para un guerrero del norte?

Me gustaba provocarlo con eso. Se pone tan guapo cuando se enfada...

«Y sin enfadarse», pensé yo. La belleza casi aniñada de Hiram, de grandes ojos celestes, voluptuosos labios, sonrisa pícara, nariz recta y facciones armoniosas, robaba corazones allá donde fuera.

Y tanta tentación al alcance de la mano no era fácil de sobrellevar para un hombre con apetitos tan voraces.

A mi vez, pensé en el ceño de Gunnar cuando se ofuscaba por algo, en cómo relampagueaban sus rasgados ojos verdes y cómo me aceleraba el corazón la poderosa fuerza que emanaba.

No sólo era un hombre condenadamente apuesto, desprendía además un magnetismo irresistible, un carisma que cautivaba, una inteligencia prodigiosa y una masculinidad apabullante.

Su rostro poseía facciones más duras y marcadas, su gesto era más fiero y maduro, y su porte rezumaba poder y liderazgo.

Era un hombre soberbio en todos los aspectos.

Y era mío, me dije con orgullo. Y por Dios que lo recuperaría.

Sentí un pellizco en el corazón ante la fuerza de aquella necesidad.

—Hemos de buscar hombres para nuestro plan. Con un par será suficiente.

Valdis se sorbió la nariz y alzó el rostro. La plateada luz que entraba por la ventana reveló una expresión inquisitiva.

—¿Para qué?

—Mientras nosotras distraemos a los guardias, alguien debe robar las llaves de las argollas. Y otro debe acercarse a los prisioneros y liberarlos.

—¿En serio crees que eso puede funcionar? ¿Liberar a cinco prisioneros en medio de la calle sin que nadie avise de que se escapa el primero? —objetó suspicaz.

—Los días de ejecuciones públicas son días festivos. Las calles estarán abarrotadas de gente que se apiñarán en el trayecto como insectos curiosos.

Algunos incluso se atreverán a increpar, insultar y echarse encima de los prisioneros. Será caótico, y debemos aprovecharlo.

—Y una vez libres ¿cómo escaparán entre la turba?

—Sumergiéndose en ella —respondí—. Hay que buscar dónde esconderlos, mientras la guardia rastrea todas las salidas de la ciudad.

Valdis inspiró hondo y asintió.

—Hemos de intentarlo al menos.

—Bien, y uno de los hombres ha de ser guapo —añadí ante su asombro.

—¿Y para qué demonios debe serlo?

—Porque si el plan sale bien..., tengo otro —contesté misteriosa.

Besé su frente y regresé a mi jergón. Esta vez pude conciliar el sueño casi al instante.