Capítulo 26
El frío de mi alma
Encontré la libertad en el mismo instante en que él encontraba el cautiverio.
Y, aunque se me permitía visitarlo en la prisión, él denegaba mis visitas. Y un día tras otro, el desánimo me obligaba a tomar otras medidas.
La ejecución había sido postergada porque requería la presencia del emir, que se hallaba negociando alianzas con los Banu Qasi, una poderosa dinastía muladí que reinaba en Navarra.
Y yo cada día acudía al palacio del emir, en la alcazaba, temiendo su regreso y dispuesta a pedir una audiencia, sin saber qué demonios podía ofrecer una pobre mozárabe por la vida de su esposo.
Los días pasaban angustiosos, a pesar de que cada amanecer alimentaba mi esperanza.
En mi desesperación, incluso trazaba un plan para poder liberarlos.
Había sido una skjaldmö , una escudera en los reinos del norte, Valdis también, y a pesar de su resentimiento y su rabia contra Hiram, estaba tan dispuesta como yo por intentarlo todo.
Habíamos logrado asentarnos en el arrabal de Cercadilla, situado en la parte nororiental, fuera de la muralla que rodeaba la gran urbe. Era un barrio mozárabe en torno a un templo cristiano levantado en honor a san Acisclo, el primer mártir cristiano que murió a manos de un emperador romano.
Fue la caridad lo que nos acogió en el hospicio, gracias a una parroquiana que ayudaba durante los oficios y que nos había visto dormir al raso bajo los aleros de la iglesia.
Tanto yo como Valdis, Helga, Flora, el fiel Ahmed e incluso Zahira nos ocupábamos de las labores domésticas en el albergue para ganarnos el sustento.
Qurtuba era la gran capital del imperio y era imponente y próspera.
La medina era inmensa y fastuosa, llena de alminares, de baños públicos, alcantarillados, fuentes, jardines, bibliotecas, necrópolis y el dār al-tirāz , la casa real de manufacturas y tejidos, almunias diseminadas y fructíferos terrenos de cultivo que proveían a toda la ciudad.
También contaba con un gran zoco y una alcaicería, sinagogas y mezquitas, pero la aljama masŷid ŷāmi , junto al río Wad al-Kabir, que atravesaba la ciudad, era de incomparable belleza.
Incluso habían construido un malecón para contener las continuas crecidas del río y habían, además, logrado canalizar sus aguas para llevarlas al alcázar instalando una gran rueda en el molino de Kulaib.
En la ciudad de las siete puertas también latía el germen de la sublevación, aunque acallado por el miedo y el recuerdo de lo que había acontecido hacía cuarenta años.
El anterior emir había arrasado con todo un barrio levantisco, Saqunda.
Decían que habían muerto decenas de miles de hombres, mujeres y niños, y que los supervivientes habían sido exiliados.
Aquel cruento aplastamiento todavía lograba aplacar la rebeldía de los ciudadanos.
La mujer que regentaba el hospicio, doña Casilda, servía un guiso de carne en las escudillas con semblante ausente. Aquella noche apenas había sobrado para nosotras.
La mujer se sentó a la mesa y comió con la mirada perdida. Valdis me miró preocupada y luego fijó la vista en la escasa cena que reposaba en su cuenco. Yo repartí la mía entre Erik y Raquel.
—Caerás enferma si sigues sin cenar —apuntó Valdis masticando un buen bocado.
—Apenas tengo apetito —mentí.
—Hay quien recibe ración doble y no comparte —resaltó lanzando una mirada resentida a Zahira.
—Yo estoy encinta —recalcó ella ceñuda.
Su curvo vientre era el motivo por el cual Valdis no había acabado con ella el día en que descubrió su mancebía con Hiram, bueno, y yo, que logré calmarla mientras el dolor y la rabia la sacudían.
Odié a Zahira tanto como ella, deseé echar a empellones a la maldita sarracena de nuestras vidas, pero Hiram la protegió.
El hijo que albergaba en su vientre era su escudo.
En cuanto a él, bueno, si la pena y la culpa que lo rasgaban por dentro no fueran suficientes, una condena a muerte era ya un excesivo pago.
A mi lado, comía mi madre. Y era su aliento y su pulso lo que hacía soportable que otro pulso latiera dentro de otra mujer. El pulso de un hijo que yo también sentí en mi interior y que me fue arrebatado por la posesión. El latido de un bebé que debería haber albergado yo, y no una maldita bruja.
Porque en mi fuero interno sentía que lo había conseguido. Y ver cada día a Zahira, sabiendo que compartían tiempos de gestación, era un duro recordatorio de su triunfo.
Como si leyera mis sombríos pensamientos, mi madre posó una mano en mi antebrazo y lo presionó dedicándome una dulce sonrisa.
No estaba recuperada del todo, y la larga convalecencia le pasaba factura.
Estaba más delgada, bueno, en realidad todos lo estábamos, pero su mirada había cambiado, solía perderse con más frecuencia o mostraba un brillo apesadumbrado que me encogía el corazón.
Su debilidad resultaba dolorosamente patente cuando caminaba.
El maldito veneno había afectado a su cuerpo, aunque por fortuna su mente había recuperado la lucidez.
Decían que escapar de la muerte conllevaba un precio, y las secuelas que le quedaban tanto físicas como emocionales así lo demostraban.
Pero eran las segundas las que a mí me preocupaban.
La traición era un veneno mucho más nocivo que la cicuta, y continuaba devorando su corazón.
Dar cobijo, amor y protección a los hijos del hombre que tanto había amado para recibir tanta maldad a cambio resultaba muy duro, pero cuando esa maldad se extendía a los seres queridos se convertía en algo desgarrador, pues en el dolor también subyacía la culpa, por muy irracional que ésta fuera.
En cuanto a ellos, la intervención de las razias del emir les había salvado la vida. Y además les había otorgado un triunfo anticipado, pues la casa les pertenecía, junto con todo lo que albergara dentro. Ya sólo podía confiar en que el destino pudiera vengarse por nosotros.
Zahira se levantó de la mesa tras apurar su escudilla, se acarició el vientre con cierto regodeo y mi promesa a Hiram de cuidarla se tambaleó al ver el dolor en la mirada de Valdis.
Apreté los dientes y mordisqueé un duro trozo de pan negro. Cuando la agarena se retiró, un grueso lagrimón zigzagueó por la mejilla de Valdis.
Imité el gesto de mi madre y posé mi mano en su antebrazo en señal de apoyo.
Doña Casilda, que pareció salir de su ensimismamiento, fijó la vista en nosotras. De inmediato, su mirada rebosante de ternura nos reconfortó.
Había personas en el mundo que lo hacían más habitable. Personas que con un simple gesto lograban hacer sentir mejor. Que tenían la facilidad de transmitir un abrazo en una sola mirada, o aliento en una breve sonrisa.
Personas llenas de luz, de magia, de amor. Personas que sufrían por los demás, que se desvivían por ayudar, que eran capaces de sacrificarse incluso por gente que no conocían, porque su alma así lo demandaba.
Aquella noche su mente había estado inmersa en la falta de recaudación en las colectas dominicales. Cada día llegaba más gente necesitada y tardaban más en irse, y aquello mermaba las reservas de comida considerablemente.
—Los árabes son muy sabios —comenzó con aquella voz dulce y acariciadora—, y sus proverbios lo demuestran, pero yo tuve un huésped que había viajado por medio mundo y que solía dar grandes consejos.
Hay uno en particular que me viene ahora al pensamiento y que quizá sosiegue la congoja que os aqueja, dice así: «Siéntate en la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar».
—La paciencia no es una de mis virtudes, en mis tierras me llamaban Valdis Fuego Rojo, y no sólo era por mi cabello.
—Es fácil ver tu temperamento, muchacha, pero a veces nada puede hacerse más que esperar.
—Pero otras sí puede hacerse, se puede dar un pequeño empujón al destino —profirió mi madre ante el asombro de las presentes.
La miré inquisitiva y ella me sostuvo la mirada con gesto tenaz.
—¿A qué te refieres, madre?
—A bajarle los humos de vez en cuando. Según la ley islámica, ella es una fugitiva.
Una simple denuncia podría devolverla a los brazos de su esposo, que lo sigue siendo, para que sea castigada.
—Se dirigió a Valdis y agregó—: Utiliza eso, bájale los humos, amenázala, que al menos sienta la decencia de mostrarse humilde y prudente.
—Bueno, veo que no dejan de sentarse sabios a esta mesa —musitó Casilda con una sonrisa traviesa.
—Quizá porque esta mesa está hecha con madera de abedul, el árbol de la sabiduría —adujo mi madre.
Casilda agrandó los ojos y observó fascinada la mesa.
—Voy a tener que vestirme de abedul.
Reímos envueltas en el calor del afecto, abrazadas por la hermandad y unidas por un caprichoso destino. Nunca había habido tanto mestizaje cultural y racial en una misma casa y tanta complicidad al tiempo.
Y, como cada noche, Valdis, mi madre y yo acudimos al cuarto que compartíamos.
Un jergón en el suelo para cada una y, en el mío, la pequeña Raquel, que ya contaba con ocho meses y dormía profundamente, cubierta por un manto de lana.
Tener a aquella pequeña a mi lado, poder abrazarla, hacía más soportables las largas noches de desvelo por ansiar tanto el calor de Gunnar, su rotundidad en torno a mí, sus enamorados susurros cuando se despertaba en medio de la noche y me ceñía a su cuerpo.
Dejarme arropar por su amor era lo único que alejaba el frío de mi alma.
Y ahora, ya no sólo no estaba a mi lado, sino que se negaba a verme.
Suspiré y enterré el rostro en los suaves rizos de la pequeña.
Un acceso de llanto sacudió mi pecho y decidí liberarlo.
En ocasiones, me aguantaba tanto que sentía un dolor físico, una opresión aguda en el pecho.
Era mucho mejor llorar hasta que el sueño me venciera. Aunque algunas veces no lo conseguía.