El último aullido (Lobo 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

De rumor en rumor

Algeciras, en la actualidad

Amanecía cuando Gunnar concluyó su relato.

Gruesas lágrimas rodaban por mis mejillas, apenas fui capaz de sofocar los sollozos ante la última visión de él siendo arrastrado como un perro colina abajo.

La opresión que sentía en el pecho me impedía articular palabra.

La sensación de traición persistía como una piedra punzante rasgándome por dentro.

Y, a pesar de saber que fue un ardid de aquella maldita bruja, el mero hecho de ser consciente de que ella lo había gozado y podía concebir un hijo suyo me llenó de emociones contradictorias, pero fue la última que demostré ante él la que palpitaba irracionalmente en mi pecho.

Sin embargo, tras un breve instante, tras aquel arrebato injusto y absurdo, la realidad me golpeó con la fuerza de una maza. Gunnar había sido violado, utilizado, entregado, golpeado y condenado, todo en una misma mañana, y encima yo...

Los remordimientos afloraron como las espinas de un cactus.

Me sentí miserable. Mi reacción del pasado no podía ser tan injusta e inclemente con el destino del hombre que amaba.

Pero, a veces, el dolor distorsionaba el enfoque, contaminándolo con emociones que, por muy incoherentes que fueran, resultaban incontrolables.

Y era ahora, doce siglos después, cuando sentía vergüenza de aquella deplorable actitud esa mañana en el cerro.

—Dios santo... —musité mientras asimilaba toda la historia, intentando tragar la bola de espinas que tenía encajada en la garganta.

Gunnar permanecía en silencio al otro lado de la línea. Imaginaba que mucho más afectado que yo, reviviendo aquellos duros días y aquel trágico final de su relato.

—Amor mío, soy yo la que debería pedirte disculpas por...

—No, estabas dolida, conmocionada, todos lo estábamos.

»De todos modos, mi justificación al empezar el relato no se refiere a lo que sucedió en el cerro con Brianda.

Tragué saliva de nuevo.

Por la visión que tuve sobre la huida de ambos en los alrededores de la poza, estaba claro que él no había muerto en Córdoba. No sabía cómo se había salvado ni cómo habían llegado a Algeciras, pero, por su tono, intuía que la otra parte de la historia sería al menos tan intensa como ésa.

—Necesito saberlo todo, Gunnar.

—Y lo sabrás. Pero ahora debo darme prisa si quiero coger el vuelo directo a Madrid, y, una vez allí, buscar transporte hacia Algeciras. ¿Cuándo calculas que llegaréis?

—Hemos levantado casi todo el campamento. El equipo de escalada ya lo tiene todo preparado para el traslado. No es un trayecto largo, pero sí complicado. No sabría decirte, pero te mantendré al corriente.

—La segunda parte de la historia tengo que contártela en persona.

El tono grave y preocupado de su voz me indicó que lo peor estaba por llegar.

—Gunnar, no sé qué hice o qué hiciste tú, pero sí sé algo, y es que nuestro amor es suficiente justificación para cualquier cosa. Que yo por ti y tú por mí somos capaces de todo. No quiero que temas mi reacción, ni que pienses que lo que pasó en nuestra vida anterior puede separarnos, ¿de acuerdo?

Tardó en contestar, y esa simple pausa me angustió.

—De acuerdo.

Otra pausa, llena de silencios que pedían a gritos un abrazo.

—¿Tuvo ese hijo?

Oí un profundo y pesaroso suspiro al otro lado de la línea.

—Sí, lo tuvo.

Cerré los ojos, como si la oscuridad pudiera alejarme momentáneamente del atisbo de rabia que me taladró. Las emociones que despertó aquella confirmación se apilaron en mi interior como un inestable montón de rocas que amenazaban con sepultarme.

—¿Llegaste a conocerlo?

—Sí, lo tuve en mis brazos.

Un suspiro pesado y sombrío atravesó la línea..., esta vez salió de mí.

—¿Y... era tuyo?

Recordaba sobradamente, tras la regresión, lo que sucedió con Sigrid.

Cómo lo engañó para hacerle creer que el hijo de Ulf era suyo. Quizá...

—Lo era.

Aquel frágil atisbo de esperanza se esfumó en el acto.

—¿Tanto se parecía a ti?

Los celos me consumían, otra emoción irracional que no podía controlar.

—Sí, pero no fue eso lo que dejó clara mi paternidad.

—Pues no entiendo qué otra cosa pudo darte tanta seguridad.

—La marca de nacimiento que compartíamos Eyra y yo. Esa mancha ovalada y rosada, detrás del muslo. La niña también la tenía.

—Una niña...

—Sí.

Otro silencio, que nos arrastraba a recuerdos lejanos y a sentimientos dispares. Me conminé a centrarme en detalles que necesitaba saber, alejando las desazonadoras sensaciones que me invadían.

—Necesito algo de información para adelantar la investigación.

—Dime.

—Me dijiste que habías fabricado el ataúd.

—Y lo hice.

—¿Por qué elegiste madera de saúco?

—Ella me lo dijo. —Hizo una pausa y se aclaró la garganta antes de continuar—: Brianda de Kent lo dispuso todo.

—Después de... de todo lo que te hizo..., ¿cómo pudimos dejar que regresara a nuestras vidas?

—Sucedieron muchas cosas, Freya. Te lo contaré todo cuando estemos juntos, al menos, todo lo que yo viví.

Aquella acotación me desazonó.

—¿Qué demonios pone en esa inscripción?

—Imagino que desvela el lugar donde se encuentra la llave que abre el ataúd.

—¿Imaginas? —inquirí.

—Sí.

—Ésa es una conclusión a la que cualquiera podría llegar. Tú estuviste allí

—increpé ansiosa.

—Sí, estuve allí, dentro del ataúd —recalcó paciente.

—Pero seguiste las instrucciones de esa maldita mujer.

Me mordí el labio lamentando en el acto mi injusto reproche.

—No, yo sólo construí el ataúd, fuiste tú la que siguió sus instrucciones.

Tú eres la única que puede descifrar ese misterio. Y la única que debe abrir el féretro. Yo estaba muerto, por eso no sé qué demonios pasó después. Ni sé qué quiere ahora el destino de nosotros. Pero sí sé algo, y es que no me arrepiento de lo que hice.

Mi particular montón de rocas apiladas se estremeció.

—¿Qué hiciste?

—Sería un redomado imbécil si te lo contara fuera de contexto. Todo a su debido tiempo.

—Eso no me tranquiliza demasiado —aseguré inquieta.

—Ni a mí —coincidió.

—Pero esta vez, yo no recuerdo nada, ¿cómo podré averiguar qué paso? —me lamenté.

—Tendremos que apañarnos con mis recuerdos y tu investigación.

«Ojalá fuera suficiente», me dije preocupada.

El campamento despertaba. El sonido de murmullos sofocados y el tintineo metálico de las cafeteras me sacaron de aquel batiburrillo emocional que no sabía cómo gestionar.

—Debo colgar, pronto nos pondremos en marcha.

—Freya, debes tener cuidado, ¿me lo prometes?

—Claro, sea lo que sea lo que more en este lugar, mala suerte, maldición o energías negativas, hoy lo dejaremos atrás.

—Y otra cosa.

—Dime.

—Fuiste, eres y serás lo que llena mis pulmones de aire, lo que mueve mi mundo y lo que hace latir mi pecho. Eres mi todo. Y lo que el pasado nos descubra no podrá cambiar eso.

—No, no podrá.

Cuando colgó, la desesperada necesidad de su abrazo me consumió.

A pesar de oír el monofónico sonido de la línea, tuve que obligarme a soltar el teléfono.

Debía alejarme emocionalmente de la historia y centrarme en averiguar cuanto me fuera posible para poder dar continuidad a lo que pasó cuando él...

Incluso me costaba pensarlo.

Intenté ordenar mis pensamientos y hacerme una lista mental de prioridades. No fue fácil apartarme del pasado que me acababa de ser revelado, ni contener los sentimientos creados, pero la urgencia por resolver aquel enigma debía prevalecer ante todo.

Me centré en un dato que no dejaba de rondarme: la madera que había elegido la druida para el ataúd.

A pesar del cansancio por la falta de sueño, decidí no perder ni un instante.

Abrí el navegador en mi móvil y comencé la búsqueda.

Tras descartar algunas páginas y buscar fuentes originales en los blogs, di con una que me facilitó la información.

En el lenguaje ogham, el saúco simbolizaba la transición, la evolución y la continuación. De repente recordé otro singular símbolo de la tablilla, la runa Laguz.

De alguna manera, ambos símbolos compartían significados similares.

Uno hablaba de continuación y otro de fluir, de dejarse llevar. Y, si así era, el posible mensaje que se había querido grabar en el féretro estaba enfocado a que la muerte no fuera el final, sino un paso más de un camino infinito.

Quizá, y sólo quizá, también el enterramiento en sí buscara lo mismo: impedir que el alma que encerraba no quedara atrapada en un paraíso determinado, sino que pudiera navegar en el más allá hasta vararse donde debía.

Aquella teoría me condujo a otras incógnitas que no supe resolver, como por qué se había cerrado con llave el féretro y con qué fin se había encriptado la ubicación de la llave. Y sólo podía dar respuesta descifrando las inscripciones.

Entonces recordé que Manuel me había dado el teléfono del paleógrafo que conocía y decidí llamarlo a una hora más prudente.

Salí de mi tienda en busca de un café cargado.

La luz del alba ya doraba los troncos de los alcornocales y los quejigos, calentando la savia de su interior.

Las apiñadas copas de los árboles competían en espacio, a veces enredándose entre ellas, rivalizando por alzarse y capturar la ansiada luz.

Ante aquella espesura, de vegetación similar, surgió una pregunta en mi cabeza.

¿Dónde podrían crecer saúcos en aquella zona?

Aquella cuestión me llevó a buscar a Miguel, que en aquel momento se servía una buena taza de café.

Me acerqué al hornillo de gas, cogí una taza de metal y me serví de la cafetera.

Miguel, todavía embotado por el sueño, apenas hizo un leve gesto a modo de saludo. Yo le contesté con otro. Tomé un sobre de azúcar, lo abrí y lo vacié en el negro y humeante líquido que rebosaba su taza.

—¿Una mala noche? —me preguntó él, observando la ingente cantidad de café que lamía los bordes de la taza.

—No sabría ni cómo catalogarla —confesé moviendo la cuchara en lentos círculos.

—Bueno, yo tampoco he dormido mucho. No dejo de pensar que estamos cometiendo un grave error arrancando ese maldito ataúd de aquí.