El último aullido (Lobo 3) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Al menos, su traicionero cuerpo no alargó aquel suplicio.

El placer físico no controlado y carente de toda emoción cumplió su cometido, liberar un orgasmo desolador, con el más acerbo sabor de la derrota titilando en cada espasmo.

No fue lo único que se liberó. El odio, la rabia y el sopor lo derrengaron laxo cuando ella salió de él y se tumbó en el suelo con las piernas en alto sobre una silla.

Habría deseado abalanzarse sobre ella y matarla. Pero ni siquiera tuvo fuerzas para enjugarse del rostro las gruesas lágrimas que lo recorrían.

Jamás en toda su vida había experimentado una vulnerabilidad igual, una impotencia tan devastadora. Era como soltar las amarras de tu barco y que otro tomara el timón guiándolo hacia la tormenta.

En aquella todavía espesa neblina que obnubilaba su mente y la discapacidad de su cuerpo para conectarse a ella, sólo pudo rezar para que ese vínculo roto no tardara en restablecerse.

Sumido en la inmovilidad y la sensación de derrota más apabullante que nunca había vivido, sintió aflorar una fragilidad y una indefensión que lo devolvieron a su infancia con un recuerdo que lo saeteó inmisericorde.

.. El día que los Ildengum aniquilaron a toda su familia.

.., incluso vio el cuerpo de su hermano y de la que había sido su madre sobre sendos charcos de sangre. ..

Un agudo escalofrío lo sobrecogió. Ni siquiera pudo sacudírselo, ni abrazarse a sí mismo. Se sintió ese niño compungido y asustado que sollozaba sobre los cadáveres de su familia, sin más protección que la de los dioses.

No supo bien el tiempo que había transcurrido hasta que oyó relinchos de caballo. Parpadeó confuso y se frotó la cara.

La pesadez de su cuerpo comenzaba a desaparecer, y empezó a tener control sobre sus movimientos. Al principio no coordinaba a la perfección, la torpeza lo hizo ponerse en pie y caminar a trompicones hacia la puerta. Pero al menos podía hacerlo.

Necesitaba aire fresco con urgencia. Descubrió que la choza estaba vacía, y lo primero que su instinto le gritó fue que cogiera un arma.

La bruja le había quitado su tahalí. Sólo vio cuchillos pequeños para cocinar y un hacha clavada en un madero.

Luego pensó que no los necesitaba para acabar con ella.

Impelido por la furia, pero todavía recuperándose de aquella atadura física, logró salir del chamizo, apartando de un empellón la puerta de cañas.

La intensa luz del día lo hizo entornar los ojos. Cuando por fin pudo enfocar la vista, lo que vio ante él lo consternó.

El oficial de la razia y su escolta, acompañados de un pequeño destacamento, estaban apostados frente a la chabola.

Junto a ellos, el valí, libre de ataduras, ceñudo y resentido.

Paralizado, Gunnar descubrió a los suyos de rodillas en el suelo con las manos atadas a la espalda, flanqueados por soldados.

Su angustiada mirada se clavó en Freya, que lo observaba tan atónita como él.

Comenzó a avanzar hacia ella cuando un soldado se interpuso y lo derribó con el mástil de su alabarda.

Creyó haber gemido de dolor, pero no fue él, sino Freya. La miró de nuevo intentando ponerse en pie. Pero un nuevo golpe impactó en su espalda y volvió a morder el polvo.

Apretó los dientes y gruñó de rabia. Una vez más, se incorporó y avanzó a gatas hasta que un violento puntapié en el costado lo derribó hacia un lado.

Esta vez, el gemido sí fue suyo.

Se arrastró maltrecho hasta ella. Necesitaba sentirla cerca, explicarle..., necesitaba que lo abrazara.

Cuando alzó la vista y, apoyado en las palmas de las manos, se irguió, la asombrada mirada de su esposa relució dolida. Su expresión se había endurecido y la desolación pintó de aflicción su gesto. En sus ojos leyó una pregunta que su boca no quiso pronunciar: «¿Por qué?».

Entonces reparó en la figura femenina que estaba junto a ella con semblante complacido. Brianda de Kent lo miró con absoluto regocijo, paladeando su victoria.

—¡Maldita perra del infierno! —imprecó furibundo.

Ella se encogió de hombros, componiendo una mueca flemática.

—Éste es un final muy justo, a mi parecer. Yo tengo lo que ansiaba, el emir también, tu esposa gana una madre pero pierde a su hombre. Y tú, bueno, tienes al menos el consuelo de saber que parte de ti seguirá viva.

Se acarició significativamente el vientre y sonrió maliciosa.

—Además, me has hecho gozar como nunca —añadió relamida.

Gunnar no pudo más y, en un fiero arrebato, se lanzó sobre ella. Dos soldados le impidieron alcanzarla.

Se debatió con ellos y los redujo con los puños. Sólo que esta vez no fue a por Brianda, sino que se cernió sobre Freya, tomándola en brazos.

Sentir el envaramiento de su cuerpo fue como si le clavaran un puñal en el corazón.

—Amor mío...

Freya lo miró embargada en un aciago llanto que lo asoló por completo.

—No te he traicionado, te lo juro por mi vida, me hechizó con una de sus hierbas y...

—No me toques... Nos has condenado a todos —siseó rabiosa.

Unas fuertes manos lo separaron de ella. Él se resistió, pero fue golpeado hasta que cejó. Le latía el rostro y le daba vueltas la cabeza. Pero lo que más le dolía era el pecho.

Vio las miradas condenatorias de sus hombres. Menos Thorffin, que lo observaba apenado y compasivo. No vio a doña Elvira por ninguna parte, ni a Helga con el pequeño Erik, ni a Valdis. Imaginó que se habían quedado a cuidar de ella.

Todo estaba perdido.

Sólo importaba una cosa: salvarla a ella como fuera.

Bajó la cabeza derrotado cuando el oficial se le acercó. Lo mantenían de rodillas mientras maniataban sus muñecas.

—Has sido acusado de sedición y la pena es la muerte. Serás ajusticiado en Qurtuba en presencia del emir. Tus hombres compartirán la misma pena, así como los líderes de la revuelta. El resto serán aniquilados como ratas en cuanto los apresemos.

—Ella... es mi esposa, no ha participado en esto.

—Será liberada en cuanto llegues a la capital del imperio. Ella es nuestra garantía de que no intentarás escapar hasta que llegues a la prisión de Qurtuba.

Fue arrastrado a empellones hasta uno de los caballos, pero no fue subido a él, sino que ataron el extremo de la soga que envolvía sus muñecas a la silla para que caminara tras la montura.

Cuando el animal fue arreado y salió al galope colina abajo, Gunnar fue impelido al suelo y traqueteado como un fardo, hasta que oyó la orden de aflojar la marcha. El arrastre fue tal que, cuando quiso ponerse en pie, le flaqueaban las rodillas y apenas veía de la sangre que cubría su rostro.

Un grito rasgado y agónico pronunció su nombre tras quebrarse en un sollozo desesperado y sufrido.

Lo repitió varias veces hasta que la distancia lo diluyó en el fragante aire de la sierra.

Con cada sollozo fue su corazón lo que se desangró.

Marchó roto, acompañado del tormento de la mujer que amaba, vilipendiado, ultrajado y contrito, para morir como un traidor por una causa que no era suya y por una fe que no sentía.

Aquel llanto fue cuanto oyó de camino a Qurtuba, encerrado en aquel carromato celda que traqueteaba por los agrestes senderos que atravesaban el al-Ándalus. Y su rostro dolido cuanto vio.

No fue consciente de que en realidad ya estaba muerto; sin ella a su lado, no había vida posible.