El último aullido (Lobo 3) Capítulo 23
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Capítulo 23

La bruja del cerro

Subía la colina llevando tras él a trompicones al maltrecho y gimiente valí .

Tuvo que hacer un par de descansos, no porque su rehén tropezara continuamente, sino porque él mismo estaba exhausto.

Cuando llegó a la cima no lo sorprendió encontrar a Brianda en la puerta de la choza que había construido aprovechando una de las muchas cuevas del cerro.

Tampoco esperaba sorprenderla a ella. Y así era, a tenor de su semblante regocijado y su mirada relamida. Al fin y al cabo, había predicho con bastante fortuna que volvería a ella. Y, en efecto, empuñaba una espada.

—¿Buscas cobijo, norteño?

La doble intencionalidad de esas palabras relució en su pícaro gesto.

—Si eres tan adivina como parece, y tan sagaz como creo, conoces sobradamente la respuesta.

Lanzó una mirada desdeñosa sobre el trémulo y magullado prisionero y se encogió de hombros con reveladora indiferencia. A continuación, posó la mirada en el guerrero y sonrió artera.

—¿Vienes a convertirme en aliada de la causa? Porque, si eres tan necio como pareces y tan fiel como crees, conoces de sobra la mía.

Gunnar estiró la comisura de sus labios en una suerte de sonrisa que pendió insolente en su boca.

—Yo no planto semillas en terreno emponzoñado, pues sólo podrán crecer malas hierbas.

—De las hierbas me ocuparía yo. Y ahora sembrar es tu única salvación.

Y la de los tuyos, no sólo de la buena de doña Elvira.

Gunnar ató al prisionero a un árbol y se acercó a ella. Brianda alzó el rostro para poder sostener su verde mirada. A pesar de la diferencia de altura y complexión, ella no se amilanó.

—Me necesitas, norteño —sentenció petulante.

— Nos necesitamos —puntualizó él enarcando una ceja.

La mujer lo miró con un deje contrariado y curioso.

—Me acabas de dar refugio, así que eres aliada de la causa rebelde. O nos buscas una salida, o nos capturan a todos.

—Muy astuto, norteño —concedió poniéndose de puntillas para acercar su boca a la suya.

Gunnar enlazó la cintura de la mujer y la ciñó a su pecho. Brianda exhaló un suspiro anhelante y entreabrió los labios.

El guerrero inclinó el rostro hacia su cuello y ella gimió.

—Tienes una daga apuntando a tu costado —le susurró en el oído—. Así pues, o preparas el maldito antídoto, o no vas a preparar nada nunca más.

Brianda clavó una mirada letal en él y se revolvió entre sus brazos. De repente, en mitad de su arrebato, logró atrapar la boca del hombre y lo besó con desespero. Él notó un sabor extraño, amargo, y, en el acto, un extraño cosquilleo que comenzó a adormecerle los labios y a doblegar su voluntad.

Intentó por todos los medios apartarla de su lado, pero ella se había adherido a su pecho como el musgo en la roca.

Cuando por fin logró arrancársela de encima, trastabilló hacia atrás y se relamió con la intención de quitarse ese amargor extraño, tan parecido a la hiel.

—Ya lo hice —murmuró la druida con gesto triunfal—, y con algo de suerte doña Elvira se salvará.

Gunnar la observó anonadado y confuso.

Sintió una laxitud inquietante extendiéndose por todo su cuerpo. También flotó en su cabeza una niebla densa que comenzaba a nublar su entendimiento. ¿Estaría imaginando aquello? ¿O simplemente ella mentía?

¿Cómo era posible que doña Elvira ya hubiera tomado el antídoto?

No supo bien qué estaba pasando, pero notó de nuevo el cuerpo cálido y curvilíneo de la mujer contra el suyo, sólo que esta vez él no pudo alzar los brazos para apartarla. Y aquella turbadora niebla se espesaba en su mente, aturdiéndola.

De nuevo, una boca apremiante tomó la suya, y no sólo la saboreó, sino que la conquistó hambrienta.

—Sabes tan bien como imaginé —oyó apenas con sus embotados sentidos.

Aquella voz... sinuosa, melosa y ardiente despertó en él recuerdos que lo encendieron.

Pero no, ella no era su Freya... No lo era.

—El estramonio comienza a hacer efecto... Ven..., estás a punto de desvanecerte. Vamos dentro..., no tenemos mucho tiempo.

Notó que lo tomaban de la mano y lo introducían en un sitio oscuro y sofocante.

—¡Suéltame, bruja!

La empujó con las fuerzas que pudo reunir y la tiró al suelo. Agitó vehemente la cabeza para sacudirse aquel condenado sopor que lo invadía y miró a su alrededor. Estaba en el interior de la choza, que tenía forma circular.

Hierbajos basculantes colgaban del techo, un tímido fuego crepitaba en un extremo apartando apenas las pesadas sombras que dominaban cada rincón.

Y un picante olor acre manaba de un agujero que se abría en la pared del fondo, una entrada a la cueva que perforaba la pedregosa colina y que estaba medio oculta por una cortina raída.

La mujer se puso en pie y le cerró la salida. Le había arrebatado su propia daga y la empuñaba amenazante.

—Estás en mi poder, maldito norteño. Tu vida y tu voluntad son sólo mías ahora.

Se acercó a él, apuntándole el vientre con la daga, mientras su otra mano se ahuecaba en torno a su entrepierna y la frotaba.

—Y ahora también tu semilla.

Gunnar sintió cómo liberaban su hombría. Y en su confusa conciencia se mezcló la lujuria y la repulsa en una batalla a la que se sumó su desesperada necesidad por salir de aquel estado casi hipnótico que lo paralizaba.

Cerró los ojos, apretó los dientes y rugió furioso, combatiendo contra aquella maldita lascivia infame que burbujeaba en sus venas.

Logró tomar la muñeca de la mujer y hacer que soltara su erguido miembro.

La empujó de nuevo, esta vez con menos ímpetu, descubriendo angustiado que sus fuerzas mermaban.

Oyó una risa maléfica y de sus labios brotó una imprecación, sólo que no supo bien cuál. Dio varios traspiés hacia la salida, pero no llegó a ella. Se desplomó pesadamente cayendo de rodillas.

—Entrada la madrugada, antes de despuntar el alba, vino tu esposa a verme.

Gunnar alzó el rostro e intentó enfocar la vista. El semblante de la bruja se desdibujaba ante él. Luchó por mantener la conciencia todo lo que pudo.

—Reclamaba el antídoto, amenazando mi vida —prosiguió ella.

Su voz sonó lejana y carente de emoción alguna—.

Reconozco a una mujer curtida en la vida y en la muerte en cuanto la veo.

Y ella es una guerrera, una superviviente.

No dudé de sus palabras y le preparé el brebaje.

Se lo entregué y se marchó. Pero, a pesar de sus muchas cicatrices vitales, pecó de ingenua al creer que no iban a tener pago mis servicios.

A menudo un exceso de confianza puede ser fatal.

Ambos me habéis subestimado y lo lamentaréis mucho. Esto apenas es el principio, norteño.

Lo ayudó a ponerse en pie de nuevo. Lo condujo hacia un banco pegado a la pared de roca y lo sentó.

—Cualquier otro hombre ya habría sucumbido al estramonio que puse en mis labios, pero tu fortaleza es sublime —alabó cogiéndolo del pelo y obligándolo a mirarla.

—Los... soldados del emir... lle... garán de un momen... to a otro. Y... nos matarán a todos...

—Lo sé, olvidas que las piedras me muestran el futuro..., y el nuestro está unido.

La bruja se alzó las faldas y las arremolinó en torno a sus caderas para sentarse a horcajadas sobre sus piernas. Tomó su miembro entre las manos y comenzó a frotarlo para endurecerlo.

—Todo un guerrero bien pertrechado..., mmm.

.. —Mientras lo acariciaba, tomó su boca de nuevo, enturbiando aún más sus sentidos—.

Tus dioses han sido generosos en todos tus dones, norteño.

Te deseé desde que puse mis ojos sobre ti en aquellas mazmorras.

Supe que era tu semilla y no ninguna otra la que debía germinar en mi vientre.

La semilla de un ser formidable en todos los aspectos.

Se revolvió como pudo y, de nuevo, logró empujarla, haciéndola caer.

Otra risa, esta vez cargada de lujuria y perversión.

—Supones todo un reto para mí... —masculló la bruja irguiéndose—. ¡Por los dioses celtas, cuánto voy a disfrutar sometiéndote!

—Me repugnas —escupió él, tratando en vano de ponerse de pie.

—Pues no es eso lo que parece: tu espada blande firme deseando entrar en mí.

Profirió otra risotada que le taladró la cabeza.

—¿Sabes? Los antiguos romanos usaban el estramonio para sus famosas orgías en honor a Baco.

Inhibe la voluntad, desata la libido, convierte al hombre en un animal en celo y lo libera de todas sus ataduras morales.

Ahora mismo, mientras pugnas por rechazarme, el animal que llevas dentro ansía poseerme.

Luchas, pero esta victoria es sólo mía, guerrero.

Además, pronto morirás, aunque no del todo, gracias a mí.

No sería justo que un hombre como tú partiera de este mundo sin dejar descendencia.

—No... no voy a morir..., no...

—Serás ajusticiado en Qurtuba junto a todos los amotinadores, eso vi en las piedras.

Volvió a arremangarse las faldas y comenzó a tocarse frente a él. Aquella visión lo atormentó y volvió la cabeza cerrando los ojos a la tentación.

—Debo lubricarme bien para cobijarte, norteño, hace tiempo que no yazco con varón alguno y tu dotación sobrecoge.

La oyó gemir e intentó cerrar sus abotargados sentidos a lo que acontecía ante él. Se revolvió de nuevo cuando notó sus dedos húmedos aferrando su falo para guiarlo.

—Que la diosa Dana bendiga esta unión.

Y, sin más preámbulos, se encajó en él con un gemido estrangulado, entre dolorido y triunfal.

El rechazo emergió desesperado del centro mismo de su ser.

Su negativa a lo que estaba sucediendo retumbó en su cabeza incesante, pero no encontró una puerta por la que salir.

Su cuerpo y su voluntad se habían doblegado miserablemente, traicionándolo.

Y aquel puñal de la más aterradora impotencia se hundió en su pecho, despertando a su vez un acusado desprecio por sí mismo. Por su debilidad, por su necedad.