El último aullido (Lobo 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

El oficial al mando alzó el brazo y el regimiento se detuvo.

Gunnar sintió la escrutadora mirada del hombre posarse primero en su rehén y, luego, tras un afectado velo de reconocimiento, la deslizó sobre él, evaluándolo.

No percibió asombro descubriendo por su aspecto su origen nordumâni . El emisario de Samuel debía de haberle pasado un informe detallado al emir de lo que acontecía en la judería. Y, por supuesto, debía de estar al corriente de los paganos norteños que instruían a los mozárabes para la revuelta.

Tras un tenso silencio, tan sólo roto por los relinchos de los caballos y algún coceo aislado, el oficial se adelantó flanqueado por dos soldados.

Gunnar aferró al valí con más determinación y posó el filo de su acero en la garganta del hombre que permanecía envarado delante de él.

—¡Libera al valí al-Masua y saldrás con vida de aquí!

—Ambos sabemos que eso no es cierto —respondió.

—¿Qué es lo que quieres, norteño?

—Quiero que le digáis a vuestro emir que la ciudad ha sido tomada por el pueblo. Que estamos dispuestos a seguir bajo su mandato si nos confiere el gobierno de sus instituciones y nos dispensa la yizia, otorgándonos la libertad de culto. En caso contrario...

Hizo una pausa para alargar todo lo posible la conversación.

—¿En caso contrario...? —repitió impaciente el oficial.

—Entregaremos la ciudad al Reino Astur. Seguro que el rey Ordoño estará encantado de ganar esta plaza.

Creyó ver una leve crispación en el rostro del oficial al nombrar al rey astur.

—El valí de la Marca Superior, Musa ibn Musa, lo derrotaría antes de acercarse a Tulaytulah —aseguró inmutable el oficial—, estáis sitiados por las razias del emir. Nuestras órdenes son aplastar el levantamiento.

—Pero no a costa del cuñado del emir, imagino —recalcó Gunnar.

El hombre entornó los ojos y lo miró con acusada inquina.

Sabía que aquel contratiempo lo forzaría a tomar una decisión que podría costarle algo más que el puesto.

Aquella delicada situación tan cercana a su emir le estaría abriendo un cruento debate en su interior: la vida del valí, o la recuperación de la ciudad.

En aquel preciso instante, Gunnar podía imaginar cómo su mente elucubraba veloz buscando soluciones para conseguir ambas cosas.

—Tengo una curiosidad que desearía satisfacer antes de aniquilar esta revuelta y rebanarte el cuello —porfió el oficial.

—Nada me apetece más que complaceros antes de morir —repuso socarrón.

—¿Por qué os enfrascáis en guerras ajenas cuando tanto éxito tenéis en las vuestras?

Tengo entendido que una expedición de mayus ha saqueado Iria Flavia y sitiado el monasterio de San Paio, quizá busquen ultrajar la reliquia de ese apóstol que llaman Santiago Matamoros.

Con lo cual, los reinos cristianos no estarán muy predispuestos a pactar con paganos.

Al contrario de lo que creía el oficial, aquella información lo beneficiaba.

Si sus gentes estaban de nuevo incursionando las costas de la Península, podía utilizar su ardid de ofrecer alianzas en beneficio propio, en ese caso, con el emir. De momento debía ceñirse al plan que había hilado con Thorffin.

—Asentarse en un lugar implica tomar partido por las gentes que nos acogieron.

Además, y por imposición del cadí, que, por cierto, está también en nuestro poder, me bautizaron.

Por tanto, soy cristiano, un mozárabe, como lo son los ciudadanos de Tulaytulah.

Y es lo que queremos seguir siendo, por mucho que desee el emir convertirnos en muladíes.

El oficial asintió impasible y se volvió en su montura para susurrar algo al soldado que tenía a su derecha.

Gunnar sabía que se le acababa el tiempo. Miró de soslayo hacia la calzada que se abría a su derecha y que descendía hacia la ribera de la Vega Baja.

Rezó para sus adentros por que lo acordado con su amigo tuviera lugar en breve o sería hombre muerto.

Cada músculo de su cuerpo se tensó expectante. Todo su ser se agudizó, presto para la acción.

—Entréganos al valí y te dejaremos con vida. No está en mi mano ofrecerte nada más.

Alargó otra pausa simulando que lo estaba meditando.

Y entonces sucedió.

Un rugido infernal sonó más atrás. Algunos caballos se encabritaron y relincharon nerviosos.

El oficial y los dos soldados que estaban frente a él dieron un respingo en sus monturas y desenvainaron sus alfanjes.

El oficial retrocedió haciendo girar a su alazán, seguido por su escolta, y Gunnar supo que era su oportunidad.

Espoleó a su caballo y agitó las riendas con apremio, enfilando al animal por el sendero del río. Partió a todo galope por la pendiente de adoquines que comenzaban a perderse en un pedregoso camino de tierra.

Oyó tras él los atronadores cascos de varias monturas y aceleró la marcha.

Thorffin había logrado accionar los mangoneles que había descubierto en la muralla exterior del al-hizam , lanzando sobre el puente de Bab al-Qantara, donde aún estarían entrando las largas hileras de aceifas musulmanas, cualquier cosa pesada a la que pudiera prender fuego.

Tras algunos recodos en los que el caballo se deslizó peligrosamente impactando con los muros, a punto de caer, llegó a la ribera y se infiltró entre los altos cañaverales.

Tuvo que lidiar con la reticencia de su montura por adentrarse en la espesura.

El valí, amordazado y maniatado a la silla y encajado entre su cuerpo y el cuello del animal, traqueteaba como un fardo entre gruñidos aterrados.

Gunnar se atrevió a mirar atrás para comprobar que no lo seguían, todavía.

Detuvo el avance cuando el agua del río comenzaba a cubrir los cascos de su caballo. Miró a su alrededor para ubicarse y, satisfecho, desmontó y cargó con el gobernador sobre su hombro. Por fortuna, era un hombre menudo y enjuto.

Trabajosamente, y chapoteando en la marisma, logró llegar al tronco caído de un gran roble, medio sumergido en la orilla. Allí se encontraba varada una embarcación vieja, pero todavía útil. Imaginó que pertenecía a algún pescador.

Jadeante, ya la alcanzaba cuando oyó piafar de caballos. Estaban muy cerca.

Lanzó rudamente el cuerpo del valí al interior del bote y comenzó a desanudar la maroma que lo sujetaba al tronco. En ese momento aparecieron dos soldados de entre los juncos a su espalda. Se habían separado para registrar la orilla.

Gunnar se enfrentó a ellos a golpe de espada, ninguno fue rival para él.

Oyó gritos y órdenes aproximándose y se afanó en impulsar la embarcación hacia el río. Gruñó a causa del esfuerzo hasta que notó la ligereza de la quilla lamiendo el agua. Embarcó, cogió los remos y los hundió apresuradamente en la plácida superficie para separarse de la orilla.

Conforme se alejaba, varias siluetas lo apuntaban con espadas. Si hubiera habido algún arquero, sus posibilidades de escapar habrían disminuido considerablemente.

Remó y remó siguiendo la corriente, procurando mantenerse en el centro del caudaloso río. La ciudad en realidad se alzaba sobre un gran meandro que la rodeaba. Fue fácil orientarse para dirigirse al cerro.

Contempló el rostro del gobernador, su mirada desorbitada y asustada eran fiel testigo del pánico que lo invadía.

Se preguntó si esa expresión no la tendría él cuando acabara el día.