Capítulo 22
David contra Goliat
Subieron a la parte más alta del alminar a la carrera. Desde aquella elevada plaza gozaban de una perspectiva incomparable de toda la ciudad.
Las murallas concéntricas que descendían hasta la medina ya se perfilaban con claridad bajo una aurora de colores cambiantes. Gunnar dirigió su atención hacia la aljama. Una voluta de humo indicaba que había sido tomada, así como la corte del cadí. Las cuatro facciones habían logrado sus objetivos.
Pero fue otra visión lo que aceleró su pulso.
Desde la alcazaba, en la parte oriental de la ciudad, se veía la Puerta de Bab al-Qantara y el puente de acceso a la ciudad. Y en aquel momento lo atravesaba toda una razia a caballo con los baluartes del emirato ondeando.
Thorffin lo miró con preocupación.
—Bueno, queda claro que el emisario que mandaron el rabino y el basi hebreos y que viste partir aquella noche no fue alcanzado por los jinetes que envió Isaac.
—Y más claro queda aún que el emir posee el don de la oportunidad —repuso Gunnar turbado.
—¡Esta ciudad es nuestra, maldición! —bramó Thorffin.
—La pregunta es... por cuánto tiempo —murmuró Gunnar en tono derrotado y la mirada perdida en las largas hileras de monturas que conformaban las mesnadas del emir.
Era todo un gran ejército lo que acudía en aquel momento a sofocar una revuelta de la que el emir tenía todo el conocimiento. Y de la que estaba seguro, a tenor de la ofensiva que enviaba, que había ordenado su aplastamiento inmediato y la captura de los líderes amotinados.
—Nos atrincheraremos y aguantaremos el asedio, hermano. Y si la cosa se pone fea podemos negociar una salida, tenemos al valí y al cadí como monedas de cambio.
Gunnar refunfuñó inmerso en sus propias cavilaciones. En su mente surgían alternativas que descartaba a favor de otras que parecían más eficaces. Y, sumido en aquel maremágnum de opciones dispares, una de ellas se impuso a las demás, incluso siendo la más arriesgada.
—El al-hizam bien defendido es inexpugnable, incluso siendo pocos hombres los que lo protejan —concordó con expresión tensa y tono grave—.
Pero la medina está desamparada, lo que significa que los otros dos grupos liderados por Sigurd e Hiram serán los primeros en caer.
Y, si caen ellos, nos obligarán a rendirnos utilizando sus vidas como coacción.
Por no mencionar que las mujeres y el resto de las familias escondidas en cuevas, subterráneos y grutas en las colinas no resistirán sin alimento muchos días y saldrán de ellas siendo cazadas como conejos.
—La rendición significa la muerte. Nos ajusticiarán públicamente como escarmiento —aseguró Thorffin.
—No hablo de rendirnos —concretó—, hablo de distraerlos para lograr infiltrar en la alcazaba a los nuestros. Y, cuando estén a salvo, negociarás un salvoconducto para salir de la ciudad.
Thorffin lo observó ceñudo y reflexivo, se rascó su barba rala del color del cobre viejo y frunció los labios, consciente de la extrema dificultad y el riesgo que entrañaba aquello, pero también de lo necesario que era.
—Un momento..., ¿negociaré? —interpeló contrariado.
—En efecto —adujo Gunnar.
El gesto del gigante continuó desconcertado y confuso, pero de momento obvió aquel significativo detalle.
—Hay que perfilar el plan cuidadosamente —repuso Thorffin concienzudo—. Las aceifas del emir ya están entrando y se dirigirán a la medina, apenas tenemos tiempo y no hay forma de avisarlos del peligro que corren.
—Por eso necesitamos una buena distracción —insistió Gunnar escrudiñando con mirada calculadora las huestes que entraban ya a la ciudad.
—¿Qué se te ocurre?
—Salir con el valí a recibirlos.
Thorffin agrandó los ojos mirándolo como si se hubiera vuelto loco.
—Mientras yo aparezco con el gobernador bien sujeto bajo mi filo y los conduzco hacia los arrabales, tú y seis hombres más correréis como liebres fuera de aquí.
Luego os dividís para llegar cuanto antes a los tres enclaves: la corte del cadí, la aljama y las cuevas.
Y de vuelta al al-hizam con todos ellos.
—¿Y qué pasa contigo?
—El valí es el cuñado del emir. Intentarán protegerlo cuanto les sea posible. Y yo sólo tengo un modo de escapar de tanta caballería, y es adentrándome en el río. Sé dónde hay una embarcación oculta entre los juncos, si logro llegar a ella y cruzar el río estaré a salvo.
—¿Y cómo te reunirás con nosotros? —cuestionó Thorffin poco convencido—. Rodearán el al-hizam , no podrás acceder a él.
—No necesito entrar ya. Sois vosotros los que debéis llegar a mí.
—Sin el valí, estamos perdidos.
—Los llevaréis hasta él, y hasta mí. Me vas a entregar a los soldados. Ésa será tu negociación ahora.
La expresión desencajada de Thorffin habría resultado irrisoria si la situación hubiera sido otra.
—¡Ni hablar! ¡Jamás traicionaré a mi hermano! —exclamó ofendido y furioso.
—No me traicionas —musitó Gunnar regocijado ante aquella vehemente lealtad—, sigues mis órdenes. Y deberás confiar plenamente en mí. Y sé qué sitio elegir para la entrega. Y qué hacer a continuación para poder escapar airosos.
—Te juro por los dioses que a tu mente deberían ponerle un altar y hacerle sacrificios de sangre.
Gunnar sonrió y agitó la cabeza.
—Los llevarás al cerro del Bu, un lugar hechizado habitado por una bruja, donde hay grutas que se pierden en el interior de las montañas y las atraviesan, de las que dicen que algunas conducen al infierno. Un poco de suerte, algo de teatro y crearemos otra leyenda.
Thorffin lo observó desconfiado y preocupado.
—Confía en mí, amigo mío. Sé lo que me hago.
El hombretón pelirrojo asintió. Gunnar posó su mano en el hombro del guerrero y le dedicó una mirada porfiada.
—Te detallaré cada paso que seguir mientras me llevas a los calabozos.
No hay tiempo que perder.
—¿Y si te capturan antes?
—Deberás trazar otro plan.
Tragó saliva y asintió con tal gravedad que pareció que el peso del mundo caía sobre sus hombros.
* * *
Decidió salir de la alcazaba a lomos de un caballo, con el valí prolijamente atado montado delante de él, a modo de parapeto.
De esa forma podía manejar las riendas con una mano y con la otra presionar su espada contra la garganta del hombre, que temblaba como una hoja en su regazo, cuando llegara la ocasión.
Inspiró profundamente mientras se abría el portalón de salida y le dedicó a Freya su último pensamiento como hombre. Cerró los ojos y pidió a Odín que la protegiera. De todo su plan, por muy complejo y arriesgado que fuera, lo que más le preocupaba era el traslado de doña Elvira.
Sabía que Freya no saldría de la cueva sin ella, y que su salida de la alcazaba hasta el cerro con una persona casi moribunda sería toda una hazaña.
Era más que factible que muriera en el camino, y aquel varapalo en aquella delicada situación podía complicar más las cosas.
Lamentó en el alma el estado de doña Elvira, y en su conciencia los remordimientos y las dudas por lo que podría haber pasado si él hubiera cedido a los caprichos de la druida lo acompañarían toda la vida.
Y para poder soportarlos sólo le quedaba repetirse que todo aquel alarde de sus poderes y su sabiduría no era sino un ardid más.
Que nada garantizaba que pudiera salvarle la vida.
No obstante, no estaba dispuesto a quedarse con esa duda.
Por eso iba a volver al cerro, para comprobar si la fuerza surtía el mismo efecto que la seducción.
Ése era el verdadero motivo de citarlos allí.
Espoleó la montura y abandonó el al-hizam dejando tras de sí sus pensamientos de hombre y adquiriendo los de un guerrero feroz.
El ruido de los cascos del animal resonando sobre los adoquines de piedra, con un eco hueco y rítmico que reverberaba entre los altos muros de la ciudad, de algún modo acompasó sus latidos.
Gunnar cabalgó todo lo velozmente que pudo, teniendo en cuenta el angosto y laberíntico trazado de una ciudad en la que empezaba a aflorar gente confusa y curiosa por el humo de los incendios.
Pensó en la perdida oportunidad de matar a Jamil y a Said; paradójicamente, ahora eran sus vidas las que peligraban. No dejó de lamentar la condenada suerte de aquellos chacales y confió en que el destino les hiciera pagar cada infamia.
Atravesaba la Puerta de Mohaguía cuando oyó el atronador sonido de los cascos de todo un regimiento ascendiendo hasta su posición, rumbo a la medina.
Tomó aliento y detuvo su montura justo bajo la arcada de la puerta. Por fortuna, los había interceptado antes de que llegaran.
Enrolló las riendas a su muñeca y desenvainó la espada.
Llegados a ese punto, las mesnadas del emir sólo podían acceder a la medina por aquella puerta. No podría haber elegido mejor lugar para entretenerlos. Lo arduo sería salir de aquella arcada y enfilar hacia el río por la calleja que se abría a su derecha.
Cuando los vio doblar un recodo y asomar, se sintió un pobre ingenuo chiflado.
El grueso de la caballería del emir ascendía la cuesta formando hileras bien dispuestas. Los jinetes iban bien pertrechados para la batalla.
Tintineantes cotas de malla, bruñidas armaduras y puntiagudos cascos destellaban bajo el sol, que ya emergía poderoso.
Alabardas, alfanjes, lanzas y escudos danzaban amenazantes al trote de los corceles.
El equipamiento de las monturas resultaba incluso más amedrentador que el de sus jinetes.
Las cabezas y los cuellos de los lustrosos animales iban cubiertos con una cota compuesta por pequeñas piezas de metal.
En sus lozanos lomos lucían un tupido manto rojo bordeado de un cintón dorado y las colas iban enjaezadas con cintas rojas con las que habían trenzado el largo pelo bruno de los caballos.
Una estampa marcial aterradora que se aproximaba a él, como llegaría una gran ola a un pequeño embarcadero, con el ímpetu de sepultarlo bajo sus aguas.
Inspiró hondo, cuadró hombros, tensó mandíbula y agitó brevemente las riendas para salir de la sombra y dejarse ver.