El último aullido (Lobo 3) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Le pasó la alabarda a un hebreo llamado Matías y se enredó la soga en el antebrazo y en la pantorrilla.

Tiró de nuevo para asegurarse y comenzó el ascenso.

Se impulsaba con saltitos, flexionando las piernas y, cuando ganaba terreno, se aferraba con ambas manos al áspero cáñamo, volviendo a ajustar los tramos que tenía enrollados para evitar caer.

Y así logró trepar lenta y dificultosa pero metódicamente, hasta que alcanzó el saliente del matacán.

Necesitó de todas sus fuerzas para impulsarse al interior del adarve.

Agotado y con calambres en los brazos, se permitió recuperar el aliento agazapado contra la atalaya.

Jadeante, centró su atención en unos mecanismos que se hallaban fijados a la muralla.

Entornó los ojos agudizando la vista en la penumbra para descubrir que aquellos artilugios se asemejaban a catapultas de pequeño tamaño.

Se limpió el sudor de la frente, inspiró hondo y se acuclilló en la esquina para atisbar por ella.

Los dos cuerpos caídos apenas se distinguían en la oscuridad.

Enfiló agachado por el muro oeste hasta dar con la escalinata que llevaba al alcázar, un imponente y sobrio edificio de planta cuadrada y gruesos muros de mampostería.

En su interior dormía casi toda la guarnición del al-hizam , a excepción de los turnos de guardia.

Descendió la angosta escalera de piedra adherida al muro interior con extremo sigilo y empuñó su daga, alerta a cualquier imprevisto.

Descubrió a un par de hombres junto a la puerta principal que charlaban animosamente. Oteó los alrededores para evitar sorpresas antes de atravesar el patio de instrucción hacia la puerta principal cobijada en la barbacana.

Barajó la posibilidad de no matarlos y cruzar el patio esquivando el resplandor de las antorchas, pero de inmediato supo que era mejor no dejar nada al azar. Así pues, se aproximó cauteloso a ellos y los redujo con un par de movimientos de muñeca. Degollar en una emboscada era la mejor táctica.

Limpió el filo de su daga en la capa, la enfundó en su bota y caminó furtivo entre las sombras rumbo a la entrada principal.

Quizá por ser el tercer parapeto que lo separaba de la ciudad, la portezuela que se abría en uno de los portones sólo tenía un pestillo, que deslizó con facilidad para abrirla al exterior.

Sus hombres, que ya esperaban ansiosos, se adentraron en las inmediaciones del alcázar.

El objetivo era sellar todas las puertas desde fuera y prender fuego al edificio. Gunnar calibró la posibilidad de sólo encerrar a las tropas en el interior, pero si lograban escapar estarían perdidos. Los muertos nunca habían sido un problema para nadie.

Buscaron grandes maderos en un cobertizo destartalado que sólo tenía techumbre de cañizo y una barandilla y, con ellos, apuntalaron las dos salidas que tenía el edificio.

Gunnar oyó los nerviosos relinchos de los caballos, que se guarecían en caballerizas con compartimentos y una cubierta similar al cobertizo.

En caso de que tuvieran que escapar, aquellas monturas podrían ser su salvación.

Mientras unos sacaban de sus anclajes las antorchas, otros cogían grandes puñados de heno seco de los rudimentarios establos y los apilaban junto a las puertas.

Gunnar observó que la noche comenzaba a aclarar y que no podían perder más tiempo.

Miró hacia la parte alta de los muros. En la planta superior imaginaba que estaban los cuartos de los oficiales, y lo alivió comprobar que las ventanas que se abrían en ellos tenían la suficiente altura para que ningún hombre pudiera caer por ellas sin romperse la crisma.

Observó a sus hombres, que aguardaban la orden.

No sabía a cuántos iba a condenar a la hoguera, pero en la guerra, era morir o vivir, sin más diatribas morales que la de respirar un día más.

Asintió, y la hambrienta llama de la antorcha lamió voraz el pasto seco.

Todo el grupo desenvainó las espadas y se ocultó a la sombra de la muralla.

Apostó a Ginés en un lugar estratégico para poder disparar sus flechas a todo aquel que bajara del adarve, y un par de hombres al pie de las tres escalinatas que daban al patio de instrucción.

El resto se dividieron en las dos puertas del alcázar, para aniquilar a todo aquel que emergiera de ellas cuando el fuego las hubiera devorado si antes no había muerto asfixiado. Sin embargo, algo no iba bien.

Por el tamaño del edificio, por mucho artesonado en madera que hubiera en el interior, los muros eran de piedra y tardaría demasiado en incendiarse por completo. Debía acelerar el proceso.

Se dirigió a los establos, cogió más heno, formó algunas bolas apretándolo entre las manos y buscó con la mirada un tonel en particular.

Hundió los amasijos de pasto en la brea que contenían y con la que impregnaban las antorchas para que aguantaran toda la noche y a grandes zancadas se acercó a Ginés.

Extrajo de su carcaj unas cuantas flechas y clavó en ellas las bolas embreadas.

—Dispara a las ventanas —pidió pasándole la primera.

Una vez encajado el culatín en la muesca del arco, tensó la cuerda y apuntó al objetivo.

Gunnar acercó una antorcha encendida a la punta y, cuando prendió con una violenta llamarada, la lanzó.

La primera se clavó en la celosía de las contraventanas, la segunda se perdió en el interior de la siguiente.

Y, así, fue inundando el interior de flechas incendiarias.

Comenzaron a oír gritos de alarma. Al cabo, forcejearon intentando abrir la puerta fútilmente.

No tardaron en aporrearla clamando ayuda.

En aquel momento, el resto de la guardia comenzó a bajar hacia el patio de instrucción, alertados por las llamas que ya resultaban visibles asomando por las ventanas.

La volutas de humo ascendían en espiral en aquella noche rota ya por un incipiente albor.

Gunnar se apresuró a respaldar a sus compañeros, uniéndose a los combates que libraban al pie de las escaleras.

Arrebató la alabarda del hombre que la aferraba titubeante y la descargó contra el vientre de un soldado que en aquel momento bajaba a la carrera.

Lo ensartó y luego lo lanzó por los aires, como si hubiera capturado un gran pez con un arpón.

Se apercibió de que aquel movimiento le robaba tiempo y lo exponía demasiado mientras se libraba de su presa.

Así pues, se dedicó a descargar ataques con el hacha que sobresalía del extremo de la lanza.

Fue veloz y mortal. Y, cuando se libró de sus oponentes, corrió a las otras escaleras para impedir que ningún centinela pudiera acceder al alcázar ya en llamas.

Ginés, que, además de puntería y temple, estaba mostrando una iniciativa admirable, se había aprovisionado de más bolas incendiarias y disparaba flechas a los agujeros llameantes en que se habían convertido las ventanas y el tejado.

Los atronadores impactos en ambas puertas de acceso indicaban que la guarnición intentaba derribarlas con algún objeto pesado. Posiblemente usaban una mesa como ariete.

Aseguró los puntales y, separando la abertura de sus pantalones, se dedicó a mear en las llamas para crear humo.

Con la punta de la alabarda apiló el heno humeante en el quicio de la puerta y rezó para que la gruesa puerta no se calcinara antes de que los hombres se hubieran asfixiado o quemado en el interior de aquella ratonera. Aunque no confió mucho en ello.

Corrió al otro extremo del edificio e hizo lo mismo. Echó un vistazo hacia la muralla y maldijo para sus adentros al ver asomar a varios guardias que combatían en el patio para lograr llegar a la puerta del alcázar y liberar a sus compañeros.

Lo sorprendió la dura resistencia que oponían sus hombres, aunque vio tres cuerpos inertes tendidos en la tierra.

Se apresuró a ayudarlos y con pocas ofensivas logró reducirlos.

Hubo un instante de paz que quebró un gran estruendo.

Miraron hacia el edificio justo cuando parte del techo se derrumbaba. Los golpes del interior enloquecieron y la puerta del lado norte cedió.

Una horda de soldados convulsionados por las toses se precipitaron al exterior. Gunnar dio buena cuenta de ellos.

—¡Aprisa, id a la otra puerta! —ordenó a sus hombres mientras combatía, ya a espada, con los pobres desgraciados de ojos enrojecidos y rostro tiznado que, buscando la vida, encontraban la muerte bajo su acero.

No obstante, no todos salieron confusos y asustados. Un soldado fornido y combativo se enfrentó a él como un titán salido del averno. Luchó denodado con una cimitarra curva que manejaba con envidiable pericia.

Lo enfrentó en un combate justo, ambos guerreros experimentados.

Gunnar sorteaba sus feroces lances, contratacando con mandobles que eran frenados una y otra vez.

Comenzó a frustrarse y decidió arriesgarse en un movimiento que solía desconcertar a los oponentes.

En medio de un cruce de espadas que repelió imprimiendo toda su fuerza, clavó una rodilla en tierra, ladeó el cuerpo y hundió su acero en el costado del soldado.

Notó pasar la curva cimitarra por encima de su cabeza y se encogió en un acto reflejo.

Por fin, su oponente se desplomó sobre la arena, flácido y moribundo.

Durante el combate, tres hombres más habían logrado escapar. Los persiguió y los derribó con certeros lances. Tras asegurarse de que nadie más huía, corrió a la puerta sur para comprobar aliviado que seguía en pie, aunque el edificio entero ya era pasto de las llamas.

Lo habían logrado, pensó jadeante y triunfal, al menos ellos.

Condujo a sus hombres por el puente levadizo que llevaba al palacio del valí y vio que allí también el fuego hacía su trabajo.

Deseando sumarse al grupo de Thorffin, corrieron hacia las inmediaciones del palacio pasando por debajo de un gran arco labrado.

La elaborada yesería de los frisos del recinto, las majestuosas columnas, el vergel lleno de fuentes en que se había convertido aquel amplio patio indicaban claramente que se hallaban en una residencia real.

Más allá se alzaba un hermoso palacio con arcos de entrada decorados en alfiz, ornamentados ajimeces de doble arco decorando la fachada y ostentosas puertas de metal tallado que impresionaron, por su suntuosidad, a todos los hombres que lo admiraban tan embebidos por la bella edificación como por el fuego que emergía de uno de los alminares.

—Por aquí no han entrado —resaltó Ginés.

Gunnar, seguido de sus hombres, corrió hacia la parte trasera del palacio para descubrir que habían derribado la puerta de las cocinas, y que el silencio del interior sólo podía interpretarse por la muerte de sus ocupantes.

El asalto no debía cobrarse la vida de los altos cargos omeyas de la ciudad: ellos serían su salvoconducto y su moneda de cambio en las negociaciones.

No dudó de que Thorffin no habría olvidado esa premisa.

Apostó cinco hombres en el exterior y se adentró con el resto tras él.

Sala a sala, se toparon con cadáveres, tanto de mujeres como de hombres, todos sirvientes.

La fastuosidad del interior aún resultó más opulenta. La lujosa magnificencia en la decoración, en el mobiliario y en cada objeto capturaba la atención a cada paso.

Intuyó que las habitaciones estarían en la planta superior. Ya se encaminaba hacia la amplia escalinata cuando oyó pasos y ruidos arriba.

Ordenó guardar silencio y ascendió con sigilo.

Una luz tenue atravesaba las geométricas celosías de las ventanas, proyectando sombras en el suelo.

El amanecer despuntaba, y un plan que pintaba catastrófico parecía haber salido a la perfección.

Cuando llegaron arriba, una enorme figura emergió de un largo pasillo.

—Empiezo a pensar que hemos sido dotados por los dioses con el don de la inmortalidad —se jactó Thorffin con una burda risotada que sembró sonrisas satisfechas en los demás.

—Yo lo llamaría suerte —respondió Gunnar tan sonriente como el resto.

El gigante pelirrojo se encogió de hombros con acusada diversión.

—¿Dónde está el valí y su familia?

—En los calabozos que hay en el subterráneo del palacio. Tuvimos que enfrentarnos a su séquito y a una tropa de centinelas. Hemos perdido siete hombres, pero lo hemos conseguido ¡El al-hizam es nuestro! —clamó victorioso.

Los hombres vitorearon y entonces el sonido de unas cornetas los enmudecieron.

Gunnar sólo pudo pensar en una cosa: en que lo malo de la suerte es que no suele durar mucho.