Capítulo 21
Un caracol en llamas
Caminaron por las oscuras y silentes calles de una ciudad dormida hasta el primer punto de encuentro.
Allí, los quince hombres que estarían bajo el mando de Sigurd, armados y ocultos bajo sus pesadas capas, inclinaron la cabeza a modo de saludo marcial y tomaron la calleja que los llevaría a la aljama, a aquellas horas vacía.
Debían encerrarse en ella, y en el momento acordado anunciar desde el minarete que la ciudad había caído en manos del pueblo.
Fuera o no cierto, crearían el caos que buscaban.
Continuaron hacia la medina. Sólo se oía el hueco resonar de los pasos en la piedra y el tintineo del metal, aunque si sus pulsos hubieran podido emitir algún sonido, habría sido un atronador tambor que anunciaría peligrosamente su presencia.
En el siguiente recodo vislumbraron otro ramillete de siluetas inmóviles.
Hiram se adelantó, inclinó la cabeza hacia Gunnar en señal de respeto y éste asintió tras posar una mano en su hombro.
Fue suficiente para que partieran con paso raudo y firme hasta su meta: la corte del cadí.
Aquel asalto sería más peliagudo. La corte era también la residencia del juez islámico y solía estar patrullada por una guarnición.
Thorffin y él caminaron en silencio hacia el al-hizam.
Se detuvieron frente a la puerta que comunicaba la alcazaba con la medina, llamada Bab al-Yail, o «puerta de los caballos», y esperaron junto a la muralla.
No tardaron en oír un nutrido grupo de pasos que, aunque intentaban pasar desapercibidos, rompían la quietud de la noche, tensando en Gunnar cada músculo de su cuerpo.
Cuando llegaron hasta ellos, se puso en marcha el plan.
Se colocaron cerca de la estrecha puerta de madera que había en un lateral del muro y encendieron una hoguera en mitad de la calzada.
Cinco de ellos se dispusieron alrededor de la fogata, sacaron unas jarras de barro y comenzaron a fingir que eran una panda de borrachos que se calentaban en medio de una noche fría. El resto se agazapó en la oscuridad.
Gunnar sabía que la guardia los espantaría. Un fuego cerca de una puerta de madera que, además, daba acceso al fortín del gobernador sería sofocado de inmediato.
Los hombres empezaron a canturrear simulando embriaguez y a reír ruidosamente.
Fueron amonestados desde el adarve de la muralla con órdenes apremiantes que los impelían a alejarse. Los alborotadores se limitaron a reírse y a invitar a los guardias a unirse a la juerga. Los amenazaron con saetarlos, y Gunnar rezó porque aquello sólo fuera una treta para espantarlos.
En una ciudad tan levantisca como aquélla, matar a unos borrachos mozárabes sólo por haber elegido un mal lugar para divertirse rompería el ya delicado equilibrio que existía. Y su plan más arriesgado, la toma de ese fortín, se cimentaba en ese convencimiento.
Tras un intercambio de imprecaciones e imperativos que los ebrios jaraneros desoyeron para frustración de la guardia, Gunnar oyó aliviado cómo los goznes de la puerta de madera, del tamaño de un hombre, chirriaban al abrirse.
En cuanto vio asomar la silueta de un individuo se abalanzó contra él y lo degolló empujándolo dentro del recinto.
Mientras se arrojaba sobre el otro guardia y lo anulaba, los hombres apagaron el fuego y lo siguieron.
El resto, con Thorffin cerrando filas, que había estado oculto entre las sombras del muro, hizo lo mismo.
Una vez ambos grupos se apiñaron en el interior, cerraron la puerta y se distribuyeron en función del objetivo.
—Que los dioses te acompañen, hermano —susurró Thorffin.
—Que la ira de Thor mueva tu espada y la sabiduría de Odín guíe tus pasos —murmuró Gunnar.
Se inclinó sobre el cadáver degollado, empapó la punta de sus dedos en el tajo abierto de su cuello y trazó en sus mejillas y en la frente dos líneas.
Vestirse con la sangre de los enemigos proveía de su fuerza, y además amedrentaba a los oponentes, pues les otorgaba una apariencia más feroz.
Thorffin lo imitó, y el resto de las facciones mixtas compuestas por hebreos y cristianos se santiguaron. Al menos sus religiones compartían símbolos.
—Recordad —musitó Gunnar—, enemigo que dejéis con vida será enemigo que os traerá la muerte. Hay que evitar que den la señal de alarma hasta que ya sea demasiado tarde. Sólo hay tres consignas: ser veloces, letales y silenciosos mientras podamos.
Todos asintieron. Y, tras un breve instante de concentración, los dos grupos se separaron.
Gunnar se encaminó hacia el alcázar, rodeando la segunda muralla. Buscó la puerta por la que se hacía el cambio de guardia y, al llegar a ella, llamó con firmeza. Dio un paso atrás para que fuera otro de sus hombres el que hablara.
—¡A mí la guardia, traemos presos a unos alborotadores!
Sabían que desde las almenas los guardianes de la segunda muralla los estarían observando sin poder reconocer más que unas siluetas imprecisas. La menguante luna había sido tan elegida como los soldados que lo acompañaban.
La puerta gruñó al abrirse y obró con la misma rapidez que momentos antes.
Aniquiló a ambos guardias, les arrebató las alabardas y una la empuñó él y otra se la cedió al miembro más habilidoso y grande de su grupo.
Era una lanza pesada y larga acabada en una especie de hacha curva; si no se sabía manejar resultaría más un peligroso estorbo que un objeto ofensivo.
Accedieron al segundo recinto. Allí se abría un amplio patio de armas, imponentes almenaras de vigía con amenazadoras saetas y un puente que cruzaba un foso, el que daba nombre a la trágica noche en la que se había descabezado literalmente a la nobleza más insurrecta, en la sangrienta Jornada del Foso.
Ciñeron sus cuerpos al muro de piedra y lo recorrieron evitando atravesar aquel patio.
En los adarves de los muros protegían la parte este de la alcazaba al menos media docena de guardias.
Observó sus recorridos, calculando el punto en el que se alejaban unos de otros lo máximo posible.
El resplandor de las antorchas enclavadas en la pared de los muros del adarve los destacaba entre aquella negrura, convirtiéndolos en objetivos de fácil alcance para un arquero experimentado.
Para tal fin, había elegido y entrenado cuidadosamente a un muchacho versado en aquella lid. Tras probar a los elegidos, aquel muchacho, llamado Ginés, había resultado ser todo un virtuoso en el manejo del arco.
—Derríbalo cuando sobrepase la antorcha de la esquina, la más alejada de la garita —acotó Gunnar.
Aquel paso resultaba crucial, pues si alguno de los guardias de la ronda se apercibía del ataque, ahí acabaría la incursión.
El muchacho asintió y, tomando aire, colocó el arco en posición, estiró la cuerda, enganchó el culatín de la flecha en ella y mantuvo con firmeza aquella tensión mientras apuntaba y esperaba que el objetivo alcanzara el lugar exacto.
Un silbido rasgó el aire y Gunnar contuvo el aliento.
El astil de la flecha cruzó la noche y, aunque no pudo distinguir dónde se clavaba la punta, sí vio cómo la sombra de un cuerpo se desplomaba.
Rezó para sus adentros para que el impacto fuera mortal.
Apuntar a una garganta y a aquella distancia no era fácil, todo lo contrario, pero era lo más eficaz para evitar que pudiera dar la voz de alarma antes de perecer.
No oyeron nada, y la ronda continuó en su repetitivo recorrido.
Al haber caído fuera del charco de luz que iluminaba aquel punto, el siguiente centinela no podía ver el cuerpo, pero sí lo echaría en falta cuando no regresara.
Y, cuando se acercara a la esquina a buscarlo, Ginés debía acabar con él antes de que tropezara con el cuerpo de su compañero.
Ardua tarea en la que la suerte también desempeñaba un importante papel.
Cuando el soldado se encaminó hacia la atalaya circular que coronaba las esquinas, Ginés preparó su arco y apuntó cerrando un ojo.
La anaranjada luminiscencia de las antorchas en medio de aquella noche tan cerrada cerraba el foco del arquero, afinando su puntería.
Otro silbido que cruzó la noche con la velocidad de un rayo derribó al guardia sin que ningún sonido saliera de su boca. Gunnar miró apreciativamente al muchacho y palmeó su espalda, halagando su destreza.
Sin duda era todo un portento.
Aquel lado ya estaba ciego, y aunque el resto de la guardia recorría el otro tramo, no les estorbaba para lo que tenían pensado hacer.
Corrieron pegados al muro hasta llegar a la atalaya, ya desprotegida. En un lado asomaba el voladizo de un matacán. Gunnar había memorizado cada parte de aquel fortín gracias al dibujo que le había hecho el amigo ingeniero de Isaac. Y basándose en aquel plano había trazado el asalto.
Sin perder el tiempo, uno de los hombres comenzó a desenrollar de su propio cuerpo la soga que envolvía su torso.
Otro sacó un gancho de metal con puntas en varias direcciones para agarrarse bien al elemento donde fuera izado y ataron la cuerda al extremo de la argolla.
El encargado de enganchar aquel artilugio al matacán dio unos pasos hacia atrás y comenzó a sopesar la cuerda con aquel gancho anudado en la punta.
Lo hizo oscilar de un lado a otro y, cuando estuvo satisfecho, lo hizo girar sobre su cabeza en varios y rápidos círculos hasta que lo impulsó con todas sus fuerzas hacia el voladizo de piedra.
Oyeron un sonido rasposo, pero el gancho volvió a caer.
El hombre repitió la operación dos veces más, hasta que logró encajarlo en el matacán.
Gunnar, que era el guerrero más fornido y pesado del grupo, cogió el extremo flácido de la soga y tiró de ella con todas su fuerzas.
Gruñó complacido. La pieza se había ensartado bien y podían ascender a la torre.
Su complexión no era la mejor para escalar un muro, pero no podía confiar en otro para que les abriera la puerta. En el interior era muy probable que se topara con algún que otro centinela y no podía dejar la parte más delicada del plan en manos inexpertas.