El último aullido (Lobo 3) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Sorbí entre soplidos, compartiendo la misma preocupación además del mismo café. Ambos bebimos en silencio de nuestras tazas, cuando una figura que salió de la tienda que colindaba con la mía, la de Aurora, se desperezó con indolencia. Era Álvaro.

Miguel alzó las cejas y me miró tan asombrado como yo.

—Y yo pensando que los sonidos de anoche eran de una gineta que cazaba... —bromeó.

—¿Álvaro es el favorito de Manuel? —pregunté.

—Se puede decir que sí.

Miguel me miró suspicaz, regalándome una sonrisa cómplice.

—Tú tampoco crees en las casualidades, ¿verdad?

—No.

Estaba claro que, si Aurora lo había elegido como amante, gran parte podía deberse a la inclinación que Manuel sentía por su brillante alumno, una especie de pequeña revancha que añadía placer a la conquista.

—¿Desde cuándo sabes que Aurora fue pareja de Manuel?

—Sólo lo sospechaba, por el resentimiento que ella le guarda.

—Elemental, querida Watson.

—Únicamente observo y saco conclusiones, no siempre acertadas.

Él bebió un largo trago y volvió a mirar a Álvaro, que rodeaba la tienda, imaginé que para echar una meada.

—¿Sabías que en ninguna novela de Sherlock Holmes se dice esa frase?

Negué con la cabeza y me encogí de hombros.

—Conan Doyle utiliza ambas expresiones, pero por separado —explicó Miguel—, nunca juntas. Fue en un filme, creo que del 39, titulado Las aventuras de Sherlock Holmes donde las unieron. Y desde ese momento se popularizó usándose posteriormente en series y películas.

—Interesante —murmuré tras un largo trago.

—La rumorología lo es, toda una fábrica de mitos que se perpetúan en el tiempo hasta conseguir que un dato falso se convierta en verdadero sólo por el hecho de extenderse. Nadie se toma la molestia de constatar lo que oye.

—Ya que te gusta descubrir cosas, tengo un enigma para ti.

Miguel me observó con interés.

—Tienes toda mi atención.

—El ataúd está fabricado en saúco, ¿dónde crees que puede crecer saúco por los alrededores? Por lo que he podido observar, no es un árbol típico de la zona.

Pareció meditar su respuesta frunciendo el ceño concentrado.

—Pues es todo un misterio. Pero, aunque ahora ya no quede ninguno, sí es posible que lo hubiera en aquella época.

—Creía que la vegetación no se extinguía con el paso de los siglos, a no ser que hubiera un significativo cambio medioambiental —repuse.

—O debido a los famosos rumores de nuevo.

Lo miré tan anonadada como intrigada.

—Ahora es mi atención la que está dando palmas.

Miguel rio, sus hoyuelos emergieron y su gesto se aligeró. Suspiró y se sirvió otra taza.

—Verás, el saúco lleva consigo una fatídica leyenda que lo convierte en un árbol maldito. Fue el árbol donde se colgó Judas tras traicionar a Cristo.

También fue la madera con que se hizo la cruz donde fue sacrificado.

De hecho, muchas comunidades gitanas evitan hacer hogueras con él.

E incluso la mitología celta dice que las brujas podían convertirse en saúco, y que, si eran heridas, la madera de este árbol sangraba.

Y, como dato más real y cercano, hasta no hace mucho se usaban varas de saúco para medir a los muertos y hacerles el ataúd a medida.

Sentí un escalofrío que me estremeció por entero.

—¿Y qué tiene eso que ver con la rumorología?

—Pues todo. Porque la superchería de épocas pasadas, las leyendas transferidas de generación en generación sobre su fama de árbol maldito, vinculado con brujas y muertes, seguramente ha llevado a que el hombre lo arranque de su entorno. ¿Quién quiere vivir cerca de algo tan inquietante?

—Entiendo. No obstante, dudo que estos parajes tan agrestes hayan sido muy habitados.

—Bueno, a ti y a mí, e imagino que a cualquier persona de esta época, este sitio puede que nos parezca un lugar duro para vivir.

Pero aquí discurre un río que proveería de comida, hay alcornoques, madera para construir una cabaña y, además, es un lugar de complicado acceso, lo que garantiza protección.

Visto desde la perspectiva de un hombre antiguo, en realidad este sitio es ideal.

—Aun así, no se han encontrado asentamientos. Es un parque natural sin vestigios humanos.

Miguel se encogió de hombros.

—Sólo te estoy planteando posibles hipótesis. Lo que está claro es que debió de haber saúcos cerca.

—Y que también hubo cerca una bruja celta —recordé.

Aquella información pareció despertar una nueva chispa en su mirada, poniendo en funcionamiento cada neurona de su cerebro; casi pude oír cómo giraban los aceitados engranajes de su aguda mente. Sus penetrantes ojos color avellana me miraron con agitación y casi exaltación.

—Ningún druida celta se establece en un lugar donde no haya cerca un crómlech. ¡Debe de haber uno por aquí!

Su entusiasmo resultó contagioso. Y más cuando, a través de Gunnar, sabía que Brianda hablaba con las piedras. Un crómlech era un círculo de piedras, de mayor o menor tamaño y de diferente amplitud de circunferencia.

Se creía que eran monumentos funerarios, pero también existían otras hipótesis, como que eran observatorios de estrellas o lugares de culto para practicar rituales de todo tipo. Si Brianda había estado aquí, era más que posible que pudiera haber un crómlech no muy lejos de la excavación.

—Mientras terminan de embalar y etiquetar, ¿qué te parece si damos un paseo? —propuso Miguel sonriente.