Capítulo 4 #2
No pasaron una noche en aquel calabozo infecto, sino tres. Apenas fueron alimentados, ni se les permitieron visitas. Gunnar supo que era una táctica de sometimiento.
Al cuarto día fueron conducidos al palacio del cadí, en plena medina.
El cadí de Tulaytulah era un hombre menudo y enjuto, de mirada penetrante y gesto circunspecto, nariz aguileña y labios finos que fruncía en un ademán escrutador mientras los estudiaba.
Vestía ricos tejidos con brocados de plata y su cabeza estaba tocada con turbante.
A pesar de su baja estatura, desprendía un halo de poder que lo proyectaba como un titán, cerniéndose sobre ellos.
Tras la dilatada inspección, pareció adivinar en Gunnar su condición de líder y se acercó a él. No lo amedrentó su corpulencia ni su talla, y le sostuvo la mirada un largo instante en una especie de duelo silencioso, quizá para indagar en la mente del bárbaro norteño antes de comenzar a hablar.
—Os encontráis ante mí para dirimir vuestra condición de dhimmi — comenzó en tono grandilocuente—.
Todo ciudadano que viva en las tierras del emir debe someterse a la sunna y a los hadices.
—Ante el ceño confuso de Gunnar, aclaró tras un carraspeo—: Quiere decir que ha de rendirse a los designios de nuestro profeta, en cuanto a conducta y al modelo de vida que estipula el Corán.
—¿Qué es un dhimmi ? —preguntó él.
—Algo que no sois vosotros —respondió atusándose una barba crespa y puntiaguda—. Un dhimmi es un creyente monoteísta de una religión que no reconoce el Corán, pero que tolera. Alá es el único dios verdadero y Mahoma su profeta, por tanto, un dhimmi es un ciudadano de segunda.
Vosotros sois paganos idólatras, adoráis a varios dioses falsos, y por tanto no gozáis de respeto ni de tolerancia alguna. Con lo cual, si deseáis permanecer en estas tierras y prosperar, habréis de convertiros en dhimmi .
Debéis convertiros a la religión hebrea o a la cristiana.
—¿Y si nos negamos?
El pequeño hombre sonrió quedamente. Sus oscuros ojillos de roedor se entornaron amenazadores.
—Será lo último que hagáis.
A su izquierda oyó el gruñido de Sigurd. No fue necesario mirar a sus hombres para adivinar sus expresiones.
—Mi esposa es cristiana —murmuró.
—¿Mozárabe o muladí?
Aquello sí lo entendió. Los mozárabes eran cristianos que pagaban un impuesto, la yizia, para poder profesar libremente su religión. Los muladíes eran cristianos que se convertían al islam y, por tanto, quedaban libres de aquel gravamen.
—Mozárabe.
—Bien, pues habréis de bautizaros y abrazar la fe de Cristo. Os irá mejor de apóstatas que de paganos.
«Eso seguro», pensó Gunnar esbozando una sonrisa cínica. Al menos, de apóstatas seguirían respirando.
—¿Puedo conocer la identidad del denunciante?
El cadí enarcó una ceja, negó con la cabeza y esgrimió una sonrisa pérfida.
—Es el anonimato lo que las alienta.
Esa misma mañana, un sacerdote cristiano, el padre Anselmo Andújar, en la pequeña parroquia de San Lucas, los bautizó en nombre de Jesucristo Redentor, casi exorcizándolos en un ritual apasionado en el que fueron ungidos con aceites y salpicados de agua bendita con un hisopo, que más parecía un arma que un objeto litúrgico.
O quizá fue la vehemencia con que era usado por aquel clérigo.
Lo que más los sorprendió fue el nombre cristiano que les fue asignado a cada uno.
Tras la conversión, la guardia del cadí, que esperaba fuera del templo cristiano, los liberó.
—¿En serio pueden ser tan estúpidos como para creer que un ritual nos alejará de nuestras creencias? —barbotó Jorund sorprendido.
—Más te vale que lo finjas bien, o te irá la vida en ello —advirtió Gunnar mirándolos a todos.
—Yo seguiré rezando a los dioses del Asgard —aseguró con firmeza Sigurd.
—Espero que en silencio —insistió Gunnar—, nada de rituales,
¿entendido?
—Entendido, Gustavo.
Aquella referencia a su nombre cristiano arrancó una cadena de carcajadas que terminó compartiendo.
—Deberíamos despellejar vivo a ese condenado sacerdote —refunfuñó Hiram—; si con mi apodo no tenía bastante, ahora esto.
—No te preocupes, Hilario —repuso Jorund doblado en dos por un ataque de risa—, al menos mi Valdis podrá «hilar» sus bromas a tu costa.
—No lo dudo, Jonás.
—¡Por Odín, habría preferido una buena horca! —bramó Thorffin, ahora Torcuato.
Las risas se sucedieron hasta que Sigurd se plantó frente a ellos señalándolos admonitorios con un dedo.
—Si a alguno de vosotros se le ocurre llamarme Segismundo, juro por los dioses que mearé en su boca mientras ronca.
—Yo no ronco, Segismundo —acicateó Hiram, guiñándole divertido un ojo.
Un bufido furioso los animó a ponerse en marcha.
* * *
Su conv ersión y su bautismo no fueron lo suficientemente tranquilizadores para la comunidad mozárabe de la ciudad, que continuaba mirándolos con recelo y negándoles trabajo.
Acudían a misa. En apariencia se ceñían a los preceptos de su nueva religión, pero no fue hasta que se colgaron una cruz de madera al cuello cuando observaron cierta aprobación de sus convecinos.
Con el tiempo, y gracias a su corpulencia, lograron desempeñar todo tipo de tareas diversas, excepto la de mercaderes: mozos de almacén, mozos de cuadra, domadores de caballos, picapedreros, agricultores, ganaderos e incluso escoltas de hombres poderosos.
Sus jornales ayudaban, además de a la manutención de la casa y a pagar los altos impuestos exigidos, a la adquisición de una morada para Jamil, ya que pronto contraería nupcias, y a engordar los ahorros para que Said cumpliera su sueño de estudiar en la gran madrasa de Damasco.
A decir verdad, aquellos dos gastos superaban con creces al resto, y los futuros beneficiarios de ellos desprendían poca o ninguna gratitud y mucha menos cordialidad.
Como si su obligación fuera mantenerlos.
.. Y en realidad eso creían ellos, que, como musulmanes y varones, gozaban de aquella dispensa.
Bien es cierto que contaban con dos poderosas aliadas, Freya y doña Elvira.
Y aquellas dos adorables defensoras los mantenían a raya, pues si por Gunnar fuera los habría puesto a varear aceitunas o a sembrar vides.
Vivir en aquella región tan rica y variopinta lo maravillaba.
Desde el chirrido de sus múltiples norias, el trazado de las acequias, los azarbes y las almenaras que llevaban el agua a las huertas, los canales subterráneos que la proveían a pozos de succión, hasta los cultivos de productos que desconocían, como el arroz, el trigo, la caña de azúcar, la vid, el olivo, el algodón, el azafrán, las almendras, las berenjenas y un sinfín de plantas aromáticas y medicinales que no sólo nutrían a la población, sino también la deleitaban con recetas elaboradas con ingenio.
La ciudad, rodeada por el caudaloso río Tajo, cercada de altas murallas en las que se abrían puertas imponentes, salpicada por grandes construcciones de piedra, deambulada por gentes tan diversas con lenguas tan dispares, entretejida por culturas tan diferentes que se esforzaban por convivir entre sí, constituía un crisol de culturas tan rico como espinoso.
Y, día a día, ese crisol se convertía en una marmita de brea hirviendo, a punto de derramarse.
Era fácil adivinar por qué el emir había inflado los impuestos.
Deseaba la conversión al islam, arabizando gradualmente a la población cristiana y hebrea, o al menos conseguir expulsarla.
No obstante, no entendía su anterior tolerancia con el pueblo conquistado, si su intención siempre había sido ésa, o quizá no se tratara más que de lo evidente, de recaudar impuestos para invertirlos en guerras y conquistas, como hacían los reyes de cualquier lugar.
Sin embargo, aquella estratagema era arriesgada, pues rompía peligrosamente la armonía lograda, alimentando revueltas y el descontento del populacho.
Gunnar podía sentir en la piel el preludio de la guerra.
Era como si una serpiente reptara por su espina dorsal, fría y viscosa.
Y que ondulaba con más ahínco cuando la vislumbraba en los ánimos beligerantes, en las quejas grupales, en la determinación de los oprimidos por recuperar su tierra y su libertad.
Y, aun así, fue el ejemplo de un sacerdote mozárabe lo que animó al pueblo a alzarse.
Se llamaba Eulogio de Qurtuba, oficiante en la parroquia de San Zoilo.
Y, a raíz de la ejecución de un clérigo llamado Perfecto, que, comparando los méritos de Cristo y Mahoma en una exaltada conversación con unos ciudadanos musulmanes, terminó por ofender al Profeta y sus enseñanzas, había sido denunciado por sus agravios y condenado a muerte por decapitación.
Aquella medida desató una oleada de martirios por parte de varios clérigos más, extendiéndose incluso a la población laica.
Las ejecuciones públicas de todo aquel que se alzara contra el Corán y su Profeta desataron el feroz encono de la faceta más extremista de la comunidad mozárabe, que prefirió la muerte a la opresión, contagiando su fe y su coraje al resto.
En ciudades como Isbiliya, Qurtuba, Tulaytulah y Marida, ya se gestaban alzamientos, pues convertirse en mártir de la causa demostraba al resto que el sometimiento despojaba de honor. Y la vida sin honor no era tal.
En aquel punto guardaban una curiosa similitud con los paganos, pues, para ellos, morir en batalla era alcanzar la gloria, y no tener miedo a morir era el arma más poderosa que se podía esgrimir contra un enemigo.
Y, ante la carencia de aquel temor, el pueblo se volvió más audaz. Y, por ende, se desataron las denuncias de la comunidad musulmana que enmascaraban envidias, ajustes de cuentas y venganzas con acusaciones de ofensas al Corán. Y, así, la brecha crecía y la guerra cobraba forma.
Aquel día tuvo lugar la primera batalla, aunque no lo supo hasta días después.
Jamil invitó a su prometida y a su familia a un ágape en casa, para formalizar las nupcias.