Capítulo 4
El frío abrazo del pasado
Sus largas piernas y su corpulencia lo obligaban a viajar en esa clase, y, a pesar de la amplitud y la confortabilidad del sillón, se removía inquieto de un lado a otro.
Aunque la duración del vuelo apenas llegaba a las cuatro horas, no había podido dormir tranquilo desde la primera llamada de Freya. Aquel desasosiego había comenzado a roerlo por dentro, despertando en su mente un nombre de mujer: Brianda.
Se pasó ambas manos por su espeso cabello claro, alborotándolo. Algo en su interior parpadeaba como una luz de emergencia roja e insidiosa anunciándole un desastre inminente.
El rostro de Brianda se perfiló ante él con meridiana claridad.
Era el rostro de una druida celta. Pómulos altos y marcados, piel fina de alabastro, cabello oscuro y lacio, ojos rasgados, tan grises y penetrantes como el filo de una espada, y una boca de labios finos, pero tocados con el poder de una sonrisa capaz de someter las más férreas voluntades masculinas.
Era alta y delgada como un junco de río.
Y, aunque no era una mujer hermosa como tal, subyacía en ella un magnetismo tan abrumador que subrayaba el poder de una personalidad atrayente y carismática.
O quizá fuera su voz, ese timbre grave y cadencioso que modulaba con notas sensuales y envolventes, capaz de anular el raciocinio de cualquier hombre.
Fuera lo que fuese, Brianda había aparecido en sus vidas para sentenciar sus destinos. Todavía no sabía hasta qué punto.
Se masajeó suavemente el puente de la nariz. Un incipiente dolor comenzaba a instalarse en su cabeza, probablemente fruto del cansancio.
Cerró los ojos y visualizó el rostro de su hijo, Khaled.
De inmediato, una sonrisa afloró a sus labios.
Recordó el sedoso tacto de su trigueño cabello entre los dedos cuando lo había despeinado en un gesto afectuoso antes de su partida al aeropuerto.
El brillo de sus hermosos ojos dorados, que tanto impresionaban a la gente que los veía por primera vez, y ese mohín travieso que se dibujaba en su rostro cuando se abría ante él una aventura nueva.
Y es que pasar unos días con Yusuf y Elena, que tanto lo consentían, era en realidad un pasaporte al país de los caprichos.
Su sonrisa se estiró al recordar cómo la pequeña Fátima reía dichosa tirando de la mano de su nuevo compinche de trastadas.
Los imaginó correteando por los verdes prados, tan distintos en su exterior como iguales en su interior.
A pesar de la diferencia de edad, cinco años, la afinidad y la conexión entre ellos los igualaba y los unía en una camaradería entrañable.
Y, aunque Khaled era muy protector con Fátima, ella se envalentonaba contra todo aquel que tuviera la osadía de enfrentarla.
De hecho, ella incluso se molestaba cuando él intervenía en su defensa.
Además de intrépida, era ingeniosa y le encantaba hacer reír con toda clase de ocurrencias.
Khaled solía desternillarse con ella. Y, aunque le apasionaban los deportes y los practicaba con su grupo de amigos, siempre encontraba la ocasión para ir a verla.
Con la imagen de los niños en la cabeza, entró en una plácida duermevela mecida por el característico sonido opresivo de la presión en cabina y el murmullo de conversaciones entre pitidos de reportes de vuelo.
En algún momento de la noche, una fuerte turbulencia zarandeó el avión, y aquella brusca sacudida, en lugar de despejarlo, lo arrastró hacia aquel abismo que había comenzado a abrirse con la recepción de aquel correo electrónico.
Se estremeció ligeramente cuando notó cómo un abrazo frío lo llevaba muy lejos, a través de los siglos...
No había sido fácil.
Pero nada en sus vidas lo había sido nunca.
Regresar a Isbiliya camuflados como mercaderes mayus no los había librado de suspicacias, de vigilancia y de un sinfín de dificultades. Habían tenido que escapar de la guardia portuaria, disfrazados, atravesando buena parte del emirato como prófugos, viajando de noche y ocultándose de día.
Sus llamativas cabelleras y sus reveladoras estaturas sembraban el pánico cuando eran descubiertas. Las campanas tañían alborotadas avisando del peligro, las torres de vigías prendían sus antorchas y patrullas andalusíes seguían nuestros pasos. No, no fue fácil llegar a Tulaytulah.
Pero llegaron.
Y a una ciudad donde la comunidad mozárabe se había alzado contra sus invasores por culpa de los altos impuestos que debían satisfacer al emir por profesar su religión cristiana.
Revueltas en las calles, ajusticiamientos públicos, persecuciones, detenciones, ira y miedo.
El peor ambiente posible para la llegada de un reducido grupo de gigantes del norte. O eso creían.
Hasta que descubrieron que aquel clima tan tenso era la mejor distracción posible.
El enfrentamiento era entre los opresores árabes y sus vasallos mozárabes.
Un choque de religiones, cultura y poder.
Un encono de libertad del oprimido, harto de someterse.
Y, en medio de aquellos altercados, los hombres del norte, extraños pero pacíficos, aparentemente intrépidos mercaderes en busca de fortuna y relaciones comerciales, llegaron a la casa de doña Elvira de Casto y Villarejo.
No podría ni en mil vidas olvidar la expresión de aquella mujer menuda cuando bajó aquella escalera ante el grito afectado de su doncella Flora.
En efecto, no guardaba parecido alguno con la hija sobre la que se había abalanzado envuelta en llanto.
Sin embargo, la similitud en cuanto a gestos era sorprendente.
Reconoció tanto de ella en Freya que la sensación de familiaridad que lo asaltó lo hizo preguntarse si también Eyra y él habían compartido gestos, ya que la semejanza física tampoco había evidenciado el parentesco.
Pensar en su madre atrajo recuerdos dolorosos sobre su trágico final, que se esforzó por apartar cuando la gentil doña Elvira posó su curiosa mirada en él.
Freya se apresuró a enlazarse a su brazo, y quizá fue eso lo que arrancó una tierna sonrisa en el rostro de la mujer. La presentación que hizo de él consiguió lo mismo en su boca.
—Madre, éste es Gunnar, mi esposo y el hombre que amo más que a mí misma.
Elvira de Casto dulcificó sus claros ojos azules y estiró su brazo hacia él.
Gunnar bajó la cabeza en señal de respeto, inclinándose. Ella la tomó entonces entre sus manos y besó su frente, para su sorpresa.
—Bienvenido a tu casa, hijo mío.
Aquel apelativo constriñó su corazón apenas un instante. Se irguió y asintió esgrimiendo una sonrisa agradecida.
Saludó afable a todo el grupo: Hiram, Valdis, Jorund, Sigurd, Thorffin, Helga y su pequeño, al que revolvió el pelo y guiñó un ojo en actitud cariñosa.
Aquel día no sólo fue conmovedor y entrañable, sino también difícil. Los hermanastros de Freya no compartieron la misma emoción por aquel reencuentro que ella. Por las miradas hostiles que les dirigieron, supo que las revueltas que gobernaban las calles toledanas también dominarían aquella casa.
* * *
Jamil era un año menor que Freya y estaba a punto de desposarse con una muchacha árabe de buena cuna.
Said tenía dieciséis y ansiaba convertirse en ulema, para lo que necesitaba entrar en la gran madrasa de Damasco.
Y no sólo precisaba de buenos dinares, sino de contactos, y sobre todo no vivir en una familia mozárabe que practicaba el cristianismo.
Quizá aquello ya hubiera sembrado en el muchacho un buen poso de amargura y resentimiento, que sin duda creció aquel día en que su casa y su vida se llenaban de paganos infieles.
Y, aunque aquel día Gunnar adivinó en ellos a enemigos soterrados, los más peligrosos, no supo imaginar ni cuándo ni cómo atacarían.
Que Freya intentara ganárselos y compartiera lazos de sangre con ellos le ataba las manos.
Y, a pesar de permanecer atento a sus movimientos, no supo vaticinar lo que acontecería aquella noche, semanas después de su llegada.
Freya dormía plácidamente entre sus brazos cuando rotundos aldabonazos retumbaron por toda la casa en plena madrugada.
Cuando bajaron la escalera que daba al patio, un séquito de la guardia del cadí, alfanjes en mano, los congregó junto al pozo.
El que estaba al mando lo miró con evidente recelo y temor.
—Han sido denunciados por paganos y enemigos del islam —informó con gesto adusto.
—Somos mercaderes —objetó con mal disimulada serenidad.
—Da igual qué oficio profesen, deben acompañarme ante el cadí, para que, mientras moren en tierras del emirato, elijan su condición de dhimmi .
Lo miró sin comprender.
Freya se adelantó, encarando al soldado.
—Dudo que el cadí los atienda a estas horas. Acudirán a su requerimiento con la primera luz del alba.
El hombre negó lentamente con la cabeza, regodeándose en aquel gesto.
—Mis órdenes son llevar a los hombres al calabozo del alcázar. Son nordumâni , y pueden ser la avanzadilla de otra incursión. O me acompañan o serán ajusticiados aquí mismo.
Hiram, Jorund, Thorffin y Sigurd se alinearon junto a él, esgrimiendo sus talantes más feroces.
Freya lo miró alarmada. Al instante, él negó sucintamente a sus hombres para tranquilizarla.
Podrían haber acabado con ellos en un simple parpadeo, pero eso sólo los habría convertido en prófugos, poniendo en peligro a las mujeres y convirtiendo a la anfitriona en traidora al emirato.
Asintió conforme y los semblantes de los soldados se distendieron visiblemente.
Fueron conducidos por los angostos callejones de una ciudad dormida pero tan latente como el corazón de un búho presto a cernirse sobre su presa.
Pudo sentir cómo en la penumbra de los candiles que mal iluminaban sus pasos se escondía una vigilia temerosa.
Cómo en la aparente calma de la noche, bullían inquietudes, miedos y el coraje de una inminente revuelta.