Capítulo 3 #2
De hecho, el solo enclave de aquel drakkar fúnebre ya rebatía todas las teorías sobre rituales funerarios.
Los vikingos creían en la vida después de la muerte.
Para ellos el reino de los muertos empezaba donde acababa el mar, ya que creían que la Tierra era plana.
Por eso depositaban los cuerpos en barcos a la deriva que luego incendiaban con flechas, para que las cenizas fueran arrastradas por las corrientes hacia esa otra vida.
A ningún nórdico de aquella época se le habría pasado por la cabeza. ..
De pronto, un flash clarividente iluminó mi cabeza.
La embarcación había sido hundida a propósito para que descansara en el lecho de una poza, privando intencionadamente a su ocupante del paraíso que anhelaba todo guerrero, condenando a su espíritu a vagar errante por toda la eternidad.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.
Si eran los restos de Gunnar los que reposaban en aquel ataúd y yo la que había cincelado la tablilla..., Dios santo, había sido yo la culpable.
Sentí una garra helada prensando mi pecho, me faltó el aliento y proferí una especie de gruñido estrangulado.
Salí de la tienda principal, donde se reunía el equipo y donde yo tenía un rudimentario despacho, y me dirigí angustiada hacia la tienda en la que se guardaban los hallazgos recuperados.
Cuando aparté la lona mi mirada se clavó en el ataúd, que reposaba sobre unas crucetas de madera para elevarlo del suelo, y, envuelto en plásticos, casi parecía respirar con vida propia.
Me acerqué sintiendo cómo aquella ominosa sensación crecía agarrotando mis miembros y me encontré luchando para poder dar un paso tras otro.
Frente a él, mi pulso se aceleró, el solo acto de alargar la mano para apartar el plástico supuso un esfuerzo penoso.
Respiré hondo, decidida a descifrar aquella tablilla, pues estaba segura de que todas las respuestas estaban en ella.
Parte del grabado continuaba oculto por el barro, y, aferrada a mi firme determinación, saqué del bolsillo de mi chaleco la pequeña rasqueta que solía usar para detalles delicados y comencé a vaciar las hendiduras cuidadosamente.
Con una brocha iba eliminando los restos de lodo seco, para continuar limpiando cada trazo.
Me concentré minuciosa en aquella labor, evitando pensar en las consecuencias de aquel descubrimiento, pues no cabía duda de que lo que sucedió en aquel tiempo reclamaba su pago en éste.
Una vez terminado el trabajo, miré anonadada los símbolos rúnicos.
Saqué mi bloc de notas y copié el mensaje.
Sin embargo, algo absolutamente inusual captó mi atención.
No reconocí la mayoría de aquellos símbolos; parecían paganos, quizá celtas, pero no logré identificarlos.
Los dibujé todo lo fidedignamente que pude y me dispuse a marcharme.
O, al menos, ésa era mi intención antes de sucumbir al impulso de volver a acariciar con la yema de los dedos las inscripciones de la tablilla.
Otro escalofrío, esta vez más acerbo que el anterior, me estremeció.
Aparté rauda la mano y salí atropelladamente de la tienda para toparme de bruces con Aurora.
—Ey, parece que hayas visto a un fantasma. ¿Acaso se ha abierto misteriosamente ese condenado ataúd?
—No, sólo andaba distraída.
La mujer clavó su oscura mirada en el bloc que llevaba en la mano.
—No te molestes en descifrarlo: Manuel romperá los cintones de hierro y forzará la cerradura para abrirlo en cuanto lo llevemos al taller de restauración.
—No me parece ético, y no voy a permitir que se maltraten así hallazgos tan importantes sin intentar antes usar métodos menos invasivos.
Aurora se retiró un mechón castaño tras la oreja y se encogió de hombros.
—Pues me temo que tienes de tiempo hasta que desencajemos el drakkar del fondo y se traslade todo a Toledo. Manuel está ávido de titulares, es como un perrito desenterrando un hueso para mostrarlo orgulloso.
Su burlesca desidia me indignó.
—¿Hace mucho que te dejó? —aventuré mordaz.
Los oscuros ojos de Aurora se agrandaron con asombro, para lanzar chispas indignadas a continuación. Había dado en el blanco.
—Ocúpate de tus asuntos —graznó ceñuda mirándome amenazante.
Giró sobre sus talones y se perdió entre los alcornocales.
Lamenté al punto mi impertinencia; lo último que necesitaba era crearme problemas con mis compañeros. Además, no conocía la historia que había detrás de ellos ni sabía si el ácido resentimiento de Aurora estaba o no justificado o si quizá era tan sólo un escudo con el que se protegía del dolor.
Me sentí mal conmigo misma, y, aunque tuve el impulso de seguirla para disculparme, supe que no era el momento.
Respiré hondo y me encaminé hacia la tienda principal. Allí encontré a Manuel conversando con Álvaro frente a un mapa de la zona extendido sobre la mesa. Parecían buscar la ruta más factible para el traslado del pecio.
Ambos se volvieron hacia mí dedicándome una sonrisa cordial. Manuel me alentó a aproximarme con un leve movimiento de la barbilla.
Dejé el bloc junto a la mesa en la que reposaba mi portátil y me acerqué a la del fondo.
—El traslado supondrá todo un reto —vaticinó contrariado el jefe del equipo—.
Si el río no fuera tan accidentado en algunos tramos, sería la mejor opción; eso nos obliga a trasladarlo por tierra, y, aun así, nos toparemos con escollos en el relieve.
Por fortuna, el drakkar es pequeño, en caso contrario nos habría obligado a seccionarlo.
—Aun así —intervino Álvaro—, es imprescindible un cuidadoso embalaje de seguridad.
—Eso sin duda —aseveró—, y un método de desplazamiento tan rudimentario como efectivo. No puedo confiar únicamente en la fuerza física y la compenetración del equipo en los ascensos por los peñascos.
Necesitaremos casi un equipo de escalada para portear la embarcación y el féretro.
—Pues deberíamos pedirlo ya —opinó Manuel con un deje impaciente.
En aquel instante, aquella sensación insidiosa regresó prensando la boca de mi estómago.
—¿Cuántos días de trabajo calculáis que quedan para la extracción?
Ambos hombres me miraron reflexivos.
—A lo sumo, una semana —respondió Manuel—, contando que debemos dejar este lugar como lo encontramos. Además de la extracción y la recolección de objetos tanto dentro como fuera del drakkar para su posterior análisis, hay que derruir la presa y retirar todo vestigio de nuestro paso.
—Quizá si seguimos excavando aparezcan más objetos —aventuré imprimiendo en mi voz un entusiasmo que anhelaba contagiar—; de hecho, es lo más factible, y no sólo en la poza, está claro que en este lugar hubo un asentamiento vikingo.
El marcado entrecejo de Manuel evidenció su vacilación sobre mi propuesta.
Algo en mí me impelía a postergar el traslado.
Era como si me negara a que nadie más que yo indagara en mi pasado, como si ese momento fuera tan crucial y relevante en mi historia con Gunnar que la intervención de terceros pudiera ensuciar o alterar la revelación que aguardaba palpitante en el interior de aquel ataúd.
Resultó evidente que la impaciencia de ambos hombres por tener noticias mediáticas que dar pugnaba contra la ambición por encontrar más hallazgos, en una batalla que se libraba en el silencio de sus mentes, brillando en sus miradas con una semejanza tal que parecían hermanos.
—Llevas toda la razón, Victoria —aprobó por fin Manuel; sus pequeños ojos azules refulgieron codiciosos—, quizá este lugar sea un filón arqueológico sin precedentes.
Pondré a un equipo extra a explorar la zona colindante y otro para dragar el lecho de la poza de manera más exhaustiva mientras seguimos desenterrando el drakkar . De ese modo no perderemos más tiempo.
—¡Qué buena idea simultanear el trabajo de campo! —alabó Álvaro.
En aquel instante reconocí en él al típico aprendiz petulante y condescendiente que sólo busca agradar al jefe por encima de todo. Debía tener cuidado con él, me dije, además de con Aurora.
De repente reparé en un detalle más acorde con mi otra vida que con ésta: el hecho de juzgar con rapidez el carácter de los demás.
Quizá a la ligera y seguramente de manera injusta, pero aquella peculiaridad era un rasgo distintivo de Freya, de quien fui.
Pues, si algo resultaba vital en aquella dura época, era conocer el entorno y la gente que me rodeaba.
Entre el instinto y la observación, debía intentar adivinar si era sensato o no dar la espalda a según qué tipos.
Y ahora, por algún extraño motivo, sentía la necesidad de conocer cuanto antes a mis compañeros de equipo.
Reanudaron su conversación sobre el mapa y yo aproveché para dirigirme a mi improvisado despacho, impaciente por interpretar los símbolos de la inscripción.
Encendí mi MacBook Air de once pulgadas, mientras hacía una foto con mi móvil a los dibujos que había hecho en mi bloc para subirla al navegador.
El buscador de imágenes de Google podía agilizarme el trabajo. Y tiempo era algo que no me sobraba, a tenor de la impaciencia de mis colegas.
Aquellos trazos parecían simples barras torcidas y similares entre ellas con algunas pequeñas variaciones que las unían por arriba o que brotaban oblicuas como la rama en un tronco.
Algunas guardaban cierta similitud con caracteres rúnicos, que quizá un ojo profano podría haber confundido.
Recé por que Google fuera lo suficientemente avispado.
Inspiré hondo y, tras subir la foto, aguardé ansiosa la respuesta.
Al momento comenzaron a aparecer imágenes similares, entre ellas también estaba el alfabeto rúnico.
Pero mis ojos se clavaron en la foto de una piedra plagada de inscripciones exactas a las que yo había garabateado en el bloc todo lo fidedignamente que había podido.
Alterné la vista entre los signos que había dibujado y aquella imagen en la pantalla, comprobando que, en efecto, eran exactos.
Pinché en la imagen, y me llevó a una página en particular. Cogí el bolígrafo que tenía enganchado en las anillas del bloc de notas y comencé a hacer rápidas anotaciones.
Aquel alfabeto aparentemente simplista era celta, como había supuesto.
Pero tenía una llamativa peculiaridad: en realidad, se trataba de un lenguaje secreto sagrado utilizado por los antiguos druidas, llamado ogham , que se había utilizado del siglo III al VI después de Cristo.
Al parecer, una modalidad consistía en asociar las hojas de ciertos árboles con las letras, formando de ese modo un idioma mágico y alegórico, usado por los ancestrales mystes o iniciados, para encantamientos musicales.
Los druidas habían creado una manera de perpetuar sus hechizos por medio de signos mágicos grabados en la madera o en la piedra.
Sentí un escalofrío y tuve la necesidad de respirar hondo antes de seguir leyendo.
La etimología del dialecto sagrado provenía de Ogma, el dios celta de la literatura y la elocuencia y protector del conocimiento.
El sistema de escritura era alfabético y el sentido, de abajo arriba.
Constaba de veinte letras formadas por líneas rectas y diagonales compuestas por un número variable entre uno y cinco.
Estaba claro que era un lenguaje críptico.
Cuanto más leía, más se me cerraba la boca del estómago.
¡Por Dios santo! ¿Druidas? No era posible.
¿Qué demonios había ocurrido para que esa tablilla repleta de hechizos celtas sellara la tumba de Gunnar?
Y, para culminar el atropello de inquietudes, ¿de dónde habían salido los celtas? Y aquella pregunta disparó mi curiosidad.
Comencé a buscar en la red vestigios celtas en el sur de la península ibérica.
Y aunque, en efecto, había habido asentamientos celtas en lo que fue denominado como la región de Beturia, eran poblaciones prerromanas que incluso dejaron su huella en Gadir, la actual Cádiz, pero muchos años antes de Cristo.
La época no era coincidente, y la posibilidad de que un pequeño núcleo celta hubiera sobrevivido hasta el siglo IX era ínfima, pero aquella tablilla demostraba que o bien alguien versado en aquella cultura y, más concretamente, en el druidismo había vivido en aquel tiempo, o bien, en efecto, un pequeño grupo celta se había asentado allí.
Ahora mi prioridad era conocer el mensaje inscrito en aquel pedazo de madera.
Me centré en mi búsqueda en la red. Tomé el bolígrafo y me dediqué a traducir cada signo, constatando su significado en varias páginas. Aun así, consultaría varios tomos específicos sobre la cultura celta y ese alfabeto.
Debía ser todo lo rigurosa que fuera necesario para interpretar fidedignamente aquel mensaje.
Fijé mi atención en dos recuadros en particular y comencé a replicar en el bloc las figuras y su traducción.
En uno se mostraba el significado de los trazos en vertical y en el otro, en horizontal.
Con aquellas dos plantillas, comencé a trasladar consonantes y vocales bajo cada línea, según su orientación.
Cuando hube acabado, y siguiendo la dirección del alfabeto en cuestión, transcribí el mensaje en una hoja aparte. Miré confusa el resultado, pues uno de aquellos trazos correspondía a dos consonantes, concretamente, «ng».
Estudié con atención los signos, los había dibujado en vertical, tal cual estaban en la tablilla.
Eran cinco líneas, llamadas druinn , con sus trazos en diferentes direcciones y en distinta cantidad, y el primer problema que se me planteó fue cómo ordenar aquello.
Suspiré pesadamente y proseguí buscando páginas sobre el tema.
De repente, una imagen llamó mi atención: la ilustración de una mano con grabados ogham en cada uno de los dedos.
Miré alternativamente mi dibujo y aquella imagen y comprendí que seguían el mismo patrón.
Fruncí concentrada el ceño, leyendo toda la información al respecto.
Resultó que cada trazo no sólo equivalía a una letra, sino también al nombre celta de un árbol en particular, y no sólo eso, sino que éste, a su vez, iba unido a un significado simbólico.
Y, de pronto, una cuestión refulgió intermitente en mi cabeza como la marquesina de un hostal decrépito: ¿de qué madera estaba hecho el ataúd?
Aquel destello dio paso a otro: ¿tendría relación con el significado del enigmático mensaje?
Debería averiguarlo, quizá hubiera alguna relación.
Lo que tuve muy claro es que necesitaba la ayuda de un experto, posiblemente un paleógrafo. Seguramente Manuel podría contactar con alguno.
Ya me encaminaba hacia él cuando un chirrido espeluznante, seguido de un sonido sordo, me detuvo en seco.