Capítulo 3
Mensajes de ultratumba
Hubo un silencio largo y tenso que confirmó mi intuición.
—Gunnar..., el pasado regresa a por mí.
—¡No lo voy a permitir! —exclamó rotundo.
—He... he revivido una persecución en este lugar... Tú... —tragué saliva —tú te lanzabas contra nuestros perseguidores para protegerme. Y yo debía esperarte en una gruta río arriba.
Otro silencio.
—Gunnar..., necesito recordar. Debo anticiparme a lo que el pasado me tenga preparado. Porque... sé que algo quiere de mí.
—Cogeré el primer vuelo que encuentre y te lo contaré todo, será mejor que Khaled se quede aquí. Pero, mientras tanto, evita acercarte al... pasado.
—No puedo dejar la excavación, me comprometí a...
—Puedes y lo harás, ¿entendido? —interrumpió determinante—.
Prométeme que te alejarás de ese lugar.
—Hay... una tablilla clavada en tu féretro. Tengo la sensación de que esconde un mensaje.
—Prométemelo —insistió tenaz.
—Te lo prometo, pero adelántame algo. La curiosidad es más poderosa que la cautela.
Lo oí resoplar y pude imaginar la dura expresión que en esos momentos debía de tensar sus facciones.
—Ese mensaje... lo cincelaste tú, antes de...
Aquella pausa despertó un amargor tan acerbo en mi garganta que tuve que tragar saliva varias veces para lograr evaporar aquel malestar.
—Siento que debo hacer algo —proferí angustiada—, pero no sé qué. Y
sólo podré actuar en consecuencia si recuerdo de nuevo aquella otra parte de nuestro pasado. La vuelta a mis orígenes. Y para eso te necesito a ti.
—Juntos, mi amor —musitó suavizando su tono, aunque no logró ocultar un leve matiz temeroso—, regresaremos juntos. Pero has de esperarme y ponerte a salvo mientras llego. Dejaré a Khaled con Elena, ¿te parece bien?
—Claro, Khaled adora a Fátima.
Mis labios se curvaron al recordar la carita de la hija de Elena y Yusuf.
Apenas tenía cinco años y era una belleza morena con la chispeante picardía de su madre y la penetrante mirada de su padre.
Tras despedirnos, comencé a preguntarme cómo podría mantenerme alejada de un pasado que tendía sus sinuosos brazos hacia mí de manera tan persistente.
No podía abandonar al equipo, y aquel lugar estaba plagado de reminiscencias que despertaban mi subconsciente, iluminando los adormecidos archivos akásicos, donde moraba aquella otra vida.
Miré a mi alrededor sintiendo aquella ominosa familiaridad que aumentaba cada minuto que pasaba.
Sin embargo, también crecían la inquietud, la incertidumbre y la impaciencia, acompañadas de un ingrediente desazonador: el patente temor de Gunnar al respecto.
Fuera lo que fuese lo que necesitara saber, le resultaba angustioso y le preocupaba. Y esa certeza me angustiaba.
Pero yo mejor que nadie sabía que sólo existía un medio para alejar los miedos, y era enfrentándolos. Y que, por mucho que se quisiera huir del destino, éste siempre acababa alcanzándonos.
Cerré los ojos y respiré hondo. El fragante aroma de los alcornocales, de la retama y del brezo me inundaron, y, de repente, otro olor, más acre y picante, me hizo abrirlos alarmada. Giré sobre mí esperando encontrarme rodeada de llamas, no obstante, sólo me saludó la quietud del bosque.
Aquel condenado olor no únicamente no se evaporó, sino que se agudizó.
Comencé a trazar círculos en busca de restos de alguna fogata recién apagada, o quizá del inicio de algún incendio accidental, pero no hallé señal alguna que lo justificara.
Me encogí de hombros e intenté racionalizar aquello, aunque todo indicaba que aquel aroma de hoguera pertenecía a un parpadeante recuerdo adormecido. No, me dije, no sería fácil mantener a raya al pasado.
* * *
Aquella noche desperté sobresaltada.
Aquel intenso olor regresó acompañado de un crepitar tan vívido que me aceleró el corazón. Me pareció ver un parpadeante resplandor a través de la fina lona de la tienda. Mi pulso se aceleró y me incorporé alarmada.
Me froté los ojos y parpadeé repetidamente.
Un grito me envaró perfilando de realidad lo que creí imaginado.
Salí de la tienda precipitadamente para contemplar con estupor cómo una llama alta y ondulante rompía la negrura de la noche como un relámpago en medio de una tormenta.
Corrí hacia la hondonada de la excavación para comprobar angustiada cómo ardía la cubierta del drakkar . Un grupo de operarios se arremolinaban en torno al fuego. Habían formado una cadena y se pasaban cubos de agua que derramaban sobre las llamas. Descendí la escalera y me uní a ellos.
Al cabo, el fuego se apagó, y un penetrante aroma a madera carbonizada se extendió en volutas de humo azulado.
—¿Qué cojones ha ocurrido aquí? —bramó Manuel, clavando su ceñuda mirada en la maltrecha cubierta para pasearla, acto seguido, sobre el equipo.
Miguel y Álvaro se encogieron de hombros, negando con la cabeza.
—Abriré una investigación, porque no hay duda alguna de que ha sido intencionado —amenazó con dureza.
Un carraspeo a mi espalda atrajo la feroz mirada de Manuel hacia una mujer que en aquel momento se adelantaba dirigiéndose al drakkar .
Aurora amusgó los ojos componiendo un gesto reflexivo y se paseó por el perímetro que circundaba la embarcación señalando con la punta del pie a la posible culpable.
—A menudo, lo más sencillo suele ser la respuesta al más enrevesado enigma —adujo agachándose para atrapar en sus dedos una colilla arrugada.
Los ojos de Manuel se agrandaron en una mezcla explosiva de asombro y furia.
—¡No se puede fumar en el lugar de la excavación, por el amor de Dios!
—exclamó vociferante.
Derramó una mirada letal sobre todos nosotros mientras apretaba los puños con absoluta ofuscación.
—No pienso tolerar una negligencia más —advirtió severo—. Mañana requisaré todo el tabaco, y el que no pueda aguantar sin fumar que presente su dimisión. Además, estamos en un paraje protegido, joder, si hasta podría ir a la cárcel por eso.
A continuación, suspiró pesadamente y lanzó una mirada preocupada hacia el drakkar .
—Doce siglos protegida por los elementos, y un puto día para que la acción del hombre esté a punto de extinguir una reliquia tan valiosa.
Aurora se colocó a mi lado y se inclinó ligeramente para susurrarme al oído:
—Mucho está tardando Dios en mandar otro diluvio.
La miré sin entender, hasta que Manuel musitó contrito:
—Mucho está tardando Dios en mandar otro diluvio.
Esbocé una ligera sonrisa que estrangulé lo más rápido que pude.
Sin duda sus broncas seguían un patrón similar.
Y, mientras el jefe de la excavación continuaba su diatriba acerca de las extremas precauciones necesarias en tan delicado proyecto y sobre la supuesta profesionalidad de todo el equipo, un desazonador pensamiento relumbró en mi cabeza.
¿Y si el intenso olor a quemado que me había asaltado por la tarde no era un simple recuerdo adormecido? ¿Y si era un aviso? ¿Una especie de premonición? Resultaba sospechosamente casual que poco después se hubiera materializado el fuego que había penetrado mis sentidos horas antes.
Y si había dejado de creer en algo era en las casualidades.
Tras aleccionar al personal ajeno al equipo, la mayoría operarios del Ayuntamiento de Algeciras, sobre los muchos peligros de un simple descuido, Manuel dio por terminada su reprobadora perorata y todos caminamos somnolientos a nuestras respectivas tiendas.
—¿Un pitillo antes de dormir? —bromeó Aurora tras guiñarme un ojo.
—Cuando quiera que me crucifiquen contra un árbol, sí.
Ella sofocó una risotada y se dirigió a su tienda, que se encontraba junto a la mía.
Antes de perderse en su interior, se detuvo y me miró.
—Es el proyecto de su vida —resaltó con gesto extraño, casi introspectivo
—. Si tiene que sacar el látigo y fustigarnos, lo hará. O sacamos pronto ese condenado drakkar de ahí o nos amotinaremos para lanzarlo a la poza.
Quiso imprimir sorna a sus palabras, pero no terminó de conseguirlo.
Forcé una sonrisa que tampoco supe si podía tildarse de tal.
Aurora desapareció tras la lona y yo me introduje en mi tienda.
Tuve la aguda sensación de que existía una cierta intimidad o confianza entre ella y Manuel. Y no sólo eso, sino también un deje resentido en los sarcasmos de Aurora.
Me tumbé sobre la fina colchoneta y cerré los ojos.
Pero, en lugar de negrura, sólo vi llamas.
* * *
Los días posteriores, el trabajo continuó con absoluta normalidad.
El pequeño drakkar emergía del fondo enlodado y el equipo de expertos replicaba la ornamentación que iba quedando a la vista en minuciosos bocetos en papel, para analizarla e interpretarla.
Yo me encargaba de lo segundo, además de contrastar la información que íbamos obteniendo con fuentes diversas, a pesar de que la mía era la más fidedigna posible, dado que había vivido entre ellos.
No obstante, aquello no podía figurar en ningún informe técnico, como era natural.
En efecto, no era un drakkar navegable, sino un féretro, como los sarcófagos egipcios que contenían a las momias de los faraones, repleto de mensajes rúnicos sobre la eternidad del Valhalla y regalos para las valquirias que acompañaran las almas de los que allí moraban hasta el banquete con Odín, en el Asgard.
Lo que realmente me intrigaba y desazonaba era el peculiar ataúd.
Jamás había visto nada parecido, ni existía constancia escrita de algo similar en la cultura escandinava.
Consulté tanto fuentes primarias (como las controvertidas sagas nórdicas, incluso poemas éddicos o escáldicos, además de referencias sobre rituales funerarios y leyendas mitológicas) como secundarias, sin encontrar ni una ligera aproximación a aquel extraño ataúd encriptado.