Capítulo 2 #2
Cada latido laceraba mi pecho. Mi miedo se trocó en furia, y la impotencia se diluyó en una fiera determinación.
Un amago de risa retumbó en su poderoso pecho, sacudiéndome ligeramente.
—Jamás osaría contrariar a una loba furiosa.
—Más te vale...
—Vamos... —urgió, depositando un beso en mi cuello y un «te amo» rasgado en mi oído.
Comenzó a deslizarse hacia abajo, el frío de la noche ocupó su lugar...
... Parpadeé aturdida.
Exhalé un gemido entrecortado y cerré los ojos absolutamente conmocionada.
Las yemas de mis dedos se adhirieron al tronco del aliso; me temblaban las rodillas. La aspereza de su tacto, el martilleo de la excavación y la borrosa visón de las altas poleas comenzaron a devolverme progresivamente a la realidad.
Respiré hondo intentando acompasar mis latidos. Como temía, el pasado regresaba imperioso, y aquel flashback había sido tan abrumadoramente real que me había arrancado de cuajo del presente, con inquietante facilidad.
En mí aún prevalecían las sensaciones de angustia, miedo e incertidumbre.
Al menos, no había vuelto a desvanecerme.
—Victoria.
De nuevo, mi nombre sonó extraño, al igual que aquel rostro y aquel familiar paraje, vilmente ultrajado por el hombre moderno.
Manuel se acercó a mí con el ceño fruncido en un rictus preocupado.
—¿Te encuentras bien?
Asentí dibujando una sonrisa trémula y forzada.
—Pues no lo parece, estás más pálida que los esqueletos que espero encontrar.
Mi sonrisa se estiró, todavía más rígida y antinatural.
—Sólo me he mareado, pero ya estoy perfectamente.
El hombre pareció aliviado y, tras una sonrisa paternalista, me invitó con gestos a seguirlo.
—Hemos pensado en instalar un campamento en aquel claro. —Señaló el lugar mientras caminaba hacia la excavación.
Avanzó inmerso en una perorata entusiasta sobre el hallazgo, mientras yo lo seguía todavía atrapada en las pegajosas guedejas de aquel nebuloso pasado.
Sentí la imperiosa necesidad de llamar a Gunnar y oír su voz, y ya rebuscaba en mi bolsillo el teléfono cuando un grito me sobresaltó.
Nos volvimos hacia el lugar de la excavación, donde se arremolinaban varios trabajadores justo en el borde del foso.
Manuel se dirigió apresurado hacia allí estirando el cuello y envarando la espalda como un sabueso que olisqueara un rastro.
Cuando llegué a su lado contemplé con estupor cómo un grupo de trabajadores intentaban izar con las manos un gran madero para liberar la maltrecha pierna de un hombre.
—¡Joder!, se ha roto una de las garruchas —exclamó Miguel en tono crispado, pasando ansioso las manos por su pelo.
Señaló la quebrada unión de dos ruedas en un perfil metálico.
Al partirse la pieza, el tronco al que estaba unida se había desplomado sobre el equipo de trabajo.
La rudimentaria y precipitada construcción de las grúas se estaba cobrando su primer incidente.
Observé que la pieza que habían intentado izar era el ataúd. Posar mis ojos sobre aquel féretro erizaba mi piel y constreñía mi pecho.
—Al menos no ha habido daños aparentes —musitó soltando el aire contenido.
Resultó esclarecedor comprobar dónde moraba su única preocupación. Lo contemplé reprobadora. Fue fácil apreciar la expresión de un hombre completamente absorbido por su propia ambición. Aquél era el proyecto de su vida, y una pierna rota no lo detendría.
—Creo que el hombre que aúlla ahí abajo no piensa lo mismo —apunté incisiva.
Manuel me miró molesto frunciendo el entrecejo.
—El trabajo en exteriores implica un riesgo —recordó a la defensiva—, y más en condiciones tan adversas e improvisando la construcción de grúas.
Pero si los egipcios levantaron las pirámides, este pequeño drakkar debería ser pan comido para nosotros.
Omití mencionar la cantidad de hombres que habían muerto en aquella empresa sólo por el capricho de un faraón y me limité a descender por la escalerilla acoplada en el dique de contención para ofrecer mi ayuda.
Ya lo habían liberado cuando llegué, y, por lo que pude apreciar, era una fractura abierta con escalofriante aspecto.
Por fortuna, había dos sanitarios en el equipo y se hicieron cargo de los primeros auxilios. A mi izquierda, el ataúd descansaba sobre un montículo de tierra, ligeramente inclinado. Una fuerza inexplicable me atrajo hacia él.
Me agaché, entregándome al irrefrenable impulso de acariciar aquella madera ajada y cuarteada por cuajarones de barro seco.
Cerré los ojos ante la punzada que atravesó mi pecho y retiré la mano como si de pronto el contacto quemara.
Una ominosa sensación se estableció en lo más profundo de mi ser, y aquella inicial atracción repentinamente se transformó en agudo rechazo.
Me erguí y mis ojos se posaron en la tablilla clavada en la tapa.
Pude identificar algunas runas, otras estaban cubiertas por el barro.
Fijé mi atención en una en particular, Laguz, la runa del agua, la que instaba a fluir con el devenir de las cosas sin luchar contra la corriente.
La que aconsejaba dejarse llevar por las intuiciones, por el destino.
La que evocaba también un poder de conexión emocional que va más allá de la muerte.
La garra que había prensado mi corazón apenas un segundo antes clavó sus afiladas uñas con más saña. Me doblé ligeramente, exhalando un gemido dolorido. Posé la mano en mi pecho y un sudor frío perló mi frente. Supe al punto a quién pertenecían los huesos que descansaban en su interior.
Me aparté trastabillando con el pulso repiqueteando irregular en mi sien.
Salí de la excavación como si me persiguiera la misma muerte.
Jadeando, me refugié en el pinar donde habían empezado a instalar el campamento y, trémula, rebusqué en mi bolsillo.
Saqué el móvil y pulsé sobre «Favoritos», seleccionando el primer contacto.
Aguardé ansiosa, tragando saliva y con el corazón desbocado.
Al tercer tono, una voz grave derramó sobre mí un manto consolador.
—Cariño...
Esa sola palabra me provocó ganas de llorar.
Intenté destrabar el nudo que atenazaba mi garganta antes de que se me quebrara la voz.
—¿Estás bien? —inquirió Gunnar en tono preocupado.
—Sí... —respondí tomando aire—. Bueno, en realidad, no —confesé sobrecogida.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz estirada.
—Ocurre que acabo de tocar tu ataúd.