Capítulo 4 #3
Todas las mujeres ayudaron en la preparación de las viandas, engalanando cada rincón y a sí mismas para el feliz acontecimiento.
Cuando la familia de la futura desposada, todos musulmanes, apareció, los rudos hombres del norte tuvieron que desaparecer del salón principal para no incomodar con su presencia.
Sin embargo, quiso la mala fortuna que Hiram rondara por el patio cuando la dulce Zahira decidió tomar un poco el aire.
Y, aunque Gunnar presenció el arrobo de la joven ante el atractivo guerrero de trigueños cabellos y ojos celestes, no alcanzó a imaginar el impacto que la muchacha sufrió ante los encantos de su amigo.
Por desgracia, la joven no supo disimular su turbación ante la irrupción de Jamil, ni Hiram tuvo el decoro de dejar de mirarla seductor.
Cuando el ofuscado novio se llevó a Zahira, Gunnar salió de su rincón y se acercó a Hiram.
—¿Has perdido el juicio? —le recriminó.
—No, pero ha merecido la pena fingirlo sólo por verlo celoso.
Gunnar gruñó y sacudió la cabeza.
—No ha sido prudente —objetó ceñudo—, ese muchacho lleva la inquina en el corazón.
—Vamos, tiene suerte de que no le hayamos arrancado los dientes cada vez que los muestra. Provocarle un pequeño arrebato celoso es un pobre consuelo para quien debe tolerar su odioso carácter a diario.
—¿Crees que, si no fuera quien es, le habría permitido la mitad de los desplantes? Hacía tiempo que no tenía tantas ganas de estrangular a alguien
—reconoció siseando.
—Albergo la esperanza de que alguien lo haga por nosotros —gruñó torvo Hiram.
Tras la cena, Gunnar se encerró en la habitación de Freya, donde habían cambiado su antiguo jergón por un lecho amplio y confortable, rumiando un malestar que se negaba a abandonarlo.
A pesar de repetirse que en breve Jamil se marcharía de la casa y los ánimos se sosegarían, la desazón, en lugar de diluirse, aumentaba. Y su instinto nunca le había fallado.
Ya era medianoche cuando Freya apareció portando un candil.
El dorado resplandor recortaba su silueta en el umbral, permaneció un instante ahí, inmóvil, mirando en su dirección.
—La luna te acaricia —murmuró anhelante—, y yo bien sé el goce que eso proporciona.
Gunnar descruzó los brazos, sobre los que apoyaba la cabeza, y se irguió sobre los codos, mostrándose tentador. Solían dormir desnudos y abrazados, como si sus pieles necesitaran nutrirse la una de la otra.
—Nunca viene mal recordarlo —alentó él con una sonrisa taimada.
Freya cerró la puerta tras de sí, depositó el candil en el gancho de la pared y lo apagó de un soplido.
Se acercó lentamente, desprendiéndose de la ropa.
Los ojos de Gunnar se la arrancaban incluso antes de que las prendas cayeran al suelo, sus sentidos se incendiaron y sus preocupaciones murieron en aquel fuego que únicamente ella lograba prender.
Un fuego que no sólo reclamaba satisfacción carnal, no, era un fuego mucho más profundo, más hambriento, más desesperado, que rugía ante la imperiosa necesidad de fundirse con ella, en todos los planos posibles.
Cuando la tuvo al alcance, se le abalanzó, la tumbó en el lecho y se cernió sobre su boca como una alimaña famélica.
Sus gruñidos y la manera en que se retorcía gustosa bajo él lo enloquecían.
El sedoso tacto de su piel enturbiaba su contención, despertando esa bestia implacable e impaciente que sólo ansiaba poseerla hasta el fin de los tiempos.
Y, a pesar de que la quemazón de un deseo voraz acuchillaba su autocontrol, logró deleitarse en cada caricia, en cada beso, prodigándole un placer que convulsionaba su hermoso cuerpo en espasmos de goce, arrancando de su interior aquella invitadora humedad.
Cuando la poseyó sintió cómo todo su ser se constreñía catártico, cómo su alma se deshilachaba para entrelazarse con la de ella, y aquel placer tan devastador no era sino el resultado de aquella unión tan profunda, tan tangible y tan mística al tiempo.
Cuando ambos culminaron en un clímax feroz que los dejó exhaustos y jadeantes, se abrazaron dichosos. Gunnar cerró los ojos deleitándose en el delicioso y errático sendero que trazaban los dedos de Freya sobre su pecho.
A su vez, hundía los suyos en la abundante y bruna melena de la mujer, pensando que no habría mejor fin que reposar en ella su último aliento.
A su mente acudió aquel día en que la vio correr por las calles de Isbiliya, cuando sus hombres asaltaban la medina.
Siempre había creído que había sido su singular belleza lo que lo había hecho seguirla.
Pero, cuando la apresó y la miró a aquellos ojos dorados, algo en su interior le gritó que debía retenerla, y eso fue lo que hizo.
Aquel fuerte instinto despertó su curiosidad por ella, y no fue hasta que la besó en la bodega de su drakkar cuando descubrió que algo lo unía a aquella extraña y valerosa mujer.
Día a día, descubría que le había robado algo más que el interés.
Y fue así como sintió la imperiosa necesidad de seducirla, de enamorarla y de conseguir que ella renunciara a todo por él.
Pero ella amaba a otro hombre, a su esposo. Y
ésa no fue la única traba.
Fue una conquista dura, pero su tenacidad, la necesidad de tenerla y la seguridad de que habían nacido el uno para el otro logró lo imposible. Ella finalmente comprendió que el destino los había unido por una única razón: porque se pertenecían.
Y allí, cubiertos por un manto de plata, arropados por el silencio de una noche tranquila y envueltos en el más puro de los sentimientos, supo que no permitiría ni a la muerte alejarla de su lado.
Días después, fueron otros los que lo intentaron.
* * *
Un insidioso aviso acústico intermitente despertó a Gunnar.
Algo no iba bien.