XXIV
EL ÚLTIMO NÚMERO
Los años cincuenta y sesenta transcurrieron, para Wolf Messing, con un ritmo que combinaba la consolidación definitiva de su fama dentro de la Unión Soviética —convertido ya, tras la muerte de Stalin y la relativa apertura cultural de los años de Jrushchov, en una figura pública aceptada y reconocida, lejos de la sospecha permanente que había caracterizado los años más duros del estalinismo— con una vida privada que encontraba, en la presencia constante de Aida, una estabilidad que contrastaba, de manera reconfortante, con la inestabilidad que había definido las primeras cuatro décadas de su existencia.
Viajaban juntos por todo el país, de Leningrado a Tashkent, de Kiev a Vladivostok, llenando teatros que ya no necesitaban la promoción agresiva de los primeros años, sino simplemente el anuncio de que "Wolf Messing actúa esta noche" para garantizar entradas agotadas semanas antes de cada función. Aida, ya convertida en una presencia indispensable en cada aspecto de la vida pública y privada de su marido, gestionaba con mano firme tanto los contratos con las filarmónicas estatales como las mil pequeñas tensiones domésticas que la convivencia con un hombre célebre por su sensibilidad extraordinaria y su correspondiente fragilidad emocional generaba con frecuencia.
—Wolf necesita que alguien le diga la verdad sin adornos —le confesaría Aida a su hermana Iraída, en una de las pocas confidencias privadas que sobrevivirían, transmitidas oralmente, hasta décadas después de la muerte de ambos—. Todo el día está rodeado de gente que le dice lo que quiere oír, periodistas que solo buscan una buena anécdota, admiradores que necesitan creer en su don más de lo que él mismo cree en él. Yo soy, creo, la única persona en su vida que se permite decirle simplemente: "Wolf, hoy estás equivocado", sin que eso signifique ningún cataclismo para ninguno de los dos.
Fue precisamente esa honestidad sin concesiones, sostenida durante dieciséis años de matrimonio, la que convirtió la enfermedad de Aida, diagnosticada hacia comienzos de 1960, en uno de los golpes más devastadores de toda la vida de Wolf, mucho más profundo, según describiría él mismo en sus memorias con una sinceridad que abandonaba por completo el tono teatral habitual de casi todo lo demás que relataba sobre su propia biografía, que cualquiera de las persecuciones políticas, huidas fronterizas o pruebas imposibles que había superado a lo largo de su existencia.
El diagnóstico —un cáncer que los médicos soviéticos de la época, con los recursos limitados de una medicina oncológica todavía incipiente en comparación con los estándares occidentales del momento, no lograron jamás detener ni siquiera ralentizar de manera significativa— llevó a la pareja a recorrer, durante los meses siguientes, distintos especialistas en Moscú y Leningrado, en una búsqueda desesperada de cualquier tratamiento que pudiera ofrecer alguna esperanza, mientras Wolf, paradójicamente, evitaba durante semanas enteras utilizar sobre su propia esposa la sensibilidad extraordinaria que había definido toda su carrera profesional, como si percibiera, con una claridad que prefería negarse a sí mismo, lo que aquella lectura corporal terminaría revelándole de manera inevitable.
—No quiero saberlo, Aida —le habría dicho, según el relato que ella misma transmitiría a su hermana en una de sus últimas conversaciones—. Durante toda mi vida he leído lo que los demás ocultan. Por primera vez, prefiero la ignorancia. Prefiero tener esperanza, aunque sea una esperanza equivocada, antes que la certeza de algo que no podré cambiar de ninguna manera.
Pero la certeza llegó, finalmente, sin que Wolf pudiera evitarla del todo, en algún momento de mediados de 1960, cuando el deterioro físico de Aida resultó ya demasiado evidente para que ninguna negación voluntaria pudiera sostenerse por más tiempo. Según relataría Wolf, con un detalle que numerosos biógrafos posteriores considerarían una de las pocas predicciones de toda su carrera que, dada la intimidad y la imposibilidad de cualquier verificación externa, resulta tan plausible como inverificable, percibió —a través de la misma sensibilidad corporal extraordinaria que había definido toda su vida profesional, aplicada ahora, por primera y única vez, al cuerpo de la persona que más amaba en el mundo— no solo la fecha exacta en que su esposa moriría, sino también la hora precisa: el 2 de agosto de aquel mismo año, a las siete de la tarde.
No le reveló esa certeza a Aida de inmediato. La guardó durante semanas, según contaría después, debatiéndose entre el deseo de prepararla para lo inevitable y el temor de que conocer la fecha exacta de su propia muerte pudiera resultar, para ella, una carga insoportable que ensombreciera el tiempo que aún les quedaba juntos.
Finalmente, pocos días antes de la fecha que él mismo había anticipado, Wolf le preguntó qué deseaba más en el mundo, dispuesto, según diría, a hacer cualquier cosa que estuviera en su mano por la mujer que durante dieciséis años había sido, simultáneamente, su esposa, su asistente, su administradora y la única persona ante quien jamás había necesitado fingir absolutamente nada.
Aida, con la misma sobriedad sin dramatismo que había caracterizado cada decisión importante de su vida, pidió solamente una cosa, formulada con un humor seco que no abandonaría ni en sus últimos días:
—No escribas la fecha de mi nacimiento en mi lápida, Wolf. No quiero que la gente camine por el cementerio calculando cuánto tiempo vivió cada uno. Que se queden con la curiosidad. Es lo único que les voy a poder negar, después de haberles dado tanto con esta vida.
Wolf cumplió aquella última voluntad con la misma precisión meticulosa con que había cumplido, durante toda su carrera, cada detalle de sus actuaciones públicas. Aida murió, según relataría él mismo con una certeza que ningún testigo independiente podría jamás confirmar ni desmentir, el día y la hora exactos que había anticipado semanas antes: el 2 de agosto de 1960, a las siete de la tarde.
Lo que siguió fue, según describirían quienes lo conocieron de cerca durante aquellos meses, una depresión profunda que mantuvo a Wolf prácticamente recluido en su apartamento de Moscú durante casi nueve meses, cancelando la totalidad de sus compromisos profesionales, negándose a recibir visitas salvo las de Iraída, la hermana de Aida, que se convertiría, en aquel periodo de duelo extremo, en su único vínculo regular con el mundo exterior.
—El hombre que había pasado toda su vida adivinando el futuro de los demás —escribiría, años después, uno de los pocos periodistas soviéticos a quien Wolf concedió, ya anciano, una entrevista relativamente extensa sobre aquel periodo— descubrió, demasiado tarde, que ningún don sirve de nada cuando la pregunta que verdaderamente importa es la única que uno no quiere conocer la respuesta.
Cuando finalmente regresó a los escenarios, hacia mediados de 1961, lo hizo acompañado de una nueva asistente, Valentina Iosifovna Ivanova, que cumpliría junto a él funciones similares a las que Aida había desempeñado durante dieciséis años, aunque sin llegar jamás, según coincidirían todos los testimonios posteriores, a ocupar el mismo lugar central que Aida había tenido en la vida íntima de Wolf, que a partir de entonces, y durante los catorce años que aún le quedarían de vida, mantendría siempre, en algún rincón privado de su existencia, un espacio reservado en exclusiva para el recuerdo de aquella mujer que había sido, según sus propias palabras, "la única persona ante quien jamás necesité fingir".
Los años siguientes transcurrirían con una intensidad decreciente: menos giras, espectáculos más espaciados en el tiempo, una salud cada vez más debilitada por los vasos sanguíneos de sus piernas, dañados desde los años de penuria de la guerra, que comenzaron a fallar con una progresión lenta pero inexorable. Wolf, según relataría el psiquiatra Mijaíl Buyanov, a quien acudiría en busca de ayuda durante sus últimos años de vida, desarrolló también, en aquel periodo final, múltiples fobias que contrastaban, de manera casi cruel, con la imagen pública de un hombre que durante décadas había proyectado una seguridad absoluta sobre cualquier escenario: el miedo a las tormentas, el miedo a los automóviles, el miedo, sobre todo, a cualquier figura uniformada, ese mismo tipo de figura que en su juventud había engañado con un desparpaño absoluto en la dacha más vigilada de toda la Unión Soviética.
—Quizás el miedo nunca estuvo realmente ausente —reflexionaría Buyanov, años después de la muerte de su paciente, en uno de los pocos análisis psicológicos serios que se realizarían sobre la personalidad de Messing—. Quizás estuvo siempre presente, debajo de cada papel en blanco, de cada paso seguro, de cada mirada fija que sostenía sin parpadear ante guardias y dictadores. Y quizás lo único que el espectáculo logró, durante más de sesenta años, fue esconder ese miedo lo suficientemente bien como para que ni el público, ni los historiadores, ni siquiera él mismo, pudieran distinguirlo jamás con claridad del verdadero don.
Noviembre de 1974 llegó a Moscú con el primer frío serio del invierno, encontrando a un Wolf Messing de setenta y cinco años, gravemente enfermo de las piernas que la guerra le había dañado tres décadas atrás, enfrentando una operación delicada en las arterias femoral e ilíaca que los médicos del Kremlin —porque incluso en sus últimos años, Wolf conservaría el acceso a una atención médica privilegiada que pocos ciudadanos soviéticos comunes podían permitirse— le asegurarían, con un optimismo profesional que resultaría, en última instancia, infundado, un buen pronóstico de recuperación.