El truco de la muerte XXIII
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PURIM

La relación entre Wolf Messing y el poder soviético, cordial y casi protectora durante los primeros años posteriores a su llegada a Moscú, fue enfriándose gradualmente a lo largo de la década de 1940, en consonancia con un patrón que el propio Wolf habría podido reconocer, si se hubiera permitido la lucidez necesaria para mirarlo de frente, en el destino de tantos otros que habían disfrutado, en algún momento, del favor cambiante de Stalin: el dictador soviético, famoso por la generosidad ocasional con que recompensaba la lealtad demostrada, era igualmente famoso por la frialdad repentina con que retiraba ese mismo favor en cuanto algo —una sospecha, un rumor, una simple variación en el clima político del Kremlin— alteraba el cálculo que sostenía cualquier relación de confianza dentro de su círculo.

El episodio que marcaría, según relataría Wolf en privado a algunos amigos cercanos durante sus últimos años de vida, el punto de inflexión definitivo en aquella relación, tuvo lugar en algún momento de finales de los años cuarenta, en circunstancias que él mismo se cuidaría siempre de describir con el detalle necesario para no comprometer, ni siquiera póstumamente, la seguridad de quienes pudieran verse implicados en la anécdota.

Según el relato más extendido —que coincide, en sus líneas generales, en las distintas versiones que circularían entre quienes conocieron a Wolf en sus últimos años, aunque ninguna fuente documental soviética haya confirmado jamás los detalles exactos del encuentro—, Stalin habría convocado a Wolf a una reunión privada en la que, irritado por alguna predicción reciente que el dictador interpretó como una crítica encubierta a alguna decisión política del momento, le habría hecho una amenaza directa sobre las consecuencias que podría enfrentar si continuaba "jugando con su don de manera imprudente".

—Usted sabe lo que les ocurre a quienes me decepcionan, Messing —habría dicho Stalin, según la versión que Wolf transmitiría, ya anciano, a un reducido círculo de confidentes, con la voz baja y el cuidado extremo de quien todavía teme, incluso años después de la muerte del dictador, las consecuencias de repetir en voz alta una conversación de ese calibre.

Wolf, que llevaba ya entonces más de una década sobreviviendo en un sistema que había aprendido a temer y a navegar con la misma cautela meticulosa con que había aprendido, de joven, a leer los cuerpos ajenos, respondió —según su propio relato, que numerosos historiadores consideran, dada la gravedad de las implicaciones, una de las anécdotas más probablemente embellecidas o directamente inventadas de toda su biografía, aunque también una de las más reveladoras sobre la imagen que el propio Wolf deseaba proyectar de sí mismo ante la posteridad— con una frase que combinaba la audacia del desafío con la prudencia calculada de no formular ninguna amenaza explícita:

—No estoy preocupado, camarada Stalin. Porque usted va a morir antes que yo.

La frase, pronunciada con la misma cadencia pausada y segura con que Wolf solía revelar cualquier predicción ante sus públicos teatrales, no constituía, técnicamente, ninguna amenaza ni ninguna falta de respeto explícita hacia la autoridad del dictador: era, simplemente, una afirmación sobre el orden futuro de los acontecimientos, formulada con la misma neutralidad aparente con que cualquier otra de sus profecías políticas había sido pronunciada a lo largo de su carrera. Pero el peso implícito de aquella afirmación —la idea misma de que existía un límite temporal, conocido de antemano por otro hombre, a la vida del líder más poderoso de la Unión Soviética— resultaba, en sí misma, una provocación que pocos hombres se habrían atrevido a formular frente al propio Stalin sin temer las consecuencias inmediatas.

Según el relato de Wolf, el dictador no respondió de inmediato. Lo observó durante un silencio prolongado, el mismo tipo de silencio calculado que Wolf había aprendido a temer en los hombres de poder absoluto, antes de soltar, finalmente, una risa breve y seca que no contenía ninguna calidez genuina.

—Quizás tenga razón —habría dicho, con un tono que Wolf interpretaría después, con la ventaja retrospectiva de los años, como una mezcla extraña de resignación y desafío—. O quizás simplemente sea usted lo bastante inteligente para saber exactamente qué decirme para sobrevivir a esta conversación.

No hubo, en los meses siguientes, ninguna represalia formal contra Wolf, aunque su acceso al círculo más cercano del poder soviético disminuyó notablemente, y las actuaciones que continuó realizando por todo el país se desarrollarían, a partir de entonces, bajo una vigilancia todavía más discreta y constante por parte de los servicios de seguridad del Estado, que nunca dejarían de considerarlo, durante el resto de la era estalinista, una figura cuya lealtad, aunque demostrada repetidamente a través de gestos como la donación del avión a Kovalev o las giras incansables en apoyo del esfuerzo de guerra, no resultaba jamás completamente verificable según los estándares de sospecha sistemática que regían toda la maquinaria de seguridad soviética.

El episodio que cerraría, de manera definitiva y según una coincidencia calendárica que el propio Wolf interpretaría, durante el resto de su vida, como la prueba más contundente de toda su carrera, aquella relación tensa y desigual con el poder absoluto del Kremlin, tendría lugar a comienzos de 1953, en los últimos meses de vida de un Stalin que, aunque la población soviética no podía saberlo con certeza en aquel momento, atravesaba ya un deterioro físico considerable que sus propios médicos personales —entre ellos algunos que habían sido recientemente arrestados en el marco de la paranoica "conspiración de los médicos" que el propio dictador había orquestado contra un grupo de facultativos, en su mayoría judíos, acusados sin ninguna prueba real de planear su asesinato— apenas se atrevían a diagnosticar con la honestidad clínica que la situación habría requerido.

Según el relato que Wolf transmitiría, con la cautela extrema que la gravedad del tema exigía incluso años después de la muerte del propio Stalin, durante un encuentro privado que tendría lugar en algún momento de febrero de aquel año —encuentro cuya existencia documental ningún archivo soviético ha confirmado jamás, y que algunos historiadores consideran, con buenas razones, una de las invenciones más audaces de toda la mitología personal de Messing—, Wolf habría percibido, a través de la misma sensibilidad corporal que había definido toda su carrera, signos físicos en el propio Stalin —una rigidez en los movimientos, una palidez particular, quizás algún temblor apenas perceptible en la mano izquierda— que le permitieron anticipar, con un grado de certeza que él mismo describiría después como "más médico que mágico", que el final de la vida del dictador se aproximaba con una rapidez que ni los propios médicos del Kremlin, paralizados por el miedo de comunicar cualquier diagnóstico desfavorable a un hombre que ya había encarcelado a colegas suyos por motivos similares, se atrevían a reconocer abiertamente.

—Su final está cerca, camarada Stalin —habría dicho Wolf, en aquel encuentro que la prudencia y el paso del tiempo convertirían en una de las anécdotas más cuidadosamente guardadas de toda su vida—. Y llegará, según lo que percibo, coincidiendo con una festividad de mi propio pueblo.

No especificaría, según ninguna de las versiones que circularían después, cuál festividad exacta tenía en mente al pronunciar aquella frase, ni queda ninguna constancia de la reacción inmediata de Stalin ante una predicción de semejante gravedad, pronunciada por un hombre judío sobre el destino de un dictador que, en aquellos mismos meses, dirigía personalmente una campaña de represión antisemita que amenazaba con convertirse, según temían numerosos historiadores que han estudiado aquel periodo final del estalinismo, en una deportación masiva de la población judía soviética hacia el interior de Siberia, en un eco escalofriante de las políticas que el propio Wolf había logrado escapar en la Alemania nazi quince años atrás.

El 5 de marzo de 1953, Iósif Stalin murió en su dacha de Kuntsevo —la misma residencia que Wolf, según la leyenda más célebre de toda su biografía, había logrado penetrar sin autorización catorce años antes—, tras varios días de agonía provocados por una hemorragia cerebral que sus propios médicos, atemorizados hasta el último momento por las consecuencias de cualquier error de diagnóstico, tardarían en atender con la celeridad que el caso habría requerido.

Aquel mismo día, según el calendario hebreo vigente en 1953, se celebraba Purim: la festividad que conmemora, a través del relato bíblico del Libro de Ester, la liberación del pueblo judío de un plan de exterminio orquestado por el primer ministro persa Amán, en una de las coincidencias calendáricas más extraordinarias de toda la historia del siglo veinte, fuera fruto del azar puro, de un cálculo informado por el propio deterioro visible del dictador, o de la elaboración narrativa posterior de un hombre que, como había hecho durante toda su vida, decidió vestir con el lenguaje de la profecía aquello que, en el fondo, era simplemente el resultado inevitable de la biología humana enfrentada a sus propios límites.

Wolf, según relataría a sus amigos más cercanos en los años siguientes, recibió la noticia de la muerte de Stalin con una mezcla de alivio genuino —porque la represión antisemita que el dictador dirigía en sus últimos meses de vida representaba, para él y para toda la comunidad judía soviética, una amenaza existencial cuyo desenlace nadie podía predecir con certeza— y una inquietud más profunda y más difícil de articular, la misma que sentía siempre, según confesaría, cada vez que una de sus predicciones se cumplía con una precisión que ni él mismo terminaba de comprender del todo: la sospecha persistente de que algunas verdades, una vez pronunciadas en voz alta, adquieren un peso y una fuerza propia que ningún ser humano, ni siquiera quien las pronuncia, puede controlar completamente después.