El truco de la muerte XXII
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EL ESPEJO Y MÁSCARA

Hacia el final de su vida, en conversaciones privadas con algunos de los pocos amigos íntimos que conservaría hasta sus últimos años —entre ellos el psiquiatra Mijaíl Buyanov, que además de atenderlo médicamente durante sus últimas fobias mantendría con él una relación de amistad genuina basada en un interés mutuo por la psicología humana—, Wolf se permitiría, en ocasiones excepcionales, una reflexión más profunda sobre el peso acumulado de seis décadas viviendo entre dos identidades cuidadosamente separadas: la del hombre privado, tímido y temeroso, que Aida había conocido en la intimidad de su hogar, y la del personaje público, seguro y casi imponente, que el mundo entero conocía bajo el nombre de Wolf Messing.

—¿Sabe, doctor, qué es lo más extraño de toda esta vida que he llevado? —le habría dicho, según relataría Buyanov años después, en una conversación que tendría lugar durante una de las últimas visitas médicas antes de su muerte—. Que después de tantos años, ya ni yo mismo sé con certeza dónde termina exactamente el truco y dónde empieza la verdad. He repetido tantas veces las mismas historias, con los mismos detalles cuidadosamente pulidos, que algunas mañanas me despierto sin poder distinguir si lo que recuerdo ocurrió de verdad, o si simplemente lo he contado tantas veces que mi propia memoria ha terminado creyendo la versión que yo mismo inventé para hacerla más interesante.

Buyanov, que había tratado a numerosos pacientes a lo largo de su carrera profesional con dificultades similares para distinguir la memoria genuina de la narrativa autobiográfica construida, reconocería en aquella confesión un fenómeno psicológico que, sin restarle ninguna autenticidad al sufrimiento real de su paciente, ofrecía una explicación parcial y profundamente humana para la persistente ambigüedad que rodeaba, hasta el final de su vida, la biografía pública de Wolf Messing.

—Es posible, Wolf —le habría respondido, según el mismo relato—, que usted mismo ya no pueda saber, con total certeza, qué parte de su vida fue exactamente como la cuenta y qué parte fue, con el tiempo, embellecida por la necesidad de sostener un personaje que el mundo entero esperaba de usted. Pero le voy a decir algo que quizás le sirva de consuelo, ahora que estos años finales le pesan tanto: el sufrimiento que usted ha cargado durante toda su vida, el miedo, la soledad, la pérdida de toda su familia en aquella guerra terrible, todo eso fue real, por mucho que la manera en que lo cuenta haya cambiado con los años. Y ese sufrimiento real es, en mi opinión profesional, mucho más digno de respeto que cualquier verificación exacta de si cada episodio de su biografía pública ocurrió tal y como usted lo relata.

Aquella conversación, una de las pocas en que Wolf se permitiría una vulnerabilidad tan explícita ante alguien fuera del círculo íntimo que había compartido con Aida, revelaría también algo más profundo sobre la naturaleza última de su propia leyenda: que más allá de cualquier verificación histórica rigurosa sobre la veracidad exacta de cada prueba superada ante Stalin, cada profecía pronunciada en un teatro de Dresde, o cada huida imposible de una celda vigilada, lo que sostenía realmente, durante más de sesenta años, el fenómeno cultural que llegó a ser Wolf Messing no era la certeza de un don sobrenatural verificable, sino la necesidad profundamente humana, compartida tanto por él mismo como por las generaciones enteras de soviéticos que llenaron sus teatros durante décadas, de creer que en un mundo devastado por dos guerras y por el terror sistemático de regímenes totalitarios, todavía quedaba espacio para el misterio, para la posibilidad de que algo trascendiera la pura y dolorosa materialidad de la historia que les había tocado vivir.

Wolf Messing murió, finalmente, sin haber resuelto jamás, ni siquiera para sí mismo, esa ambigüedad última entre el hombre real y la leyenda que había construido sobre él. Y quizás, como sugeriría Buyanov en sus reflexiones posteriores sobre la vida de su amigo y paciente, esa fue precisamente la verdadera naturaleza de su don más extraordinario: no la capacidad de leer los pensamientos ajenos, que la ciencia nunca llegó a confirmar con el rigor que habría exigido cualquier comunidad académica seria, sino la capacidad mucho más rara y mucho más valiosa de convertir su propia vida, con todas sus pérdidas, sus miedos y sus contradicciones irresueltas, en una historia que el mundo entero, durante más de medio siglo, necesitó desesperadamente escuchar.