XXI
LOS HIJOS QUE NUNCA TUVO
Una de las ausencias más silenciosas en toda la biografía de Wolf Messing, raramente mencionada en sus propias memorias y casi nunca abordada con franqueza en las entrevistas que concedió a lo largo de su carrera, fue la de la paternidad. Wolf y Aida nunca tuvieron hijos, una circunstancia que ninguno de los dos explicaría jamás públicamente con detalle, y sobre la cual circularían, entre quienes los conocieron de cerca, especulaciones diversas que ninguna fuente directa llegaría a confirmar con certeza definitiva.
Según el testimonio de Iraída, la hermana de Aida, transmitido oralmente a lo largo de los años a algunos historiadores que se interesarían, ya en décadas posteriores, por reconstruir los aspectos más privados de la vida del mentalista, la decisión de no tener hijos habría sido, en gran medida, una elección consciente y compartida por ambos, motivada por las circunstancias particulares de la vida que habían decidido construir juntos: las giras constantes que ocupaban la mayor parte del año, la vigilancia discreta pero persistente que el aparato de seguridad soviético mantenía sobre cualquier extranjero de notoriedad pública —y que, en opinión de Aida, según relataría su hermana, representaba un riesgo que ninguno de los dos estaba dispuesto a extender a la vida de un hijo—, y quizás también, aunque esto pertenece ya al terreno de la pura especulación biográfica, el peso de las pérdidas familiares que ambos cargaban desde la guerra, que podría haber generado en cualquiera de los dos una reticencia profunda a construir nuevos vínculos familiares en un mundo que ya les había arrebatado, con una crueldad devastadora, a tantos de los que habían tenido antes.
Lo que sí está documentado, a través de testimonios múltiples y coincidentes de quienes frecuentaron su hogar a lo largo de los años, es que Wolf desarrolló, con el paso del tiempo, un vínculo afectivo particular hacia los hijos de algunos de sus colaboradores y amigos cercanos, entre ellos el propio Konstantin Kovalev, el piloto del Yak-7 financiado con su dinero durante la guerra, cuyo hijo, nacido a finales de los años cuarenta, recibiría de Wolf, con una frecuencia que sorprendía a quienes conocían la fama de reserva emocional del mentalista, regalos, atención y un cariño genuino que contrastaba con la imagen pública distante y casi solemne que proyectaba ante el resto del mundo.
—El tío Wolf —recordaría aquel hijo de Kovalev, ya adulto, en una de las pocas entrevistas que concedería sobre el tema décadas después— nunca me hizo ningún truco de magia cuando era niño, aunque yo se lo pedía todo el tiempo. Siempre me decía lo mismo: "Lo que yo hago no es para los niños, Mishka. Es un trabajo serio, aunque parezca un juego. Cuando seas mayor, te lo explicaré". Y cumplió su palabra: cuando cumplí dieciocho años, me explicó, con un detalle que entonces me sorprendió por su honestidad casi científica, exactamente cómo funcionaba la lectura muscular que sostenía buena parte de su carrera. Recuerdo que terminó la explicación diciéndome: "No le cuentes esto a nadie todavía, Mishka. Déjame seguir siendo un misterio un poco más de tiempo. El misterio es lo único que realmente vendo".
Aquella confesión privada, transmitida solo a un círculo muy reducido de personas de máxima confianza, revela una faceta de Wolf que contrasta notablemente con la imagen pública de un hombre convencido, o que al menos pretendía estar convencido, de la naturaleza extraordinaria de su propio don: la de un artista plenamente consciente de los mecanismos racionales que sostenían su oficio, y que decidía, con una lucidez estratégica que pocos de sus biógrafos llegarían a apreciar en toda su complejidad, mantener cuidadosamente separados, a lo largo de toda su vida pública, el conocimiento técnico que él mismo poseía sobre su propio talento, y la mitología sobrenatural que el público, y en gran medida también las autoridades soviéticas que se beneficiaban de su fama internacional, preferían sostener sobre él.