El truco de la muerte XX
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LA CIUDAD

Moscú, en los años inmediatamente posteriores a la guerra, era una ciudad que había aprendido, con la dolorosa lentitud de quien sobrevive a un trauma colectivo, a convivir con sus propias ruinas sin nombrarlas en voz alta. Las cicatrices del asedio, los racionamientos que se prolongarían todavía durante varios años más, las familias enteras que esperaban noticias de hijos y esposos que jamás regresarían del frente: todo aquello formaba parte de un paisaje emocional que la población soviética había aprendido a sobrellevar con un silencio resignado, casi litúrgico, que solo el espectáculo público —el teatro, el circo, el cine, y entre todos ellos, de manera muy particular, las actuaciones de Wolf Messing— lograba interrumpir durante unas pocas horas cada noche.

Fue en aquel Moscú de la posguerra inmediata, con su mezcla peculiar de euforia por la victoria y agotamiento profundo por el precio pagado para conseguirla, donde Wolf consolidó definitivamente el estatus que mantendría durante el resto de su vida en territorio soviético: ya no era simplemente el extranjero curioso que Beria había sometido a pruebas de lealtad años atrás, sino una institución cultural reconocida, con un lugar fijo en el calendario de espectáculos de las principales filarmónicas estatales del país, y con un nivel de ingresos que, aunque modesto en comparación con cualquier estándar occidental, le permitía vivir con una comodidad que muy pocos ciudadanos soviéticos de la época podían siquiera imaginar.

Su apartamento, situado en un edificio de cierto prestigio cerca del centro de Moscú, se convertiría, a lo largo de los años cincuenta, en un punto de encuentro ocasional para una variedad sorprendente de visitantes: escritores que buscaban material para sus crónicas, científicos del Instituto de Psicología que mantenían un interés profesional discreto pero constante en los mecanismos exactos de su don, funcionarios de rango medio que llegaban con la excusa de alguna gestión administrativa pero que en realidad buscaban, con la timidez de quien no se atreve a confesarlo abiertamente, una lectura privada que les ofreciera alguna certeza sobre algún asunto personal que no se atrevían a compartir con nadie más.

Entre aquellos visitantes ocasionales, uno en particular dejaría una huella perdurable en los recuerdos de quienes frecuentaban la casa de Wolf en aquella época: un joven físico llamado Andréi Voloshin, recién graduado de la Universidad Estatal de Moscú, que había desarrollado, en el marco de su tesis doctoral, un interés académico genuino por los fenómenos de percepción extrasensorial, en un momento en que la Unión Soviética, lejos de descartar de plano este tipo de investigaciones como mera superstición burguesa, financiaba de manera discreta varios programas de estudio sobre parapsicología, motivados en parte por el temor de que las potencias occidentales pudieran estar desarrollando, en secreto, aplicaciones militares o de inteligencia basadas en capacidades extrasensoriales reales.

—Profesor Messing —le dijo Voloshin, en su primera visita, con la formalidad nerviosa de un estudiante que se dirige a una autoridad que admira profundamente—, mi instituto querría proponerle algo que quizás considere inusual: someterse, en un entorno controlado, a una serie de pruebas científicas diseñadas para determinar, con el mayor rigor posible, la naturaleza exacta de sus capacidades. No para desacreditarlo, sino para comprenderlo. Hay quienes, dentro de mi campo, creen que lo que usted hace podría representar una capacidad humana genuina y todavía no estudiada con la profundidad que merece, más allá de cualquier etiqueta de magia o de feria.

Wolf, que había rechazado durante años, con cierta cautela calculada, cualquier propuesta similar proveniente de medios académicos —consciente de que una prueba controlada y rigurosa, realizada por verdaderos especialistas y no por aficionados fácilmente impresionables, representaba un riesgo considerable para la mitología que sostenía toda su carrera pública—, aceptó sin embargo, en aquella ocasión particular, participar en una serie limitada de experimentos que el joven Voloshin y dos colegas suyos llevaron a cabo durante varias sesiones a lo largo de 1956, en un laboratorio modesto del instituto de psicología, lejos de cualquier publicidad ni de cualquier audiencia pública que pudiera presionar los resultados en una u otra dirección.

Los experimentos, documentados en notas que el propio Voloshin conservaría durante décadas y que serían parcialmente publicadas, ya en los años posteriores a la disolución de la Unión Soviética, en una revista especializada de historia de la ciencia, mostrarían resultados que ni confirmaban de manera contundente ninguna capacidad paranormal genuina, ni la descartaban por completo como simple fraude: en condiciones donde el contacto físico directo entre Wolf y el sujeto de prueba se mantenía, sus tasas de éxito en la localización de objetos ocultos o en la identificación de números pensados resultaban notablemente superiores a lo que el azar estadístico permitiría explicar, consistente con la hipótesis de la lectura muscular involuntaria que el propio Wolf había defendido siempre como explicación de su don. Pero en condiciones donde el contacto físico se eliminaba completamente —pruebas realizadas a distancia, sin ningún tipo de roce entre las manos de Wolf y las del sujeto de prueba—, sus resultados se aproximaban de manera consistente al simple azar, sin ninguna evidencia de capacidad telepática genuina que operara sin un canal físico de información.

—Esto confirma exactamente lo que siempre he dicho —comentaría Wolf, según relataría Voloshin años después, al conocer los resultados de aquella serie de experimentos—. No leo mentes. Leo cuerpos. Cuando el cuerpo no está presente para que yo pueda leerlo, no hay nada que yo pueda hacer, por mucho que el público prefiera creer otra cosa.

Voloshin, sin embargo, señalaría también, en sus notas privadas, un dato que el propio Wolf nunca llegó a comentar públicamente con la misma honestidad: que incluso en las condiciones de contacto físico directo, donde la explicación de la lectura muscular resultaba plausible, los resultados de Wolf superaban con una diferencia notable los de cualquier otro sujeto sometido a pruebas similares dentro del mismo programa de investigación, incluyendo a varios profesionales del mentalismo de escenario que, según el propio Voloshin, "manejaban técnicas similares de lectura corporal con una competencia razonable, pero ninguno con la precisión casi quirúrgica que demostraba Messing en cada sesión".

—Quizás —escribiría Voloshin, en una de sus notas más reflexivas, conservada entre sus papeles personales— la pregunta correcta nunca fue si Wolf Messing posee o no un don sobrenatural. Quizás la pregunta correcta es hasta qué punto puede llegar, en un ser humano excepcionalmente dotado y entrenado durante toda una vida, una capacidad perfectamente natural y explicable, pero llevada a un extremo que la mayoría de nosotros, con cuerpos y sensibilidades mucho más ordinarias, sencillamente no podemos ni imaginar.