XIX
AIDA
El verano de 1944 llegó a Novosibirsk con un calor breve e intenso que contrastaba, casi violentamente, con la dureza del invierno que la ciudad había soportado meses atrás, y que la población local recibía siempre con un alivio que tenía tanto de celebración meteorológica como de pausa simbólica frente al peso constante de la guerra que continuaba, lejos de allí, devorando a una generación entera de hombres jóvenes en los frentes occidentales del país.
Wolf, que para entonces llevaba ya cinco años residiendo en territorio soviético sin haber establecido jamás un vínculo afectivo que pudiera describirse como duradero —las giras constantes, la vigilancia discreta del aparato de seguridad estatal, y su propia naturaleza reservada habían contribuido, según confesaría más tarde a algunos amigos cercanos, a una soledad personal que contrastaba dolorosamente con la intimidad ilusoria que proyectaba cada noche sobre cientos de desconocidos en sus espectáculos públicos—, ofrecía una función en el teatro municipal de Novosibirsk, ante una sala completa, cuando notó, entre el público, a una mujer joven sentada en una de las primeras filas, cuya atención hacia el espectáculo le pareció distinta de la curiosidad habitual del resto de la audiencia.
Se llamaba Aida Mijáilovna Rapoport, tenía entonces poco más de treinta años, trabajaba como contable en una de las fábricas evacuadas a la ciudad desde Ucrania, y había perdido, al igual que Wolf, a buena parte de su familia en los primeros meses de la invasión alemana, una circunstancia que ninguno de los dos conocería del otro hasta semanas después de aquel primer encuentro, pero que, de alguna manera silenciosa e inexplicable, parecía formar parte ya de la atmósfera que ambos proyectaban sin necesidad de palabras.
—No fue amor a primera vista —admitiría Wolf años después, en uno de los pasajes más sinceros de sus memorias, contrastando deliberadamente esa honestidad con la teatralidad habitual del resto de su relato—. Fue algo más extraño, más lento. Sentí, simplemente, que aquella mujer entendía algo sobre mí que el resto del público nunca llegaba a entender: que detrás del espectáculo había un hombre cansado, que llevaba mucho tiempo fingiendo certezas que en realidad no poseía.
El encuentro formal entre ambos, organizado por un conocido común que trabajaba también en la administración del teatro, tuvo lugar pocos días después, en un pequeño café cercano a la estación central de Novosibirsk, donde Wolf, fuera de su escenario y despojado de la teatralidad que su oficio exigía, se mostró ante Aida con una torpeza casi adolescente que contrastaba radicalmente con la seguridad absoluta que proyectaba ante cualquier público.
—Usted lee los pensamientos de los demás, Herr Messing —le dijo Aida, según relataría ella misma años después a su hermana Iraída, con un humor seco que se convertiría en una de las características más entrañables de su personalidad—. ¿Sabe entonces lo que estoy pensando en este momento?
—Prefiero no saberlo —respondió Wolf, con una honestidad que sorprendió a Aida tanto como a él mismo—. Llevo veinte años leyendo lo que la gente oculta. Por una vez, me gustaría simplemente escuchar lo que alguien decide contarme, sin necesidad de adivinarlo.
La frase, simple y desprovista de cualquier artificio teatral, marcaría el inicio de una relación que se consolidaría con una rapidez sorprendente para dos personas que, según describirían después quienes los conocieron, no eran ya particularmente jóvenes ni estaban especialmente predispuestas, por las heridas que ambos cargaban, a confiar fácilmente en nadie. Se vieron varias veces a lo largo de las semanas siguientes, primero en encuentros casuales que ambos fingían no haber planeado deliberadamente, después en citas más explícitas que Wolf organizaba alrededor de su apretada agenda de actuaciones, hasta que, hacia finales de aquel mismo verano, decidió, con una determinación que contrastaba con la cautela habitual que aplicaba a casi todos los demás aspectos de su vida, proponerle matrimonio.
Aida pidió tiempo para pensarlo —una semana entera, según el relato que ella misma compartiría después con su hermana, durante la cual evaluó con la misma seriedad metódica que aplicaba a su trabajo de contable las implicaciones de unir su vida a la de un hombre cuya fama pública, cuya vigilancia estatal constante y cuyas giras interminables prometían una existencia muy distinta de la vida tranquila que ella, en otras circunstancias, quizás habría preferido—, antes de aceptar finalmente, con la misma sobriedad sin dramatismo con que tomaba, según todos los testimonios, cualquier decisión importante de su vida.
Se casaron en una ceremonia civil sencilla, sin la pompa que cualquier otro hombre de la fama pública de Wolf podría haber organizado, y a partir de aquel día, según describirían todos quienes los conocieron en los años siguientes, Aida se convirtió en algo mucho más profundo que una simple esposa: se convirtió en la arquitecta invisible de toda su vida pública y privada, subiendo con él al escenario para dirigir el ritmo exacto de cada espectáculo, recogiendo personalmente las preguntas que llegaban del público, expulsando con una firmeza que sorprendía a quienes la conocían solo de vista a cualquier espectador que se comportara con grosería o escepticismo agresivo, y liberando a Wolf, fuera del escenario, de la totalidad de las preocupaciones administrativas, financieras y logísticas que un hombre que se pasaba la vida leyendo los pensamientos ajenos resultaba, según confesaría él mismo con frecuencia y cierta vergüenza divertida, completamente incapaz de gestionar en su propia existencia.
—Mi esposa —diría Wolf en más de una entrevista posterior, con una sinceridad que contrastaba con la teatralidad de casi todo lo demás que contaba sobre su vida— es la única persona ante quien jamás he necesitado fingir absolutamente nada. Y eso, después de toda una vida dedicada a hacer creer a los demás cosas que yo mismo no estoy del todo seguro de creer, es el regalo más extraño y más valioso que jamás he recibido.
Quienes visitaban su hogar de Moscú en los años siguientes —y serían muchos, porque la fama de Wolf solo crecería en la posguerra, convirtiendo su apartamento en un punto de encuentro ocasional para artistas, científicos y funcionarios curiosos por conocer de cerca al hombre que decía leer los pensamientos ajenos— solían llevarse, con frecuencia, una impresión que contradecía radicalmente la imagen pública del gran mentalista: la de un hombre tímido, asustado de las tormentas, de los automóviles, de cualquier figura con uniforme, que obedecía en todo, con una docilidad casi cómica, las indicaciones de su esposa, salvo en aquellas raras ocasiones en que alguna cuestión de principio le exigía erguirse y hablar con esa voz distinta, aguda y cortante, que reservaba para los momentos en que sentía que algo verdaderamente importante estaba en juego.
—Esto no te lo dice Wolfochka —pronunciaría, en esos instantes excepcionales, según el testimonio coincidente de numerosos visitantes que presenciaron la escena en distintas ocasiones a lo largo de los años—. Esto te lo dice Messing.
Como si, en algún lugar profundo de su propia identidad, hubiera decidido conservar siempre, separados con la misma precisión con que separaba la magia del truco y el espectáculo de la verdad, dos hombres distintos que convivían dentro del mismo cuerpo: el marido tímido que Aida conocía en la intimidad de su hogar, y el personaje público que el mundo entero conocía como Wolf Messing, una distinción que solo él, y quizás solo Aida, entre todas las personas que cruzaron su vida, llegaron jamás a comprender del todo.