XVIII
LA CELDA DE TASHKENT
No todos los episodios de los años de guerra resultarían, para Wolf, tan luminosos como su amistad con el joven Kovalev. Hubo también, en algún momento de 1943 —la cronología exacta de este episodio resulta, según coinciden distintos investigadores que han intentado reconstruirla, particularmente difícil de fijar con precisión, dado que ni Wolf ni las fuentes soviéticas oficiales dejaron constancia documental clara de sus fechas exactas—, un periodo de varias semanas que Wolf pasaría encerrado en una prisión de Tashkent, en la actual Uzbekistán, acusado de un delito que las autoridades nunca llegarían a formalizar con claridad ante él mismo: el intento de fuga hacia el extranjero, posiblemente a través de la frontera persa, entonces relativamente porosa para quienes contaban con los contactos y el dinero suficientes para cruzarla de manera clandestina.
El testimonio principal sobre este episodio proviene de un hombre llamado Isaak Schoenfeld, un ingeniero judío de origen alemán que había huido también del nazismo años atrás y que compartió celda con Wolf durante el tiempo que ambos permanecieron detenidos, y que décadas después, ya instalado en Israel tras la disolución de la Unión Soviética, relataría su versión de los hechos a un periodista interesado en reconstruir los episodios menos conocidos de la biografía de Messing.
Según el relato de Schoenfeld, las circunstancias que llevaron a la detención de Wolf en Tashkent resultaron mucho más prosaicas y mucho menos heroicas que la mayoría de los episodios que el propio Messing relataría públicamente sobre su vida: agotado por años de giras constantes, por el peso de no saber nada sobre el destino de su familia en la Polonia ocupada, y por la vigilancia discreta pero constante que el aparato de seguridad soviético mantenía sobre cualquier extranjero de notoriedad pública, Wolf habría intentado, en algún momento de aquel año particularmente sombrío, establecer contacto con intermediarios que pudieran facilitarle, a cambio de una suma considerable de dinero, la posibilidad de abandonar la Unión Soviética hacia algún destino neutral —Schoenfeld mencionaría Turquía o Irán, sin poder precisar con certeza cuál de los dos había sido el destino real planeado—, una intención que, descubierta por los servicios de inteligencia soviéticos a través de uno de los intermediarios contactados, resultaría en su detención inmediata bajo cargos de intento de deserción.
—No era un hombre que se quejara con frecuencia —recordaría Schoenfeld sobre aquellas semanas compartidas en la celda de Tashkent—, pero sí recuerdo que, en algunas noches, hablaba de su familia en Polonia con una desesperación que contrastaba enormemente con la seguridad casi arrogante que mostraba en sus espectáculos públicos. No sabía si seguían vivos. No sabía si alguna vez los volvería a ver. Y creo, aunque nunca lo dijo de manera directa, que ese intento de huida no tenía tanto que ver con escapar de la Unión Soviética en sí, sino con la esperanza desesperada de poder llegar, por algún camino, hasta donde pudiera tener noticias ciertas de su gente.
La celda que ambos hombres compartieron era pequeña, húmeda y carente de la calefacción mínima que el invierno centroasiático, menos extremo que el siberiano pero igualmente despiadado para quien debía soportarlo sin abrigo adecuado, exigía. Wolf, según el testimonio de Schoenfeld, recurrió en más de una ocasión a las mismas técnicas de control corporal que había perfeccionado desde su adolescencia berlinesa para sobrellevar el frío y el hambre de aquellas semanas, ralentizando deliberadamente su metabolismo durante horas para reducir tanto el consumo de energía como la sensación física de privación, una habilidad que sorprendió genuinamente al ingeniero alemán, acostumbrado a un pensamiento más racional y menos místico sobre las capacidades del cuerpo humano.
La historia de la fuga final de aquella prisión —la versión que Wolf repetiría públicamente, con las variaciones habituales según la audiencia y el momento, durante el resto de su vida— guardaba un paralelismo tan notable con el episodio de su huida de la Gestapo en Varsovia seis años antes que numerosos historiadores la considerarían, con razón, una reelaboración casi idéntica de la misma estructura narrativa, aplicada esta vez a un contexto soviético en lugar de nazi: Wolf habría fingido, una vez más, un colapso físico repentino que alarmó a los guardias de turno, generando la distracción suficiente para que pudiera deslizarse fuera de la celda mientras la atención de sus captores se concentraba en verificar su pulso y su respiración.
Schoenfeld, sin embargo, ofrecería en su testimonio posterior una versión considerablemente menos dramática y mucho más mundana de los hechos: según su relato, Wolf no escapó de ninguna prisión mediante ningún truco extraordinario, sino que fue liberado, semanas después de su detención, gracias a la intervención de algún funcionario de rango medio dentro del aparato soviético que reconoció su notoriedad pública y decidió, posiblemente por temor a las complicaciones diplomáticas o propagandísticas que supondría mantener detenido durante demasiado tiempo a una figura de cierta fama internacional, que resultaba más conveniente liberarlo discretamente, sin proceso judicial formal, con la condición tácita de que continuara colaborando con sus espectáculos públicos en favor del esfuerzo de guerra soviético, y sin que el episodio entero llegara jamás a quedar documentado en ningún registro oficial accesible para investigadores posteriores.
—Creo —concluiría Schoenfeld, en la única entrevista extensa que concedería sobre aquel periodo de su vida— que Wolf necesitaba, para sí mismo tanto como para su público, convertir cada episodio difícil de su biografía en una prueba más de su don extraordinario. Y entiendo por qué: la verdad real, la de un hombre asustado, hambriento, desesperado por noticias de su familia, encerrado en una celda húmeda de Asia Central sin saber cuándo ni cómo terminaría aquello, resultaba mucho menos vendible, mucho menos consoladora, que la leyenda de un mago capaz de fingir su propia muerte para escapar de cualquier prisión que el destino le impusiera. Pero quiero que se sepa, ahora que ya no puede importarle a nadie protegerlo ni dañarlo, que el hombre real que yo conocí en aquella celda fue, sobre todo, alguien profundamente solo, intentando sobrevivir, como todos los demás, a una época que no perdonaba ninguna debilidad.
Wolf, fuera por el camino dramático que él mismo relataría durante décadas o por la intervención burocrática mucho más discreta que describiría Schoenfeld, regresó finalmente a sus giras por las ciudades soviéticas hacia finales de 1943, sin que ninguna autoridad volviera jamás a mencionar públicamente, ni en su contra ni a su favor, el episodio de Tashkent, que permanecería, durante el resto de la era soviética, como uno de los capítulos más opacos y menos verificables de toda su biografía.