XVII
EL PILOTO Y EL AVIÓN
No todo lo que Wolf Messing ofreció a la Unión Soviética durante los años de la guerra fue palabra y promesa pronunciada desde un escenario. Hubo también, en su contribución al esfuerzo bélico, un gesto mucho más concreto, que él mismo consideraría después, en sus años de vejez, como una de las cosas de las que se sentía más sinceramente orgulloso, lejos del barniz de leyenda que cubría casi todo lo demás de su biografía pública.
Las giras constantes por toda la Unión Soviética, con teatros llenos noche tras noche en ciudades donde la gente, pese a las privaciones de la guerra, seguía dispuesta a gastar las pocas monedas que tenía en un espectáculo que les ofreciera, durante un par de horas, el alivio de creer en algo distinto al hambre y al miedo, le habían generado a Wolf una suma de dinero considerable, que él mismo gestionaba con la ayuda de Victor Fink y de los administradores de las distintas filarmónicas estatales que organizaban su itinerario.
A comienzos de 1944, en uno de los talleres aeronáuticos de Novosibirsk donde se ensamblaban, con una rapidez que la necesidad de guerra exigía, los cazas Yak-7 que el Ejército Rojo necesitaba en cantidades cada vez mayores para enfrentar a la aviación alemana, Wolf decidió donar una suma sustancial de sus ganancias para financiar la construcción completa de uno de aquellos aparatos, en lo que constituía una práctica relativamente habitual entre artistas, escritores y empresarios soviéticos de cierto renombre, deseosos de demostrar públicamente su compromiso con el esfuerzo de guerra a través de gestos que la prensa local solía documentar con entusiasmo propagandístico.
Lo que distinguió el gesto de Wolf de otros similares fue la manera particular en que decidió elegir al destinatario del avión financiado con su dinero. En lugar de simplemente donar la suma y dejar que las autoridades militares asignaran el aparato según sus propios criterios administrativos, Wolf solicitó —y obtuvo, gracias a la notoriedad que ya entonces poseía dentro del país— acceso a los registros de pilotos destacados de la región, deteniéndose en el nombre de un joven teniente de origen letón, Konstantin Kovalev, cuyo expediente mencionaba ya, a pesar de su corta edad, varios derribos confirmados en combate aéreo.
—Quiero que el avión lleve su nombre —explicó Wolf al funcionario encargado de procesar la donación, en una de las pocas ocasiones en que su insistencia personal se impuso sobre el protocolo administrativo habitual—. No el mío. El de él. Yo solo pongo el dinero. La valentía la pone él.
El fuselaje del Yak-7, una vez terminado su ensamblaje en la primavera de 1944, llevó pintada, en letras blancas sobre el verde oliva del camuflaje militar, la inscripción que Wolf había solicitado expresamente: *Un regalo del patriota soviético Messing al Héroe de la Unión Soviética, el piloto báltico Kovalev*, una frase que el propio teniente Kovalev, según relataría después en una entrevista concedida a un periódico local de Novosibirsk décadas más tarde, leyó por primera vez con una mezcla de orgullo y desconcierto, sin terminar de comprender del todo por qué un mentalista de fama internacional había decidido vincular su nombre al de un piloto de combate al que ni siquiera conocía personalmente.
El encuentro entre ambos hombres ocurriría apenas semanas después, cuando Kovalev, ya al mando del aparato que llevaba su nombre, solicitó una breve licencia para viajar hasta Novosibirsk y conocer en persona al hombre cuya generosidad le había sido anunciada por sus superiores con la solemnidad propia de un acto de propaganda bélica cuidadosamente orquestado.
—No sé qué decirle, Messing —admitió el joven piloto, en su primer encuentro, con la torpeza genuina de quien no está acostumbrado a expresar gratitud ante un desconocido que le ha hecho un regalo de semejante magnitud—. Un avión entero. Con mi nombre. Sin haberme visto nunca antes.
—No le he regalado un avión, teniente —respondió Wolf, con una sonrisa que sorprendió al joven por su sencillez, tan distinta de la solemnidad teatral que esperaba de un hombre célebre por leer pensamientos ajenos—. Le he regalado la oportunidad de demostrar, con sus propias manos, lo que yo solo puedo demostrar con trucos de escenario. Usted derriba aviones enemigos de verdad. Yo solo adivino números pensados por desconocidos. Entre los dos, no tengo ninguna duda de quién hace el trabajo más valioso para este país.
Aquella conversación, breve pero genuina, marcaría el inicio de una amistad que se extendería durante los años siguientes, sostenida a través de cartas que ambos hombres intercambiarían incluso después del fin de la guerra, y de visitas ocasionales que Kovalev realizaría a Moscú cada vez que sus obligaciones militares se lo permitían. Con el Yak-7 financiado por Wolf, el teniente derribaría finalmente cuatro aparatos alemanes a lo largo de los meses siguientes, antes de que el avión, dañado en un combate sobre el frente bielorruso a comienzos de 1945, tuviera que ser retirado del servicio activo, no sin que Kovalev consiguiera, en su último vuelo a bordo del aparato, regresar con vida a su base, un detalle que ambos hombres celebrarían después como una prueba más, aunque esta vez completamente desprovista de cualquier elemento sobrenatural, de que algunas fortunas, simplemente, eligen sonreír a quienes más las necesitan.
En la primavera de 1944, según relataría Wolf con un orgullo que no necesitaba ninguna exageración adicional para resultar conmovedor, recibió un telegrama enviado directamente desde Moscú, firmado por el propio Stalin, agradeciéndole en términos breves pero formales su contribución al esfuerzo de guerra soviético. Wolf conservaría aquel telegrama, enmarcado, en su despacho de Moscú durante el resto de su vida, no como prueba de su cercanía con el poder —cercanía que, como demostrarían los años siguientes, resultaría siempre frágil y condicionada—, sino como recordatorio silencioso de que, más allá de cualquier leyenda construida sobre pruebas imposibles y profecías políticas, había también, en su biografía, gestos de generosidad concreta que ningún escepticismo histórico posterior podría desmentir.