XVI
NOVOSIBIRSK
La guerra llegó a la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, con una violencia que ningún cálculo militar soviético previo había logrado anticipar con precisión, y que transformó de la noche a la mañana la vida de millones de personas, incluida la de Wolf Messing, que para entonces ya había completado su primera gira oficial por ciudades soviéticas, acompañado del escritor Victor Fink, encargado de presentar sus espectáculos al público local con el lenguaje cuidadosamente neutro que las autoridades exigían.
Tras meses iniciales en el Cáucaso georgiano, donde el frente parecía todavía una abstracción lejana transmitida a través de los boletines de radio, Wolf fue trasladado, junto con miles de otros artistas, científicos e intelectuales considerados valiosos para el esfuerzo de guerra soviético, hacia Novosibirsk, en la profundidad de Siberia, una ciudad que durante los años del conflicto se convertiría en uno de los centros industriales y culturales más importantes del país, alimentada por el flujo constante de fábricas enteras evacuadas desde el oeste, junto con sus trabajadores, sus ingenieros y sus familias.
El invierno siberiano, que Wolf experimentaría por primera vez aquel año de 1941, le resultó una experiencia tan extrema que llegaría a describirla, en cartas posteriores a algunos conocidos europeos, como "un frío que no se parece a ningún otro frío que haya conocido en mi vida, un frío que parece tener intención propia, que busca encontrar cada grieta en la ropa y en el ánimo de quien lo sufre". Las temperaturas descendían, durante los meses más duros, hasta los cuarenta grados bajo cero, y la ciudad entera funcionaba bajo un ritmo dictado tanto por la necesidad bélica como por la simple supervivencia frente a un clima que no perdonaba ningún descuido.
En ese contexto de penuria generalizada y miedo constante —porque las noticias del frente, aunque filtradas y controladas por la censura soviética, dejaban traslucir igualmente la magnitud de la catástrofe que se desarrollaba en el oeste del país, con ciudades enteras cayendo bajo el avance alemán y cifras de bajas que ningún ciudadano soviético podía conocer con exactitud pero que todos, de alguna manera, presentían inmensas—, Wolf continuó actuando, en teatros, fábricas y hospitales militares, ante audiencias compuestas por soldados heridos, obreros evacuados y funcionarios cuyo nerviosismo constante delataba, mejor que cualquier informe oficial, el peso real de la incertidumbre que pesaba sobre el destino entero del país.
Uno de aquellos espectáculos, en un hospital militar de Novosibirsk hacia finales de 1942, quedaría grabado en la memoria de Wolf con una intensidad particular que él mismo reconocería después como distinta de la de cualquier otra actuación de su carrera. El público no estaba compuesto, esa tarde, por espectadores curiosos en busca de entretenimiento, sino por soldados convalecientes, muchos de ellos amputados o con heridas que la medicina de campaña apenas había logrado estabilizar, reunidos en una sala común porque el médico jefe del hospital, consciente del valor terapéutico que cualquier distracción podía representar para hombres que llevaban semanas o meses enfrentando el dolor físico junto con el peso del trauma psicológico de la batalla, había solicitado expresamente la presencia del célebre mentalista.
Wolf realizó su número habitual, adaptado a las circunstancias particulares de aquella audiencia: en lugar de pedir a los soldados que se levantaran de sus asientos —muchos de ellos no podían hacerlo—, se desplazó él mismo entre las camas y las sillas de ruedas, sosteniendo brevemente la mano de cada hombre que aceptaba participar, leyendo nombres de pueblos lejanos, recuerdos de esposas e hijos que esos hombres llevaban grabados en el cuerpo con la misma intensidad involuntaria con que cualquier persona delataba, según el principio que Wolf había aprendido del doctor Schmidt veinticinco años atrás, sus pensamientos más profundos.
Hacia el final de la sesión, un joven soldado que había perdido una pierna en el frente de Smolensk, y que hasta ese momento había observado todo el espectáculo con una expresión de escepticismo distante, le preguntó directamente, con la franqueza brutal que solo permite el dolor extremo y la cercanía de la propia muerte:
—Dígame, Messing, sin trucos de escenario: ¿vamos a ganar esta guerra, o todo esto que hacemos aquí, todo lo que hemos perdido, va a ser para nada?
El silencio que siguió a la pregunta fue distinto de cualquier otro silencio que Wolf hubiera experimentado en un escenario. No era la expectativa entretenida de un público de teatro esperando un truco ingenioso. Era el silencio de hombres que habían entregado partes de su cuerpo y testigo de la muerte de sus compañeros, exigiendo, con una urgencia que ningún protocolo de espectáculo podía suavizar, una respuesta que tuviera el peso suficiente para justificar, de alguna manera, lo que ya habían sacrificado.
Wolf, que comprendía perfectamente que cualquier vacilación en ese momento podría resultar devastadora para la moral de hombres que ya cargaban con suficiente devastación, respondió con la misma firmeza calculada que había empleado en Dresde cinco años atrás, aunque esta vez el cálculo no buscaba el riesgo de una verdad incómoda, sino la construcción deliberada de una esperanza que él mismo, en su fuero interno, no podía garantizar con ninguna certeza real más allá de su propia voluntad de creer en ella.
—Vamos a ganar —dijo, sin cerrar los ojos esta vez, sosteniendo la mirada del joven soldado sin pierna con la misma intensidad con que sostendría, meses después, la de cientos de otros soldados en decenas de hospitales similares por toda Siberia—. Creedme: en mayo de 1945 celebraremos la gran victoria. Lo que ustedes han perdido aquí no habrá sido en vano.
No tenía, en aquel momento de finales de 1942, ningún fundamento estratégico o militar real para sostener una fecha tan específica: la guerra todavía se encontraba en uno de sus puntos más críticos, con la batalla de Stalingrado apenas decidiéndose en aquellos mismos meses, y cualquier pronóstico sobre el desenlace final del conflicto resultaba, en términos puramente racionales, una apuesta sin ningún respaldo verificable. Pero la frase, repetida después en numerosos otros espectáculos por toda la Unión Soviética durante los años siguientes, se extendería de boca en boca, de hospital en hospital, de fábrica en fábrica, con la fuerza particular que adquieren las promesas pronunciadas por alguien a quien la gente, desesperada por encontrar algún punto fijo de esperanza en medio del caos, decide creer precisamente porque necesita creer en algo, más allá de cualquier evidencia que pudiera sustentar racionalmente esa fe.
La guerra terminaría, en efecto, el 8 de mayo de 1945 según la hora de Europa Occidental —el 9 de mayo según el calendario soviético, por la diferencia horaria con que Moscú registró la firma de la capitulación alemana—, una coincidencia que, para millones de soviéticos que habían escuchado, en algún momento de aquellos años terribles, la voz pausada y segura de Wolf Messing prometiendo la victoria desde algún escenario de provincia, terminaría de consolidar para siempre la leyenda de un hombre capaz de ver, más allá de la niebla de la guerra, el desenlace exacto que el destino tenía reservado para su país de adopción.