XV
EL BANCO Y LA DACHA
El encuentro con Stalin llegó pocos días después, en circunstancias que Wolf describiría, en sus memorias y en las decenas de entrevistas que concedería a lo largo de las décadas siguientes, con un detalle que crecía y se modificaba ligeramente cada vez que la historia se repetía, como ocurre con todos los recuerdos que se convierten, con el tiempo, en piezas fijas del repertorio de un narrador profesional.
El líder soviético, según el relato que Wolf mantendría con mayor consistencia a lo largo de los años, lo recibió no en su despacho oficial del Kremlin, sino en una sala más privada de uno de sus residencias en las afueras de Moscú, acompañado únicamente por Beria y por un intérprete que resultaría, en la práctica, casi innecesario, dado que Stalin —georgiano de nacimiento, acostumbrado desde joven a moverse entre idiomas— seguía la conversación en un alemán básico que complementaba con frases en ruso que el intérprete traducía con la celeridad nerviosa de quien sabe que cualquier imprecisión en su trabajo podría costarle mucho más que una simple reprimenda.
—Beria me ha contado lo que hizo en la Lubianka —dijo Stalin, sin preámbulos, observando a Wolf con esa mirada que, según describirían después numerosos testigos de distintas épocas, parecía evaluar simultáneamente la utilidad y la peligrosidad de cualquier persona que se encontrara frente a él—. Pero salir de un edificio sin que los guardias lo recuerden es una cosa. Quiero ver algo más concreto. Algo que demuestre que su don, si es que existe de verdad, tiene una utilidad práctica más allá de confundir a soldados cansados.
Le planteó entonces la prueba que se convertiría, con el tiempo, en una de las piezas más célebres —y más disputadas por los historiadores, que en su inmensa mayoría la consideran una invención posterior sin respaldo documental alguno en los archivos soviéticos conocidos hasta la fecha— de toda la leyenda de Wolf Messing: que se presentara en el Banco Central del Estado, en el centro de Moscú, y que consiguiera retirar cien mil rublos sin ningún documento de identidad ni autorización bancaria que justificara la entrega de aquella suma, una cantidad que en la economía soviética de la época representaba varios años de salario para un trabajador cualificado.
Wolf, que comprendía perfectamente que aquella prueba, a diferencia de la anterior, no dependía únicamente de su capacidad para proyectar una convicción corporal convincente, sino de algo mucho más arriesgado —la cooperación involuntaria de un empleado bancario soviético, formado en un sistema donde cualquier error administrativo podía interpretarse como sabotaje contrarrevolucionario, y donde el miedo, por tanto, condicionaba cada decisión con una intensidad que ningún guardia de la Lubianka había mostrado—, aceptó el desafío sabiendo que el margen de fracaso era considerablemente mayor que en la prueba anterior.
Se presentó en la sucursal central del banco a la mañana siguiente, vestido con la elegancia discreta que había aprendido a proyectar durante años de actuaciones en los teatros más prestigiosos de Europa, y se dirigió directamente a una de las ventanillas, donde un empleado de mediana edad —cuyo nombre la leyenda nunca registraría, pero cuya existencia, según algunos investigadores rusos posteriores que intentaron rastrear el episodio en archivos bancarios soviéticos sin encontrar jamás una confirmación documental concluyente, pudo haber sido enteramente ficticia, una elaboración narrativa más en una historia ya repleta de ellas— lo atendió con la cortesía cansada propia de cualquier funcionario que enfrenta una larga jornada de trámites repetitivos.
Wolf extendió sobre el mostrador una hoja de papel completamente en blanco, sin ningún sello, firma ni documento que la respaldara, y solicitó, con la misma voz pausada y segura que había utilizado durante toda su carrera para presentar lo imposible como si fuera lo más natural del mundo, la cantidad exacta de cien mil rublos.
El empleado, según el relato que se haría célebre en las décadas siguientes, miró el papel en blanco, levantó la vista hacia Wolf, volvió a mirar el papel, y procedió, sin formular ninguna pregunta ni solicitar ninguna verificación adicional, a contar y entregar la suma solicitada, como si la propia presencia de aquel documento vacío, sostenido con la convicción absoluta de quien no concibe siquiera la posibilidad de ser cuestionado, resultara suficiente autorización ante sus ojos.
—Algunas versiones, las más dramáticas y probablemente las más alejadas de cualquier verificación posible —como observarían después los historiadores más rigurosos que han intentado, sin éxito definitivo, rastrear el origen exacto de cada variante de esta historia—, añaden que el empleado, segundos después de que Wolf abandonara el edificio con el dinero ya guardado en un maletín de cuero, comprendió súbitamente la magnitud de lo que había hecho y sufrió un colapso, posiblemente un ataque cardíaco leve, del que se recuperaría sin secuelas graves, pero que dejaría, durante el resto de su carrera bancaria, una marca de terror permanente cada vez que tuviera que procesar una transacción inusual.
Wolf entregó el dinero a Stalin esa misma tarde, en presencia de Beria, sin haber gastado ni un solo rublo de la suma retirada, en lo que constituía, más allá de cualquier demostración de poder psicológico, una prueba adicional —quizás la más importante de todas, a ojos de un dictador que había construido buena parte de su régimen sobre la desconfianza sistemática hacia cualquiera que se acercara a él— de que aquel extranjero polaco no representaba ninguna amenaza de corrupción ni de ambición personal disfrazada de talento extraordinario.
La tercera y última prueba, la que selló definitivamente la leyenda de Wolf Messing en el imaginario soviético durante las décadas siguientes, llegó apenas dos días después: que entrara, sin ningún pase de seguridad ni autorización previa, en la dacha de Kuntsevo, la residencia personal de Stalin en las afueras de Moscú, protegida por un anillo de seguridad que incluía guardias del NKVD, perros entrenados y un perímetro de vigilancia que se consideraba, en aquel momento, prácticamente impenetrable para cualquier persona no autorizada expresamente.
Wolf, según relataría después con un nivel de detalle que solo aumentaría con cada repetición a lo largo de los años, decidió que la única manera viable de superar aquella prueba no consistía en proyectar simplemente la convicción genérica de "tener derecho a estar allí" —el mismo mecanismo que había funcionado en la Lubianka con guardias entrenados, principalmente, para detectar nerviosismo en sospechosos comunes—, sino en algo mucho más específico y arriesgado: proyectar, con cada gesto de su cuerpo, la identidad concreta de un hombre cuyo rostro ningún guardia se atrevería jamás a cuestionar abiertamente por temor a las consecuencias de equivocarse: Lavrenti Beria mismo.
No se trataba, insistiría Wolf en explicaciones posteriores a periodistas curiosos por el mecanismo exacto del truco, de ningún tipo de transformación física ni de un disfraz elaborado —su estatura, complexión y rasgos faciales no se parecían en absoluto a los del jefe del NKVD, una discrepancia que numerosos críticos señalarían después como prueba evidente de que la historia, en su forma más extendida, resultaba físicamente inverosímil—, sino de algo más sutil: la autoridad implícita en el paso, en la mirada, en el tono con que dirigía cualquier palabra ocasional a los guardias que se cruzaban en su camino, una autoridad que, sostenía Wolf, los guardias entrenados para obedecer interpretaban de manera instintiva como prueba suficiente de jerarquía, sin necesidad de detenerse a verificar visualmente cada detalle del rostro de quien la proyectaba.
Cruzó, según su relato, el primer anillo de seguridad exterior sin que ningún guardia solicitara verificación de identidad, intimidados por la combinación de su paso seguro y por la simple imposibilidad, en un sistema de terror generalizado, de cuestionar abiertamente a una figura que pudiera resultar ser, en efecto, alguien de la jerarquía superior del régimen. Cruzó el segundo anillo, más cercano ya a la residencia propiamente dicha, con idéntico resultado. Y llegó finalmente hasta el despacho privado de Stalin, donde el propio dictador, advertido ya por Beria de la naturaleza exacta de la prueba que se estaba llevando a cabo, lo esperaba con una curiosidad que, según describiría Wolf años después, resultaba mucho más genuina y menos calculada que en cualquiera de sus encuentros anteriores.
—Ha entrado usted en mi propia casa sin que nadie lo detuviera —dijo Stalin, observándolo con una expresión que oscilaba, según el relato de Wolf, entre la fascinación y algo más parecido a una inquietud que el dictador no estaba acostumbrado a sentir frente a ningún hombre vivo—. Eso no me preocupa por lo que usted pueda hacerme a mí, Messing. Me preocupa por lo que demuestra sobre la seguridad de todos los que me rodean. Si un extranjero sin ningún entrenamiento militar puede atravesar tres anillos de protección con la simple fuerza de su convicción, ¿qué podría hacer alguien entrenado, con intenciones reales de causarme daño?
Fue esa pregunta, más que cualquier fascinación por lo sobrenatural, la que determinaría, según el análisis posterior de varios historiadores soviéticos, el trato que Stalin reservaría a Wolf Messing durante los años siguientes: ni la persecución que sufrían otros elementos considerados ideológicamente sospechosos por el régimen, ni el reconocimiento oficial pleno que hubiera supuesto validar públicamente capacidades paranormales en un Estado que se proclamaba rigurosamente materialista, sino una tercera vía, cuidadosamente calibrada, de tolerancia vigilada: permiso para actuar, bajo la etiqueta segura de "experimentos psicológicos", combinado con una supervisión discreta pero constante por parte de los servicios del propio Beria, que nunca dejarían de considerar a aquel extraño mentalista polaco como un activo potencialmente útil y, al mismo tiempo, como un riesgo de seguridad que convenía mantener vigilado de cerca durante el resto de su vida en territorio soviético.