El truco de la muerte XIV
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XIV

EL DESPACHO DE BERIA

El edificio de la Lubianka, sede del NKVD en el centro de Moscú, proyectaba sobre quienes lo visitaban —fueran detenidos, funcionarios o simples mensajeros— una sensación de peso físico que ninguna otra construcción de la ciudad lograba igualar, como si las paredes mismas hubieran absorbido, a lo largo de los años, algo de la angustia de los miles de hombres y mujeres que habían cruzado sus puertas sin volver a salir jamás.

Wolf fue conducido hasta allí a finales de 1939, después de varios días de traslados, interrogatorios preliminares e incertidumbre sobre su destino, en un país cuyo idioma apenas comenzaba a balbucear y cuyas reglas no escritas resultaban, para un recién llegado, mucho más opacas y peligrosas que las de cualquier sistema que hubiera conocido antes, incluido el de la Alemania nazi de la que acababa de escapar.

Lavrenti Beria lo recibió en un despacho amplio pero austero, decorado con el mismo gusto funcional y desprovisto de cualquier calidez que caracterizaba, según contaría Wolf después, todo el edificio entero: un retrato de Stalin presidiendo la pared principal, un escritorio de madera oscura completamente despejado salvo por una carpeta cerrada, y el propio Beria, un hombre de estatura mediana, calva incipiente y gafas redondas que le daban, a primera vista, un aspecto casi académico que contrastaba de manera inquietante con la reputación que ya entonces precedía a su nombre en los círculos diplomáticos y de inteligencia de toda Europa.

—Así que usted es el mentalista polaco —dijo Beria, sin levantarse de su silla, examinando a Wolf con la misma frialdad clínica con que examinaría cualquier informe operativo—. Tengo entendido que predijo la muerte de Hitler en un teatro de Dresde. Una predicción interesante, si resulta cierta. Y muy conveniente para usted, si resulta falsa, dado que ya no se encuentra en territorio alemán para responder por ella.

Wolf, que había aprendido, durante sus años de huida, a calibrar con precisión el peligro real que se escondía detrás de cada frase aparentemente casual de un hombre poderoso, respondió con la cautela exacta que la situación exigía.

—No predigo lo que deseo que ocurra, comisario. Predigo lo que percibo. Y lo que percibí esa noche en Dresde fue que cualquier ataque alemán hacia el Este terminaría en una destrucción que el propio Hitler no sobreviviría.

Beria observó al hombre que tenía delante durante un silencio prolongado, el tipo de silencio que Wolf había aprendido a reconocer, a lo largo de su carrera, como el instrumento favorito de quienes ostentan un poder absoluto: una herramienta diseñada no para pensar, sino para que el otro sienta el peso completo de la espera.

—He oído también —continuó finalmente Beria— que es usted capaz de cosas más prácticas que las simples profecías políticas. Que puede leer pensamientos. Encontrar objetos ocultos. Hacer que la gente haga lo que usted desea sin que se dé cuenta de que está obedeciendo una orden.

—Puedo leer los cuerpos, comisario. No las mentes. La diferencia es importante, aunque casi nadie quiera escucharla.

—Demuéstremelo —dijo Beria, sin ninguna inflexión particular en la voz, como si estuviera solicitando un informe administrativo más que un milagro—. Salga de este edificio. Solo, sin escolta, sin que yo le diga por dónde. Y regrese a este mismo despacho dentro de una hora, sin que ninguno de mis hombres lo detenga por el camino, ni siquiera recuerde haberlo visto pasar.

La prueba, formulada con la simplicidad brutal de quien no necesita adornar sus exigencias porque ostenta el poder absoluto de hacerlas cumplir, contenía un riesgo que ambos hombres comprendían perfectamente sin necesidad de pronunciarlo en voz alta: si Wolf fracasaba, la consecuencia más probable no sería una simple decepción, sino la confirmación definitiva, ante el jefe de la policía secreta más temida de la Unión Soviética, de que el extranjero detenido era exactamente lo que algunos de los oficiales más escépticos ya sospechaban: un farsante sin ninguna utilidad real, cuyo destino, en el sistema que gobernaba Beria, rara vez resultaba favorable.

Wolf salió del despacho sin pedir ninguna instrucción adicional, consciente de que cualquier pregunta sobre cómo proceder exactamente debilitaría, ante los ojos de Beria, la propia naturaleza de la prueba que se le exigía superar. Caminó por los pasillos del edificio con el mismo paso seguro que había perfeccionado durante veinte años de cruzar fronteras imposibles, deteniéndose brevemente, en cada punto de control, no para presentar ningún documento —no tenía ninguno que presentar, ni falso ni verdadero, dentro de aquel edificio—, sino simplemente para sostener la mirada del guardia de turno durante el tiempo exacto y necesario para que este, sin saber bien por qué, decidiera que aquel hombre de paso tranquilo y expresión serena no representaba ninguna anomalía que mereciera ser cuestionada.

No hubo ningún truco sobrenatural en aquel logro, según explicaría Wolf años después a quienes le preguntaban directamente por el mecanismo exacto de aquella hazaña tan repetida en su leyenda: simplemente comprendía, mejor que la mayoría de los seres humanos, una verdad elemental sobre la psicología de cualquier guardia entrenado para detectar sospechosos, fuera en la Alemania nazi o en la Unión Soviética estalinista. Los guardias buscaban nerviosismo, vacilación, la mirada huidiza de quien tiene algo que ocultar. Un hombre que caminaba sin prisa, que sostenía la mirada sin desafío pero también sin temor, que proyectaba la convicción tranquila de estar exactamente donde correspondía estar, generaba en el observador entrenado una sensación de normalidad que rara vez se detenía a cuestionar de manera consciente.

Salió del edificio de la Lubianka por la puerta principal, caminó durante varios minutos por las calles cercanas del centro de Moscú —observando, con la curiosidad de quien ve por primera vez una ciudad que se convertirá, sin que él pudiera sospecharlo entonces, en su hogar para el resto de su vida, los carteles en cirílico, los uniformes desconocidos, el frío ya intenso de un noviembre moscovita—, y regresó exactamente cincuenta y cinco minutos después, siguiendo el mismo camino, atravesando los mismos puntos de control, hasta sentarse de nuevo, sin que ningún guardia hubiera registrado oficialmente su salida ni su entrada, frente al escritorio de Beria.

—Cincuenta y cinco minutos —dijo Beria, consultando un reloj de pulsera con una expresión que no llegaba a ser de sorpresa, pero que tampoco era ya la misma frialdad indiferente del comienzo de la entrevista—. He preguntado a los guardias de la entrada principal si vieron salir o entrar a algún extranjero durante la última hora. Ninguno lo recuerda.

—Eso es exactamente lo que predije que ocurriría, comisario.

Beria cerró la carpeta que había permanecido intacta sobre su escritorio durante toda la conversación, se levantó por primera vez de su silla, y caminó hasta una ventana que daba a la plaza Lubianka, observando durante un instante el tráfico escaso de la ciudad bajo la nieve que comenzaba a caer.

—El camarada Stalin —dijo, sin volverse, con la voz súbitamente más baja, como si la mención de aquel nombre exigiera, incluso en la privacidad de su propio despacho, una cautela adicional— ha mostrado interés personal en su caso, Messing. Va a querer ver, con sus propios ojos, lo que acabo de presenciar yo. Y permítame darle un consejo que no le doy a casi nadie que entra por esa puerta: si lo que ha hecho hoy ha sido genuino, no tiene nada que temer. Pero si ha sido un truco, por muy ingenioso que sea, le sugiero que rece, si todavía cree en algo, para que el camarada Stalin no llegue nunca a descubrirlo.