XIII
El MIEDO
Mientras aguardaba, en una celda de tránsito moscovita, la resolución de su caso tras el cruce fronterizo de 1939, Wolf tuvo tiempo —demasiado tiempo, en realidad, para un hombre acostumbrado a que su vida avanzara siempre al ritmo vertiginoso de las giras y los aplausos— de observar, con la misma atención clínica que aplicaba a cualquier cuerpo ajeno sobre un escenario, el funcionamiento íntimo del sistema en el que acababa de caer.
Compartía aquella celda de tránsito con una docena de hombres de procedencias muy diversas: comerciantes polacos sorprendidos sin la documentación adecuada, un profesor universitario de Lvov acusado de actividades "antisoviéticas" que nunca llegó a especificarse con claridad, dos campesinos bielorrusos que apenas comprendían por qué se encontraban detenidos, y un hombre de mediana edad, callado y de mirada huidiza, que los demás detenidos evitaban instintivamente, como si presintieran en él algo que ninguno se atrevía a nombrar en voz alta.
Wolf, fiel a la costumbre que había definido toda su vida profesional, no pudo evitar leer, incluso en aquel contexto desprovisto de cualquier teatralidad, los cuerpos de quienes lo rodeaban. Notó que el profesor de Lvov, a pesar de su discurso sereno sobre la inocencia de su caso, mantenía las manos crispadas contra las rodillas durante horas enteras, en una tensión que delataba un terror mucho más profundo que el que sus palabras admitían. Notó que los campesinos bielorrusos, ajenos a cualquier sofisticación política, dormían con una facilidad que solo permite la auténtica inocencia de quien no comprende del todo la gravedad de su situación. Y notó, sobre todo, que el hombre callado de mirada huidiza observaba a cada uno de los demás detenidos con una atención que no tenía nada de curiosidad ni de miedo, sino algo mucho más frío: la atención metódica de quien recopila información para entregarla después a alguien más.
—No le hable demasiado a ese —le susurró el profesor de Lvov, una noche, señalando discretamente con la mirada hacia el hombre silencioso—. He visto su tipo antes. Informan a cambio de una reducción de su propia condena. Cualquier cosa que diga aquí dentro puede terminar, mañana mismo, en algún informe que decida el resto de su vida.
Wolf, que durante toda su carrera europea había aprendido a sobrevivir leyendo los gestos involuntarios de desconocidos para sorprenderlos con su don, comprendió en aquellas primeras noches moscovitas que el mismo principio, aplicado en sentido inverso, podía convertirse en una herramienta de supervivencia mucho más urgente que cualquier truco de escenario: aprender a no delatar nada, a controlar cada gesto, cada palabra, cada silencio, en un sistema donde la información más trivial podía convertirse, en manos equivocadas, en una sentencia.
Practicó, durante aquellas semanas de incertidumbre, una disciplina nueva que sus años con el profesor Bardach y con Zalkind nunca le habían exigido: la de proyectar, deliberadamente, una neutralidad corporal absoluta. Ya no se trataba de leer a los demás, sino de hacerse a sí mismo ilegible, de modo que ni el hombre silencioso ni ningún guardia que lo interrogara pudiera extraer, de la tensión de sus manos o de la velocidad de su respiración, ninguna información que no estuviera dispuesto a entregar voluntariamente.
—Dicen que usted es un mentalista famoso en Europa —le dijo finalmente el hombre callado, una tarde, rompiendo por primera vez el silencio que había mantenido durante días—. Que lee los pensamientos de la gente. Dígame entonces, ya que es tan hábil: ¿qué estoy pensando yo en este momento?
Wolf, que reconoció de inmediato la trampa implícita en aquella pregunta —cualquier respuesta ingeniosa podría interpretarse como una provocación, cualquier negativa como una admisión de fraude que debilitara su posición ante las autoridades que decidirían su destino—, respondió con la misma cautela calculada que había aplicado, años atrás, ante el revisor de aquel tren polaco de su infancia.
—Pienso que usted ya sabe la respuesta a esa pregunta mejor que yo —dijo, sosteniendo la mirada del hombre sin ninguna hostilidad pero también sin ninguna concesión—. Y pienso que ninguno de los dos necesita que yo lo diga en voz alta dentro de esta celda.
El hombre lo observó durante un instante prolongado, con una expresión que Wolf no llegó a descifrar del todo, y finalmente asintió, casi imperceptiblemente, antes de volver a sumirse en el mismo silencio observador de los días anteriores. No volvería a dirigirle la palabra durante el resto de su estancia conjunta en aquella celda de tránsito, y Wolf nunca llegaría a saber con certeza si aquel breve intercambio había sido decisivo, de alguna manera que escapaba a su comprensión, para el hecho de que su caso terminara llegando, días después, no a un tribunal ordinario que pudiera condenarlo por entrada ilegal con la misma indiferencia burocrática que aplicaría a cualquier otro refugiado sin papeles, sino directamente a la atención personal de Lavrenti Beria, en una decisión que cambiaría, de manera irreversible, el curso del resto de su vida.
Aquellas semanas de espera, aparentemente vacías de cualquier acontecimiento memorable, dejarían en Wolf una huella mucho más profunda de lo que él mismo reconocería públicamente en años posteriores: la comprensión definitiva de que el oficio que había practicado durante toda su vida adulta —la lectura de los cuerpos ajenos, la proyección calculada de una identidad fabricada, el dominio absoluto sobre los propios gestos involuntarios— no era ya, a partir de aquel momento, simplemente un truco de escenario destinado a sorprender a audiencias curiosas. Era, en el sistema en el que acababa de entrar y en el que pasaría el resto de su existencia, una habilidad de supervivencia literal, tan necesaria para mantenerse con vida como el aire mismo que respiraba.
—Aprendí en Berlín a fingir mi propia muerte para sobrevivir al hambre —le confesaría, mucho después, a Buyanov, en una de aquellas conversaciones privadas de sus últimos años—. Aprendí en Moscú, en aquellas primeras semanas, algo todavía más difícil: a fingir, durante el resto de mi vida en este país, que no tenía ningún miedo, cuando en realidad lo tenía todo el tiempo, agazapado bajo cada sonrisa que le ofrecía al público, bajo cada predicción segura que pronunciaba desde un escenario. El miedo nunca se fue, doctor. Solo aprendí, mejor que casi cualquier otro hombre que haya conocido, a que nadie pudiera leerlo en mi cuerpo.