El truco de la muerte XII
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LA FRONTERA

Lo que siguió fueron meses de movimiento constante, de ciudades que aparecen y desaparecen de los relatos posteriores sin un orden cronológico que ningún biógrafo haya logrado reconstruir con certeza absoluta: Wolf cruzando Polonia de oeste a este, evitando las ciudades grandes donde su rostro resultaba demasiado reconocible, durmiendo en pensiones modestas bajo nombres que no eran el suyo, financiando su huida con las joyas que había logrado vender apresuradamente y con el dinero en efectivo que llevaba siempre consigo, por una prudencia que sus años de viaje constante le habían enseñado a cultivar.

La invasión alemana de Polonia, en septiembre de 1939, lo encontró ya cerca de la frontera oriental del país, en una región rural donde las noticias de la guerra llegaban con retraso y fragmentadas, a través de campesinos que huían hacia el este con sus carros cargados de todo lo que habían podido salvar, y de soldados polacos derrotados que se desplazaban en grupos cada vez más pequeños y cada vez más desorganizados, buscando alguna línea de defensa que ya no existía en ninguna parte.

Wolf se unió, durante unos días, a una columna de refugiados que avanzaba hacia la frontera con la Unión Soviética, una masa heterogénea de civiles, soldados sin mando y judíos polacos que habían comprendido, con una claridad que la mayoría del resto de Europa todavía no poseía, exactamente qué tipo de destino les esperaba si permanecían bajo ocupación alemana.

El cruce de la frontera soviética, en algún punto cercano a la región de Białystok, ocurrió en circunstancias caóticas que Wolf describiría después con un detalle curiosamente preciso, dado lo confuso que debió ser, en la práctica, aquel momento histórico: miles de personas amontonadas frente a un puesto de control improvisado, soldados soviéticos jóvenes y visiblemente desbordados por el volumen de refugiados que intentaban entrar, exigiendo documentos de identidad que la mayoría de los presentes, en la urgencia de su huida, ya no poseían o habían perdido por el camino.

Wolf, que no tenía pasaporte válido —el suyo había quedado, según contaría, en algún hotel de Varsovia del que había huido sin tiempo para recoger sus pertenencias— ni ningún documento que demostrara su identidad de manera convincente ante unos guardias soviéticos entrenados, precisamente, para la sospecha sistemática, recurrió de nuevo al gesto que había definido los momentos más decisivos de su vida desde aquel tren polaco de su infancia: sacó del bolsillo interior de su abrigo un papel cualquiera —un recorte de periódico con su propia fotografía de una gira anterior por territorio polaco, según la versión más extendida; un simple folleto publicitario de un espectáculo ya pasado, según otras versiones más escépticas— y lo presentó ante el soldado de turno con la misma convicción absoluta, la misma mirada fija y el mismo silencio que no pedía permiso porque ya daba por hecho que lo tenía, con que había presentado, dos décadas atrás, aquella factura ilegible ante un revisor de tren cansado.

El soldado, agotado tras horas de procesar a una multitud interminable de refugiados y sin demasiado margen, en aquel caos, para verificar minuciosamente cada documento que se le presentaba, hizo un gesto con la mano que indicaba el paso, y Wolf cruzó hacia territorio soviético en aquel mismo instante, dejando atrás, para siempre, la Polonia donde había nacido.

No lo supo entonces, porque las noticias tardarían meses, incluso años, en llegarle con la fragmentación dolorosa propia de una guerra que cortaba todas las líneas de comunicación normales, pero aquel cruce de frontera marcó también, sin que él pudiera saberlo en el instante exacto en que ocurría, la última vez que vería con vida —aunque fuera solo a través del recuerdo, sin haberse despedido realmente de ninguno de ellos— a su padre, a sus hermanos, y a todo el mundo que había dejado atrás en Góra Kalwaria veintisiete años antes, cuando se escondió bajo el asiento de un tren con un hatillo improvisado y una factura vieja como único pasaporte hacia un futuro que ni él mismo, en aquel momento, podía empezar a imaginar.

La detención por parte de las autoridades soviéticas llegó apenas unos días después de aquel cruce, cuando Wolf, ya en territorio bajo control de Moscú, intentó moverse con la misma libertad relativa con que se había movido durante años por Europa occidental, sin comprender todavía del todo que el sistema al que acababa de entregarse exigía un tipo de documentación y de control que ningún papel en blanco, por convincente que resultara su presentación, podría sustituir por mucho tiempo.

Fue arrestado en una pequeña estación de tren cerca de la nueva frontera, acusado de entrada ilegal al territorio de la Unión Soviética sin la documentación correspondiente, y trasladado, junto con otros detenidos en circunstancias similares, hacia Moscú, donde su caso —el de un hombre sin papeles que decía ser, sin que nadie pudiera verificarlo de inmediato, el célebre mentalista cuyo nombre algunos de los oficiales presentes reconocían vagamente de viejos periódicos polacos— acabaría llegando, por canales que la burocracia soviética nunca documentó con precisión, a oídos de alguien con el poder suficiente para decidir, personalmente, qué hacer con un caso tan inusual.