El truco de la muerte XI
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XI

LA CACERÍA

La frase pronunciada en Dresde viajó con la misma velocidad implacable con que viajaban, en aquellos años, todos los rumores que convenía que no viajaran. Llegó a Berlín antes de que Wolf hubiera completado el trayecto de regreso a la capital. Llegó, a través de canales que él nunca llegaría a identificar con precisión —¿un informante entre el propio público de Dresde? ¿Un oficial de la Abwehr que decidió que la frase merecía ser reportada por encima de Canaris, directamente a instancias superiores?—, a oídos de hombres que ocupaban posiciones mucho más altas en la jerarquía del Reich que un simple jefe de inteligencia militar.

La reacción no se hizo esperar. Según relataría Wolf después —y en este punto los historiadores coinciden en que, aunque los detalles exactos resulten imposibles de verificar con documentación de archivo, el hecho central de la persecución sí está corroborado por múltiples fuentes independientes, incluyendo registros policiales polacos posteriores—, la orden llegó a la Gestapo de Varsovia, donde Wolf se encontraba completando una breve gira por su país natal cuando la situación en Alemania se volvió, de la noche a la mañana, insostenible para él.

No fue una detención inmediata ni espectacular. Fue, más bien, el tipo de cerco lento y metódico que la policía secreta nazi había perfeccionado ya en numerosas ocasiones: primero la vigilancia discreta de su hotel, después la cancelación abrupta y sin explicaciones de dos de sus actuaciones programadas, finalmente la visita, una madrugada de finales de 1937, de tres hombres con abrigos largos y modales corteses que se identificaron, sin levantar la voz, como funcionarios que necesitaban "aclarar algunos detalles administrativos" sobre su permiso de residencia y trabajo en territorio del Reich.

Wolf, que llevaba semanas esperando exactamente esa visita con el estómago apretado de quien sabe que algo se acerca sin poder determinar el momento exacto, fue conducido a una celda de detención preventiva en el edificio de la Gestapo en Varsovia, un cuarto pequeño con una ventana enrejada que daba a un patio interior y una cama de metal sin colchón sobre la que pasó las primeras horas, despierto, escuchando los pasos de las botas en el pasillo y calculando, con la frialdad de quien ha pasado toda su vida calculando las reacciones ajenas, cuántas opciones le quedaban realmente.

No eran muchas. Sabía, por el destino de Hanussen, que la fama y el reconocimiento internacional no ofrecían protección alguna frente a un régimen que había demostrado, repetidamente, su disposición a eliminar a cualquiera que considerara un problema, sin importar cuán célebre fuera. Sabía también que su condición de judío, sumada ahora a una predicción pública sobre la muerte del propio Führer, lo colocaba en una categoría de riesgo que ningún truco de salón podía mitigar.

Lo que ocurrió durante las horas siguientes en aquella celda se contaría, en las décadas posteriores, de maneras tan diversas que resulta casi imposible reconstruir con precisión los hechos exactos. La versión que Wolf repetiría con mayor consistencia —y que, según algunos historiadores, podría contener un núcleo de verdad envuelto en una capa considerable de embellecimiento dramático posterior— era la siguiente:

Hacia el amanecer, cuando el cambio de guardia trajo a la zona de celdas a dos hombres jóvenes y visiblemente cansados tras una noche larga de vigilancia, Wolf llamó a uno de ellos con voz débil, fingiendo un malestar repentino que, gracias a años de práctica controlando su propio pulso y respiración, resultó completamente convincente: palidez genuina provocada por la ralentización deliberada de su circulación, sudor frío inducido por el control consciente de su sistema nervioso, una respiración entrecortada que parecía, a ojos de cualquier observador sin entrenamiento médico, los signos inequívocos de un colapso real.

—Necesito ayuda —susurró, derrumbándose contra los barrotes de la celda con un gemido calculado—. El corazón... no puedo respirar...

El guardia más joven, alarmado por lo que parecía ser una emergencia médica genuina dentro de una celda donde la muerte de un detenido —especialmente un detenido de cierta notoriedad pública— generaría complicaciones administrativas que ninguno de los dos hombres deseaba enfrentar tan temprano en su turno, llamó a su compañero, y ambos entraron a la celda para examinar al prisionero, dejando la puerta entreabierta tras ellos en su prisa por atender lo que parecía una urgencia.

Fue en ese instante de distracción exacta —los dos guardias inclinados sobre el cuerpo aparentemente desfallecido, ambos de espaldas a la puerta abierta, ambos concentrados en comprobar el pulso de un hombre que, en realidad, mantenía el control absoluto de cada función de su organismo— cuando Wolf, sin que ninguno de los dos llegara a notarlo hasta varios minutos después, se deslizó entre ellos, atravesó la puerta entreabierta, recorrió el pasillo vacío con el mismo paso seguro que había aprendido a proyectar desde aquel tren polaco veinticinco años atrás, y salió del edificio por una puerta lateral que los empleados de limpieza utilizaban para sacar la basura cada madrugada, sin que ningún guardia de la entrada principal —ocupados, como siempre a esa hora, en el cambio de turno y el papeleo correspondiente— llegara a fijarse en la figura solitaria de un hombre con sombrero que cruzaba el patio trasero del edificio con la tranquilidad de quien tiene todo el derecho del mundo a estar exactamente allí.

Wolf no se detuvo a comprobar si la historia, contada y recontada durante décadas, había ocurrido exactamente así. Lo que sí es seguro, porque está documentado en registros posteriores de las autoridades polacas y soviéticas que tuvieron que procesar su caso en los meses siguientes, es que escapó de la custodia de la Gestapo en algún momento de finales de 1937 o comienzos de 1938, y que a partir de ese instante se convirtió en un hombre que ya no podía permanecer ni un solo día más en ningún territorio bajo control o influencia alemana.