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LA NOCHE DE DRESDE
El teatro Schauspielhaus de Dresde estaba lleno hasta el último asiento aquella noche de 1937, un detalle que el propio promotor del espectáculo, un hombre apellidado Krauss que llevaba años organizando giras de variedades por toda Sajonia, le señaló a Wolf con una mezcla de orgullo profesional y nerviosismo que no supo explicar del todo hasta minutos antes de que el telón se levantara.
—Hay gente importante esta noche, Herr Messing —le dijo, ajustándose el cuello de la camisa con un gesto repetido que delataba más ansiedad que la que sus palabras admitían—. Oficiales. De los que no conviene hacer esperar, ni decepcionar.
Wolf, que durante años había aprendido a leer no solo las manos que sostenía sobre el escenario sino también los rostros de quienes lo rodeaban entre bastidores, notó algo en la voz de Krauss que le resultó familiar: el mismo tono apresurado y vigilante que había empezado a escuchar, con creciente frecuencia, en comerciantes, conserjes de hotel y revisores de tren a lo largo de toda Alemania en los últimos años. Un tono que decía, sin decirlo, *aquí hay alguien observando, y todos lo sabemos, y todos fingimos no saberlo*.
Entre el público, en un palco lateral reservado con la discreción protocolaria que correspondía a su rango, se encontraba el almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr —el servicio de inteligencia militar del Reich—, acompañado por tres oficiales de uniforme impecable y una mujer joven que nadie presentó por su nombre. Canaris, hombre de rostro afilado y mirada que parecía calcularlo todo sin que ningún músculo de su cara delatara jamás el resultado del cálculo, observaba el espectáculo con la misma atención fría con que habría estudiado un informe de inteligencia: no buscaba entretenimiento, sino información sobre un fenómeno que, según le habían referido sus propios analistas, generaba un nivel de fascinación popular que convenía entender, aunque solo fuera para decidir si representaba una amenaza, una herramienta útil, o simplemente un curioso espectáculo de feria sin mayor trascendencia.
Wolf ejecutó su número con la precisión de siempre: las espadas, las agujas, la lectura de objetos ocultos entre el público, los nombres y biografías de desconocidos reconstruidos a partir del más leve roce de una mano. El público, ajeno por completo a la tensión que recorría el palco de honor, aplaudía con el entusiasmo habitual, sin sospechar que cada gesto del mentalista estaba siendo evaluado, en aquel preciso instante, por uno de los hombres más peligrosos de toda Alemania.
Hacia el final de la velada, como hacía siempre, Wolf abrió el espectáculo a las preguntas del público, invitando a quien quisiera a subir al escenario o, simplemente, a formular su pregunta desde su propio asiento, en voz alta, para que él intentara responderla a partir de lo que pudiera leer en la tensión del cuerpo de quien preguntaba.
Fue entonces cuando una voz, desde algún punto cercano al palco —Wolf nunca llegaría a determinar con certeza si pertenecía a uno de los oficiales que acompañaban a Canaris, a un periodista presente entre la audiencia general, o simplemente a un espectador curioso sin ninguna conexión con la mesa de honor—, formuló la pregunta que cambiaría, de manera irreversible, el curso de su vida:
—Dígannos, Herr Messing: ¿qué ve usted para el futuro de Alemania?
El teatro entero pareció quedarse en suspenso, con esa quietud particular que se produce cuando una audiencia entera comprende, sin que nadie lo explique, que algo importante está a punto de decirse. Wolf, que había respondido a miles de preguntas similares en sus años de carrera —preguntas sobre el futuro de matrimonios, de negocios, de viajes pendientes—, sintió que esta era distinta desde el momento mismo en que fue formulada: no buscaba una predicción de salón, sino algo que se acercaba peligrosamente a una declaración política, en un país donde las declaraciones políticas equivocadas costaban, cada día con mayor frecuencia, la libertad o la vida.
Cerró los ojos, como hacía siempre antes de pronunciar cualquier predicción, dejando que el silencio del teatro trabajara a su favor, ganando los segundos necesarios para decidir qué estaba dispuesto a decir y qué no.
Pensó, en ese instante exacto —según relataría después, en una de las pocas ocasiones en que describió con honestidad el cálculo interno que precedió a su respuesta, en lugar de presentarla simplemente como una visión profética que le llegaba de algún lugar externo a su propia voluntad— en Hanussen, muerto en un bosque a las afueras de Berlín cuatro años atrás por haber jugado, sin la suficiente cautela, con las expectativas de hombres que no perdonaban la decepción. Pensó también en el profesor Bardach, ya fallecido, y en aquella advertencia lejana sobre la diferencia entre el arte del espectáculo y el camino hacia convertirse en algo que no se desea ser. Y pensó, sobre todo, en la cantidad creciente de uniformes pardos que llenaban cada noche las primeras filas de sus espectáculos por toda Alemania, y en la posibilidad real, cada vez más innegable, de que cualquier respuesta que diera esa noche pudiera ser la última oportunidad que tuviera de decir algo verdadero antes de que las circunstancias lo obligaran, como a tantos otros, al silencio absoluto.
—Si Alemania ataca el Este —dijo finalmente, abriendo los ojos y pronunciando cada palabra con la misma cadencia pausada con que solía revelar el número que alguien había pensado en silencio—, encontrará allí su propia destrucción. Y Hitler encontrará la muerte.
El silencio que siguió a la frase duró, según las distintas versiones que circularían después entre quienes estuvieron presentes, entre tres y diez segundos eternos, antes de que el aplauso disperso de la parte del público menos atenta a las implicaciones políticas de lo dicho disolviera la tensión en el ruido habitual de cualquier final de espectáculo.
Wolf hizo su reverencia final, recogió el sombrero que un asistente le entregó entre bastidores, y abandonó el teatro esa misma noche sin detenerse, como hacía habitualmente, a saludar a los promotores ni a firmar autógrafos en la puerta trasera.
No miró hacia el palco donde Canaris seguía sentado, con el rostro tan inexpresivo como al principio de la velada, anotando algo en un pequeño cuaderno que guardó, segundos después, en el bolsillo interior de su uniforme.