IX
HANUSSEN
Berlín cambió, en los años que siguieron a la crisis económica de 1929, con una velocidad que pocos de sus habitantes lograron procesar a tiempo. Los cabarets que durante los años veinte habían convertido a la ciudad en la capital cultural más audaz de Europa fueron cediendo terreno, calle por calle, a las marchas de camisas pardas y a los discursos que prometían, a una población hambrienta y humillada por la derrota de la Gran Guerra, una restauración del orgullo nacional que muchos, en aquel momento, no fueron capaces de distinguir del abismo que en realidad anunciaba.
En ese Berlín convulso seguía actuando, con una popularidad que rivalizaba en cierto modo con la del propio Wolf Messing, otro mentalista de origen judío, también nacido en territorio que entonces era austrohúngaro: Erik Jan Hanussen, nombre artístico de Hermann Steinschneider, un hombre de ambición desmedida y escrúpulos escasos que había decidido, a diferencia de Wolf, apostar su carrera entera a un juego mucho más peligroso: acercarse deliberadamente al partido nazi en ascenso, ofreciendo sus "poderes" de adivinación al servicio de la propaganda del régimen que se avecinaba.
Wolf conoció a Hanussen brevemente, en una de esas veladas berlinesas donde los artistas de variedades de toda Europa central terminaban encontrándose tarde o temprano, y la impresión que se llevó de él —según contaría después, con una mezcla de fascinación y horror retrospectivo que solo la distancia de los años permite articular con claridad— fue la de un hombre que había decidido jugar con el fuego más peligroso de su época sin comprender del todo, o sin querer comprender, el precio que ese juego terminaría exigiéndole.
—Usted se preocupa demasiado por la honestidad de su oficio, Messing —le dijo Hanussen aquella noche, con una copa de champán en la mano y la seguridad insolente de quien cree haber encontrado la fórmula perfecta para sobrevivir a cualquier régimen que se avecine—. Yo he decidido algo mucho más simple: les voy a decir a estos hombres exactamente lo que quieren escuchar, y a cambio ellos me van a proteger de cualquier tormenta que se levante. ¿No es eso, al final, lo que todos hacemos en este oficio? Decirle a la gente lo que necesita oír.
Wolf, que recordaría aquella conversación durante el resto de su vida como una advertencia que en su momento no supo leer con la claridad que merecía, respondió con una frase que sonaba, en aquel instante, más a cortesía diplomática que a profecía:
—Hay una diferencia, creo, entre decirle a la gente lo que necesita oír y decirle a un régimen entero lo que quiere oír sobre sí mismo, Herr Hanussen. La primera cosa puede ser un acto de compasión. La segunda me parece, sencillamente, peligrosa.
Hanussen se rió de la respuesta con la ligereza de quien está demasiado seguro de su propia inteligencia para sentirse amenazado por una advertencia ajena, y la conversación derivó hacia temas más triviales antes de que ambos hombres siguieran caminos separados esa misma noche.
No volverían a verse. Hanussen, en los años siguientes, llegaría efectivamente a leer la fortuna de altos cargos del partido nazi, prediciendo con un éxito sospechoso —que historiadores posteriores atribuirían, con razón, a una red de informantes que le proporcionaba datos privados sobre sus clientes antes de cada sesión, más que a ningún don genuino— acontecimientos que reforzaban la narrativa que sus poderosos clientes deseaban escuchar sobre su propio destino. Llegó incluso, según algunas versiones, a predecir públicamente el incendio del Reichstag semanas antes de que ocurriera, en lo que muchos interpretarían después como prueba de que conocía de antemano los planes de la propia cúpula nazi para incriminar a los comunistas.
Ese conocimiento, sin embargo, terminaría resultándole fatal. En marzo de 1933, apenas semanas después del incendio que él mismo había anticipado con tanta precisión sospechosa, Hanussen desapareció. Su cuerpo fue hallado semanas más tarde en un bosque a las afueras de Berlín, con varios disparos, en un estado de descomposición que dificultó enormemente la identificación. Las versiones sobre el motivo de su asesinato variarían durante décadas —algunos apuntaron a deudas de juego con oficiales de las SA que él mismo había patrocinado; otros, a que sabía demasiado sobre los preparativos del incendio del Reichstag y se había convertido, de la noche a la mañana, en un testigo incómodo que ya no convenía mantener con vida—, pero el mensaje que su muerte transmitió al pequeño círculo de mentalistas y artistas de variedades de Europa central fue inequívoco: ningún don, real o fingido, ofrecía protección alguna frente a quienes ahora controlaban el destino de Alemania.
Wolf, que recibió la noticia de la muerte de Hanussen durante una gira por Checoslovaquia, sintió, según relataría después, un escalofrío que no tenía nada que ver con ningún presagio sobrenatural y todo que ver con la lógica más elemental de la supervivencia: si un hombre que se había puesto deliberadamente al servicio del nuevo régimen había terminado así, ¿qué destino le esperaba a él, que ni siquiera había hecho ese esfuerzo de congraciarse, y que además era, como Hanussen, judío de nacimiento, en una Alemania que cada día que pasaba hacía menos distinciones entre la lealtad demostrada y el simple origen de la sangre?
No cambió de inmediato su forma de trabajar. Pero a partir de aquella noticia, Wolf empezó a observar, con una atención nueva y mucho más cautelosa, quién ocupaba las primeras filas de sus espectáculos en cada ciudad alemana que visitaba, y cuántos de esos rostros vestían ya, con un orgullo que antes habría parecido marginal y que ahora se extendía como una mancha imparable, el uniforme pardo que Hanussen había decidido, fatalmente, creer que podía controlar a su favor.