VIII
EINSTEIN, FREUD Y LOS SALONES DE BERLÍN
De vuelta en Europa, con la fama de su viaje a la India precediéndolo en cada nueva ciudad que visitaba, Wolf comenzó a moverse en círculos que pocos años atrás le habrían resultado completamente inaccesibles: los salones de la intelectualidad berlinesa de finales de los años veinte, donde científicos, artistas y filósofos se reunían en veladas privadas para discutir las ideas que estaban transformando el siglo, desde la física cuántica hasta el psicoanálisis, pasando por las primeras vanguardias artísticas que ya anunciaban, sin saberlo del todo, la tormenta política que se cernía sobre Alemania.
Fue en una de esas veladas, organizada por una baronesa vienesa aficionada a coleccionar a personajes singulares de toda procedencia —científicos, médiums, artistas de circo, políticos en horas bajas—, donde Wolf tuvo, según contaría después, la oportunidad de conversar brevemente con Albert Einstein, que entonces vivía en Berlín como director del Instituto Kaiser Wilhelm de Física y que, a pesar de la fama colosal que ya rodeaba su nombre desde la confirmación de su teoría de la relatividad en 1919, conservaba una curiosidad casi infantil por cualquier fenómeno que escapara a la explicación inmediata.
—He oído que usted hace cosas extraordinarias, joven Messing —le dijo Einstein, según el relato que Wolf repetiría después, con esa media sonrisa que el físico reservaba para los temas que le divertían sin llegar a convencerle del todo—. Cuénteme, ¿cree usted mismo en lo que hace, o sabe perfectamente que es un truco y disfruta viendo cómo los demás se lo creen?
La pregunta, directa hasta la incomodidad, puso a Wolf en una posición que conocía bien de sus conversaciones más honestas —como aquella tarde en Varsovia con Antoni Walewski— pero que rara vez se atrevía a admitir ante una audiencia tan ilustre.
—Creo, profesor Einstein —respondió, eligiendo con cuidado cada palabra—, que el cuerpo humano comunica mucho más de lo que la mente cree estar ocultando. No sé si eso es un truco o un descubrimiento. Quizás ambas cosas a la vez.
Einstein, que parecía disfrutar genuinamente de la respuesta, se rió con una carcajada breve y sincera.
—Esa es la respuesta más honesta que he escuchado en esta casa durante toda la noche, y eso que esta noche hay aquí dos políticos y un crítico de arte —dijo—. Le voy a decir algo, joven Messing, y no es una crítica sino una observación: en mi propio campo, la física, llevamos décadas descubriendo que el universo está lleno de cosas que parecen mágicas hasta que alguien encuentra la ecuación correcta para describirlas. No me sorprendería que, dentro de cien años, lo que usted hace tenga también su ecuación, aunque sea de un tipo muy distinto al que yo manejo.
No hay constancia independiente, fuera de los propios relatos de Wolf, de que aquella conversación tuviera lugar exactamente en esos términos, y los biógrafos más cautelosos señalan, con razón, que Einstein conoció a tantísimas personas a lo largo de su vida berlinesa que resulta casi imposible verificar episodios tan específicos décadas después. Pero la anécdota —fuera completamente cierta, parcialmente embellecida, o enteramente inventada por un Wolf que ya entonces entendía el valor narrativo de codearse, aunque fuera brevemente, con las mentes más admiradas de su tiempo— se convirtió en una de las piezas predilectas de su repertorio de historias personales, repetida ante periodistas y públicos durante el resto de su carrera.
Algo similar ocurriría, según sus propios relatos, con un encuentro posterior con Sigmund Freud en Viena, durante una gira por Austria a comienzos de los años treinta. El padre del psicoanálisis, ya entonces un hombre mayor y enfermo, pero todavía agudo en su pensamiento, habría recibido a Wolf en su consulta de la Berggasse con un interés profesional más que mundano, interrogándolo durante casi dos horas sobre los mecanismos exactos de su percepción, en lo que Wolf describiría después como "el interrogatorio más exhaustivo de toda mi carrera, mucho más riguroso que cualquier escéptico de feria".
—Lo que usted describe —habría concluido Freud, según el relato de Wolf— se acerca mucho a lo que en mi propio campo llamamos la comunicación entre el inconsciente de dos personas, aunque usted la practica a través de un canal físico directo, mientras que yo solo puedo inferirla a través del lenguaje y los sueños. Es posible que usted, sin saberlo, esté haciendo de manera intuitiva lo que a mí me ha costado treinta años de práctica clínica sistematizar de forma teórica.
De nuevo, ningún documento independiente confirma este encuentro en sus detalles específicos, y el propio carácter del relato —que coloca a Wolf en una posición de validación frente a una de las figuras intelectuales más prestigiosas de su época— invita a la cautela. Pero más allá de la veracidad estricta de cada anécdota, lo que estos relatos revelan con claridad es algo profundamente humano sobre el propio Wolf Messing: la necesidad, quizás nacida de aquella infancia pobre en Góra Kalwaria donde nadie esperaba de él más que la repetición memorizada de textos sagrados, de demostrarse a sí mismo —y al mundo entero, a través de cada anécdota repetida ante cada nuevo periodista— que el niño que había huido descalzo de la yeshivá había llegado, finalmente, a sentarse como un igual frente a las mentes más respetadas de su siglo.