El truco de la muerte VII
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VII

LA CObrA DE GANDHI

El barco que llevó a Wolf Messing hasta Bombay en 1927 se llamaba el *Karmala*, un viejo vapor de la P&O que cruzaba regularmente entre Europa y la India transportando funcionarios coloniales, comerciantes y, en esa ocasión particular, a un mentalista polaco de veintiocho años cuya fama empezaba a desbordar las fronteras del continente europeo que lo había visto nacer como artista.

El viaje, contaría Wolf después con su habitual gusto por el detalle pintoresco, duró casi tres semanas, durante las cuales practicó su inglés —idioma que dominaba todavía de manera precaria— conversando con un médico escocés que regresaba a su puesto en Calcuta y que, fascinado por las historias que el joven le contaba sobre su oficio, le enseñó las nociones básicas de anatomía del sistema nervioso que años de práctica empírica con el profesor Bardach no habían terminado de sistematizar en su cabeza.

—Lo que usted describe, joven —le dijo el médico, una noche en la cubierta del barco, mientras el Mediterráneo se iba quedando atrás y el calor del Mar Rojo empezaba a anunciarse en el aire—, se parece mucho a lo que en mi profesión llamamos el "efecto Clever Hans". ¿Conoce la historia? Un caballo alemán, hace ya treinta años, que parecía resolver problemas de matemáticas dando golpes con la pata. Resultó que el caballo no sabía matemáticas en absoluto: lo que hacía era leer, con una precisión asombrosa, los gestos involuntarios de su entrenador, que sin saberlo le indicaba el momento exacto de detenerse.

Wolf escuchó la historia con el interés genuino de quien encuentra, en la experiencia de un animal, una confirmación inesperada de su propio oficio.

—Entonces no soy el único que hace esto —dijo, medio en broma.

—No, joven Messing. Me temo que ni siquiera es usted el único caballo —respondió el médico, con una sonrisa—. Pero sí parece ser, de lejos, el más hábil de todos los que conozco.

Llegaron a Bombay en pleno monzón, con el aire cargado de una humedad que Wolf no había experimentado nunca y que le resultó, al principio, casi insoportable. Desde allí viajó en tren hacia el interior, hasta llegar finalmente, semanas después, al ashram donde Mohandas Gandhi —ya entonces una figura de fama mundial, aunque todavía a dos décadas de la independencia que terminaría liderando— recibía a un goteo constante de visitantes occidentales fascinados por su figura: periodistas, filósofos, curiosos de toda clase que llegaban buscando, cada uno a su manera, algún tipo de revelación.

El encuentro entre ambos —que Wolf relataría después, en sus memorias, con un lujo de detalles que sus biógrafos más rigurosos nunca llegaron a confirmar de manera independiente, y que probablemente debe leerse, como tantos otros episodios de su vida, con una dosis considerable de escepticismo— tuvo lugar, según su propio relato, en el patio sombreado del ashram, donde Gandhi recibía a sus visitantes sentado sobre una estera, rodeado de discípulos que guardaban un silencio respetuoso.

—He oído que usted puede leer los pensamientos de los hombres —dijo Gandhi, según la versión que Wolf repetiría durante décadas, con una sonrisa que no era de burla sino de curiosidad genuina—. Yo he dedicado mi vida a intentar entender lo que hay dentro del corazón humano, aunque por un camino bastante distinto al suyo. Me gustaría ver una muestra de su talento, joven Messing.

Wolf, consciente de que se encontraba ante una de las figuras morales más respetadas del mundo y que cualquier truco barato de salón resultaría, en ese contexto, no solo inapropiado sino directamente ofensivo, pidió permiso para proceder de la manera que consideraba más honesta dentro de las posibilidades de su oficio.

—No leo pensamientos, Mahatma —respondió, utilizando el título honorífico con el respeto que la ocasión exigía—. Leo cuerpos. Si usted piensa con fuerza en una acción concreta, y me permite sostener su mano apenas, mientras se concentra, yo podré sentir, a través de movimientos que usted mismo no notará, la dirección de su intención.

Gandhi, que tenía fama de poseer un autocontrol corporal extraordinario fruto de décadas de disciplina, ayuno y meditación, aceptó el desafío con un interés que tenía tanto de espiritual como de empírico: quería comprobar, según contaría más tarde a uno de sus discípulos, si su propio dominio sobre el cuerpo era suficiente para resistir la lectura de un experto como Messing.

Extendió la mano. Wolf la sostuvo apenas, con la delicadeza de siempre, y pidió al líder indio que pensara en una acción sencilla y concreta: tomar un objeto cercano y entregarlo a otra persona.

Lo que siguió —y este es el punto exacto donde el relato de Wolf se adentra en un territorio que ningún testigo independiente confirmó jamás— fue, según sus propias palabras, una sensación de resistencia inusualmente sutil en la mano de Gandhi, como si el líder indio hubiera entrenado su cuerpo, a base de años de disciplina, para minimizar incluso esas señales involuntarias que en la mayoría de las personas resultaban tan evidentes. Aun así, Wolf percibió finalmente una dirección clara: hacia una pequeña flauta de bambú que reposaba sobre una mesa baja, cerca de uno de los discípulos sentados en el círculo.

Tomó la flauta y la entregó, siguiendo el impulso percibido, a un joven discípulo de rostro sereno que se encontraba entre los presentes. El joven, sin saber bien qué se esperaba de él pero comprendiendo, por el silencio expectante del grupo, que debía hacer algo con el instrumento, se lo llevó a los labios y comenzó a tocar una melodía sencilla, casi una escala repetida con la torpeza de quien no domina el instrumento pero conoce lo básico.

Fue en ese instante, según el relato que Wolf repetiría durante décadas y que ningún testigo contemporáneo registró por escrito de manera independiente —razón por la cual la mayoría de los historiadores serios lo consideran, en el mejor de los casos, una embellecida coincidencia, y en el peor, una invención posterior tejida para dar mayor dramatismo a un encuentro que probablemente fue, en la realidad, mucho más modesto—, cuando de una cesta de mimbre colocada en un rincón del patio, que nadie había mencionado ni señalado hasta entonces, emergió lentamente la cabeza de una cobra, atraída quizás por la vibración del sonido o por el simple azar de un animal que decidió, en ese momento concreto, salir de su escondite, y comenzó a balancearse con un movimiento ondulante que coincidía, de manera asombrosa o simplemente casual, con el ritmo de la melodía.

Los discípulos presentes, según Wolf, contuvieron la respiración. Gandhi, por su parte, observó la escena con una calma que no parecía sorprendida sino más bien satisfecha, como quien confirma una sospecha que ya tenía formada de antemano.

—Usted no lee pensamientos, joven Messing —dijo finalmente, cuando la serpiente volvió a retirarse hacia su cesta y el discípulo dejó de tocar—. Lee algo más profundo que el pensamiento: lee la intención que vive en el cuerpo antes incluso de que la mente termine de formularla en palabras. Eso es algo que muy pocos hombres pueden hacer, y que ningún ser humano debería usar con ligereza.

Fuera cierto en cada detalle o embellecido en la memoria selectiva de quien lo contaba, lo que parece innegable —porque Wolf lo repetiría, casi sin variación en lo esencial, durante el resto de su vida, incluso en entrevistas separadas por décadas y ante audiencias muy distintas— es que aquel encuentro con Gandhi se convirtió, en su propia mitología personal, en la prueba de que su don, fuera lo que fuera exactamente, merecía ser tratado con una seriedad que iba mucho más allá del simple espectáculo de variedades del que provenía.