El truco de la muerte XXIV #2
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XXIV #2

El día antes de partir hacia el hospital, según relatarían quienes lo visitaron en aquellas últimas horas en su apartamento de Moscú, Wolf se detuvo frente a un retrato suyo, pintado años atrás por un artista que había capturado, con cierta perspicacia, esa misma dualidad entre la seguridad pública y la fragilidad privada que había definido toda su existencia, colgado sobre el escritorio donde había escrito, a lo largo de los años, las distintas versiones de sus memorias.

Se quedó mirando aquel retrato durante un tiempo prolongado, en un silencio que ninguno de los presentes se atrevió a interrumpir, y entonces, con la misma voz aguda y cortante que reservaba para las ocasiones en que sentía que algo verdaderamente importante estaba en juego —la voz de Messing, no la de Wolfochka—, le habló a su propia imagen pintada con una frase que quienes la escucharon recordarían, durante el resto de sus vidas, como una despedida deliberada y consciente de algo mucho más profundo que la simple operación quirúrgica que tenía por delante:

—Bueno, eso es todo, Lobo. La historia ha terminado. De ahora en adelante, no vuelves.

La operación, contra cualquier pronóstico pesimista que la gravedad de su estado pudiera haber sugerido, resultó un éxito médico completo. Pero dos días después, sin que ningún protocolo clínico hubiera logrado anticiparlo, sobrevino una insuficiencia renal repentina, seguida poco después de un edema pulmonar que los médicos del hospital, a pesar de sus esfuerzos, no lograrían controlar.

A las once de la noche del 8 de noviembre de 1974, Wolf Messing murió, dos meses antes de cumplir setenta y cinco años, cerrando con su propia muerte el último capítulo de una vida que había comenzado, sesenta y dos años atrás, con una muerte fingida en el depósito de cadáveres de un hospital berlinés, y que terminaba ahora, sin ningún truco ni ninguna posibilidad de regreso, en un hospital moscovita donde ni todo el talento del mundo para leer cuerpos ajenos podía ofrecerle ninguna certeza sobre lo que le esperaba más allá de aquella última frontera.

Fue enterrado en el cementerio Vostriakovsky de Moscú, en la misma tumba que había compartido en vida, durante dieciséis años, con Aida Mijáilovna Rapoport, la mujer a quien había predicho, con una precisión que él mismo describiría como la más dolorosa de toda su carrera, el día y la hora exactos de su muerte, sin que todo aquel conocimiento anticipado le hubiera servido jamás, ni por un solo instante, para evitarle ni un gramo del sufrimiento que ambos atravesarían juntos durante aquellos últimos meses compartidos.

EPÍLOGO · EL HOMbrE

No existe, hasta el día de hoy, ninguna prueba científica verificada de que Wolf Messing poseyera capacidades telepáticas o paranormales genuinas. La inmensa mayoría de lo que conocemos sobre su vida proviene de una fuente profundamente interesada y, por lo tanto, intrínsecamente poco fiable: sus propias memorias, escritas y reescritas a lo largo de varias décadas por un hombre que había dedicado toda su existencia a comprender, mejor que casi cualquier otra persona de su tiempo, el valor exacto de una buena historia bien contada.

Lo que sí parece sostenerse, porque coincide en lo esencial entre las distintas versiones —a veces complementarias, a veces contradictorias— de quienes lo conocieron de cerca a lo largo de las distintas etapas de su vida, más allá de la leyenda que él mismo cultivó con tanto esmero durante más de sesenta años, es que Wolf Messing dominó, como pocos artistas de su época, el arte exigente y silencioso de la lectura corporal: la capacidad extraordinaria de detectar, en los cuerpos ajenos, esas contracciones musculares involuntarias y minúsculas con las que cualquier ser humano delata, sin saberlo y sin poder evitarlo del todo, sus intenciones más íntimas.

Sabemos también, porque esto sí queda corroborado por registros y testimonios independientes que escapan a la simple narrativa autobiográfica, que sobrevivió, con una combinación extraordinaria de inteligencia, suerte y una asombrosa capacidad de adaptación a circunstancias cambiantes y extremadamente peligrosas, a dos de los regímenes totalitarios más letales que produjo el siglo veinte. Que perdió a la totalidad de su familia de sangre en el Holocausto, sin haber podido jamás despedirse de ninguno de ellos. Y que encontró, tarde, en una mujer llamada Aida Mijáilovna Rapoport, algo que se parecía, más que ninguna otra cosa en toda su existencia errante, a un hogar verdadero.

Y quizás, por encima de cualquier prueba imposible superada ante guardias soviéticos o dictadores temibles, su don más genuino y más profundamente humano —el único, en definitiva, que ninguna investigación posterior ha podido jamás desmentir de manera concluyente— fue mucho más sencillo, y al mismo tiempo mucho más extraordinario, que cualquier capacidad telepática real: la habilidad de ofrecerle a un pueblo entero, aterrorizado primero por la barbarie nazi y después por el terror sistemático del propio Estado que decía protegerlo, la posibilidad de creer, noche tras noche, durante más de sesenta años, aunque solo fuera por la breve duración de un espectáculo de variedades, que en algún lugar, de alguna manera, existía todavía alguien capaz de ver más allá de la oscuridad que los rodeaba a todos por igual.

Esa, quizás, sea la última y la más honesta de todas las profecías de Wolf Messing: no la del día exacto de la victoria sobre la Alemania nazi, ni la de la muerte de Stalin coincidiendo con Purim, sino esta otra, mucho más callada y mucho más universal, que su vida entera terminó por demostrar sin que él mismo necesitara jamás pronunciarla en voz alta desde ningún escenario: que los seres humanos, atrapados en las circunstancias más oscuras que la historia puede imponerles, necesitan creer en algo que trascienda lo que sus propios ojos pueden ver. Y que a veces, solo a veces, basta con que un hombre decidido, con la convicción suficiente y un papel en blanco sostenido en alto, les ofrezca exactamente esa certeza que tanto necesitan, para que el mundo entero decida, durante un instante prolongado y necesario, creer.

FIN