El truco de la muerte III
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III

LA MESA DE MÁRMOL

Berlín, en 1912, era una ciudad que devoraba a los niños pobres con la misma indiferencia metódica con que devoraba el carbón en sus fábricas. Las avenidas anchas del centro, iluminadas ya con farolas eléctricas que deslumbraban a cualquiera que llegara de un pueblo polaco sin electricidad, escondían detrás de sus fachadas imperiales un laberinto de callejones donde la miseria se acumulaba con la misma densidad que en cualquier gueto del Este, solo que sin la dignidad de una comunidad que se reconociera entre sí.

Wolf llegó sin hablar una palabra de alemán más allá de lo que había podido aprender escuchando a los viajantes en el tren, sin contactos, sin oficio y sin la menor idea de cómo sobrevivir en una ciudad de esa magnitud. Durmió las primeras noches bajo los arcos de un puente sobre el Spree, compartiendo el refugio con otros desplazados de la guerra de los Balcanes y con viejos borrachos que ya no tenían adónde ir. Comió lo que pudo robar de los puestos del mercado, o lo que algún tendero compasivo le daba a cambio de barrer el suelo de su negocio durante una hora.

La debilidad fue ganando terreno sobre su cuerpo de doce años con la lentitud cruel del hambre prolongada: primero el cansancio constante, después los mareos al levantarse, después esa sensación extraña de frío que no se iba ni envuelto en todos los periódicos viejos que conseguía meterse bajo la ropa. Una tarde de invierno, mientras buscaba refugio en el portal de un edificio de la Friedrichstraße, sintió que las piernas dejaban de obedecerle y que el mundo se inclinaba hacia un lado con una violencia que no podía controlar.

No recordaría nada más de las horas siguientes. Quien lo encontró fue un policía de ronda, que al principio lo confundió con uno más de los borrachos habituales del barrio y solo se detuvo a examinarlo con más atención cuando notó que el niño no respondía ni al frío ni a los golpes suaves con que intentó despertarlo. Lo trasladó al Hospital de la Caridad —el Charité, la institución médica más prestigiosa de la ciudad, que por una de esas ironías que la vida reserva para sus protagonistas más improbables se convertiría, décadas después, en una referencia mundial de la neurología—, donde un médico joven y aún sin demasiada experiencia, apellidado Brandt, examinó al pequeño paciente con el procedimiento estándar de la época: pulso, pupilas, respiración.

No encontró ninguno de los tres signos.

—Está muerto —dictaminó Brandt, ante la enfermera que tomaba nota en el registro del hospital, con la voz neutra de quien ha repetido esa misma frase demasiadas veces aquel invierno especialmente duro—. Inanición severa. Anótenlo como John Doe, sin identificar. Llévenlo al depósito.

El depósito de cadáveres del Charité era una sala fría y silenciosa en el sótano del edificio, iluminada por lámparas de gas que proyectaban sombras largas sobre las mesas de mármol donde se alineaban, bajo sábanas blancas, los cuerpos que la ciudad producía cada noche con la regularidad de una fábrica: ancianos, indigentes, niños como Wolf, todos esperando turno para una autopsia, un entierro de caridad, o el estudio de los estudiantes de medicina que frecuentaban aquellas salas con la curiosidad práctica de quien aprende un oficio que exige, antes que nada, perder el miedo a la muerte ajena.

Esa misma noche, ya bien entrada la madrugada, un grupo de cinco estudiantes de segundo año bajó al depósito con sus batas y sus cuadernos de apuntes, guiados por un asistente del profesorado que llevaba ya años haciendo aquellas visitas nocturnas con el tedio profesional de quien ha dejado de ver cadáveres y empieza a ver solamente "casos".

—Esta noche tenemos uno nuevo —anunció el asistente, consultando su lista—. Varón, aproximadamente doce años, indigente, causa probable: inanición. Útil para estudiar los signos de desnutrición avanzada en tejido infantil.

Levantó la sábana que cubría a Wolf.

Lo que ocurrió en los segundos siguientes se contaría, durante el resto de la vida de Wolf Messing, de muchas maneras distintas, cada una más dramática que la anterior, según el público al que se dirigiera y el efecto que buscara producir. Pero el núcleo de la historia —el núcleo que ni sus biógrafos más escépticos llegaron nunca a desmentir del todo, porque coincidía, con variaciones menores, en el testimonio posterior de uno de aquellos estudiantes, que años después reconocería públicamente haber estado presente— era este: que en el instante en que la luz de gas cayó directamente sobre el rostro del niño muerto, sus párpados, cerrados desde hacía horas, temblaron. Y se abrieron.

El primer estudiante en notarlo retrocedió de un salto, golpeándose contra la mesa contigua y derribando un instrumental que cayó al suelo con un estrépito metálico que resonó por toda la sala. El segundo soltó un grito que se quedó a medio camino entre el espanto y la incredulidad. Los tres restantes, contagiados por el pánico de sus compañeros antes de haber tenido tiempo de procesar lo que veían, corrieron hacia la puerta empujándose entre sí, dejando caer cuadernos y batas en su huida.

Wolf, todavía atrapado en la bruma espesa que separa la inconsciencia profunda de la vigilia, no entendió en ese momento por qué cinco jóvenes en bata blanca huían de él gritando como si hubiera visto al diablo. Solo sentía un frío atroz, un hambre que le retorcía el estómago como un puño cerrado, y una luz amarillenta y débil que le hería los ojos después de tanta oscuridad.

El asistente del profesorado, más curtido que sus alumnos pero igualmente pálido, fue quien finalmente se acercó de nuevo a la mesa, con una vela temblando en su mano, y comprobó lo que ya empezaba a sospechar: que el corazón del niño latía. Débilmente, casi imperceptible, pero latía.

—Llamen al doctor Brandt —ordenó, con la voz todavía quebrada por la conmoción—. Y que alguien traiga leche caliente. Este niño no está muerto. Nunca lo estuvo del todo.

El profesor Abel Bardach —fisiólogo de cierto renombre en los círculos médicos berlineses, especializado en los estados límite entre la vigilia y la inconsciencia, que había llegado al hospital esa misma noche por una urgencia distinta y que se cruzó con el alboroto en los pasillos del sótano casi por casualidad— fue quien tomó finalmente al niño bajo su responsabilidad cuando los médicos de guardia, desconcertados por un caso que no encajaba en ningún protocolo conocido, no sabían bien qué hacer con un "cadáver" que respiraba.

Bardach hizo que lo trasladaran a una habitación con calefacción, ordenó que le dieran de comer en pequeñas cantidades durante varias horas para no sobrecargar un cuerpo debilitado por semanas de hambre, y se sentó junto a su cama durante buena parte de la noche, observándolo con la misma atención clínica con que habría observado cualquier fenómeno fisiológico de interés, mientras anotaba en un cuaderno de tapas negras las características exactas de lo que acababa de presenciar.

Cuando Wolf finalmente despertó del todo, ya de día, encontró frente a él a un hombre de unos sesenta años, barba cuidadosamente recortada y gafas de montura metálica, que lo observaba con una mezcla de curiosidad científica y algo parecido, aunque Wolf no lo reconocería como tal hasta mucho después, a ternura.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre, en un alemán pausado y claro, consciente de que el niño probablemente no dominaba bien el idioma.

—Wolf —respondió, con la voz ronca por días de no usarla apenas—. Wolf Messing.

—Bien, Wolf Messing. —El hombre cerró el cuaderno y se inclinó un poco hacia adelante—. Anoche estuviste muerto durante casi seis horas, según el certificado que firmó uno de mis colegas. Y sin embargo, aquí estás, hablando conmigo. ¿Sabes lo que eso significa?

Wolf negó con la cabeza, todavía demasiado débil y demasiado confuso para procesar la pregunta.

—Significa —continuó Bardach, con la calma de quien ha decidido que aquel momento merece ser explicado con precisión y no con superstición— que tu cuerpo es capaz de algo que muy pocos cuerpos humanos consiguen hacer de manera natural: entrar en un estado de catalepsia tan profundo que imita, hasta engañar a médicos entrenados, todos los signos exteriores de la muerte. El pulso se ralentiza hasta volverse casi indetectable. La respiración se vuelve tan superficial que no empaña un espejo. La temperatura corporal desciende. Y, sin embargo, en algún lugar muy profundo, la vida sigue su curso, esperando.

Hizo una pausa, observando cómo el niño absorbía cada palabra con una atención que contradecía su debilidad física.

—Tienes un don, Wolf Messing —dijo finalmente—. O una enfermedad. La diferencia, en mi experiencia, depende enteramente de lo que decidas hacer con ella.

Wolf, que llevaba dos años huyendo de una vida que no había elegido, que había cruzado media Europa escondido bajo asientos de tren con una factura vieja como único pasaporte, que acababa de regresar de un lugar que ni él mismo podía nombrar con precisión, miró al anciano profesor y sintió, por primera vez desde que abandonó Góra Kalwaria, algo parecido a la certeza de haber encontrado, por fin, el lugar exacto donde debía estar.

—Quiero aprender —dijo—. Lo que sea que esto sea. Quiero aprender a controlarlo.

El profesor Abel Bardach sonrió, una sonrisa breve y seca que no llegaba del todo a sus ojos cansados, y asintió.

—Entonces tendremos mucho trabajo por delante —dijo—. Empezaremos por enseñarte a no morirte cada vez que el hambre apriete demasiado. Y a partir de ahí, ya veremos hasta dónde llega esto.

Wolf decidió, esa misma mañana, en una cama de hospital ajena que olía a desinfectante y a sopa de avena, que su vida anterior —la de Góra Kalwaria, la del padre sastre, la del ángel disfrazado, la del niño que memorizaba el Talmud sin creer en él— había terminado de verdad, con la misma certeza con que los médicos habían firmado, equivocadamente, su certificado de defunción. Y que a partir de ese instante sería otra persona: alguien que no necesitaba ya un nombre nuevo, porque conservaría el suyo, pero que llenaría ese nombre de un significado completamente distinto del que su padre había soñado para él.