II
EL TREN
Dos años después —ya tenía catorce, aunque él mismo contaría después, en distintas versiones de su propia leyenda, que apenas había cumplido los doce—, Wolf decidió que Góra Kalwaria había dejado de ser un lugar donde pudiera seguir respirando.
No fue una decisión repentina. Fue, más bien, la acumulación lenta de mil pequeñas asfixias: el olor de la yeshivá, los mismos rostros de siempre repitiendo las mismas plegarias de siempre, la voz de su padre cada vez más cansada y cada vez más exigente, como si presintiera que el tiempo para enderezar a su hijo se estuviera acabando. Wolf empezó a guardar, en un hatillo escondido bajo su cama, las pocas cosas que consideraba suyas: una navaja sin filo que había encontrado en el camino, un trozo de pan duro envuelto en un paño, y un papel cualquiera —una factura vieja del sastre, ya ilegible de tan manoseada— que llevaba consigo sin saber bien por qué, como un amuleto sin nombre.
La noche que decidió marcharse no hubo despedidas ni cartas. Esperó a que la casa entera durmiera, salió por la ventana de la cocina con el sigilo que había practicado durante semanas sin que nadie lo supiera, y caminó los seis kilómetros hasta la estación más cercana bajo un cielo cargado de nubes que amenazaban lluvia y que, por fortuna, no llegó a caer.
El tren hacia Varsovia partía al amanecer. Wolf, sin un kopek en el bolsillo, observó desde la sombra del andén cómo los viajeros subían a los vagones de tercera clase con sus bultos y sus niños somnolientos, y esperó el instante exacto en que el revisor se distrajo discutiendo con un campesino que insistía en subir una cabra al vagón de equipajes. Se deslizó entonces hacia el último coche y se escondió bajo el asiento de madera más alejado de la puerta, encogiéndose todo lo que pudo, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que el sonido mismo pudiera delatarlo.
El tren arrancó. Wolf sintió la vibración del metal bajo su cuerpo, el traqueteo de las ruedas contra los rieles, y por primera vez en su vida experimentó algo que no tenía nombre todavía pero que reconocería, años después, como la sensación exacta de la libertad: el movimiento hacia un lugar desconocido, sin que nadie supiera dónde estaba ni pudiera ordenarle volver.
Duró poco menos de una hora.
—¿Qué tenemos aquí? —La voz del revisor sonó justo encima de él, seguida de una mano que lo agarró sin contemplaciones por las solapas del abrigo raído y lo sacó a rastras de debajo del asiento, ante la mirada divertida o indiferente de los demás pasajeros del vagón, que habían visto ya, sin duda, escenas parecidas más de una vez.
El revisor era un hombre corpulento, de bigote encerado y uniforme demasiado ajustado para su volumen, con la paciencia ya gastada por una mañana entera de pasajeros conflictivos.
—El billete —exigió, con la mano extendida y la otra todavía firme sobre el cuello del abrigo de Wolf.
El niño, que no tenía billete ni dinero ni adónde ir si lo bajaban del tren en aquella estación intermedia cuyo nombre ni siquiera conocía, sintió que el miedo le subía por la garganta con la misma fuerza con que años atrás había sentido el terror frente al ángel disfrazado de su padre. Pero esta vez, en lugar de desmayarse, hizo algo distinto. Metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo, donde guardaba aquella factura vieja e ilegible que se había llevado de casa sin saber por qué, la sacó con un gesto pausado, casi ceremonial, y la sostuvo en alto entre dos dedos, mirando al revisor directamente a los ojos sin parpadear, con la misma convicción absoluta con que un sacerdote sostiene una hostia.
No dijo una palabra. Sostuvo solamente la mirada, y el papel, y el silencio.
El revisor extendió la mano, cogió el papel arrugado, lo desplegó, lo miró —Wolf observaría después, con la atención clínica de quien estudia un fenómeno, que los ojos del hombre recorrían el papel de arriba abajo sin detenerse realmente en ningún punto, como si el acto de mirar fuera, en sí mismo, suficiente prueba de validez— y, tras un instante que a Wolf le pareció eterno, lo dobló de nuevo y se lo devolvió con un gesto casi mecánico.
—Está en orden —dijo, soltando por fin el cuello del abrigo—. ¿Por qué te escondías, entonces, si tenías el pasaje en regla? Vaya forma de hacerme perder el tiempo.
Y se marchó, refunfuñando, hacia el siguiente vagón, dejando a Wolf de pie en el pasillo, con la factura ilegible todavía temblando entre sus dedos y una pregunta abriéndose en su mente que no terminaría de cerrarse durante el resto de su vida: ¿qué había visto exactamente aquel hombre en el papel? ¿Había visto algo en absoluto, o había visto solamente la seguridad con que Wolf se lo entregaba, y había decidido, sin saberlo, que esa seguridad era prueba suficiente de que no había nada que cuestionar?
No lo sabría nunca con certeza. Pero a partir de ese momento, cada vez que necesitara cruzar una puerta que no debía cruzar, recordaría aquel instante en el pasillo del tren, y repetiría el mismo gesto exacto: el papel, la mirada fija, el silencio que no pedía permiso porque ya daba por hecho que lo tenía.
Llegó a Varsovia esa misma tarde, y de Varsovia, días después, sin rumbo fijo y siguiendo las vías como quien sigue un río hacia su desembocadura, llegó finalmente a Berlín.