El truco de la muerte I
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El truco de la muerte

El truco de la muerte

Por MsStaufer Berraquero

© inepub.com

I

EL ÁNGEL DEL PORCHE

Góra Kalwaria, primavera de 1911.

El pueblo olía a barro fresco y a humo de chimenea, esa mezcla particular de los deshielos cuando la nieve se retira de los caminos y deja al descubierto la tierra negra de los Cárpatos menores. Era un lugar pequeño, de calles sin empedrar y casas de madera que se inclinaban unas sobre otras como ancianos cansados, a veinticinco kilómetros de Varsovia, lo bastante cerca de la capital para sentir su sombra y lo bastante lejos para que nadie en el pueblo hubiera puesto jamás un pie en ella.

Era, sobre todo, un pueblo de jasidim. La gran corte del rabino de Ger —el linaje espiritual más influyente del judaísmo polaco de la época— tenía allí su sede, y la vida entera del lugar giraba alrededor de un calendario de plegarias, ayunos y festividades que dictaba el ritmo de cada jornada con la precisión de un reloj que nadie cuestionaba.

En esa atmósfera nació, en 1899, Wolf Grigórievich Messing, el cuarto hijo de Gershon Messing, un sastre que remendaba pantalones ajenos durante el día y discutía pasajes del Talmud durante la noche, convencido de que ambas actividades eran, en el fondo, la misma: arreglar lo que estaba roto.

—Un hijo mío será rabino —repetía Gershon, cada noche, frente a la mesa donde los cinco hijos comían lo que había, que no era mucho—. Y será este.

Señalaba siempre a Wolf cuando lo decía, y Wolf, que para entonces tenía once o doce años, bajaba la mirada hacia el plato de sopa de cebada y pensaba que prefería ser sastre, o panadero, o cualquier otra cosa que no exigiera memorizar página tras página de comentarios sobre comentarios sobre comentarios, en una lengua —el arameo de la Guemará— que le sonaba a piedra golpeando piedra.

No es que Wolf fuera mal estudiante. Al contrario: tenía una memoria extraordinaria, capaz de repetir párrafos enteros del Talmud después de escucharlos una sola vez, una habilidad que el viejo melamed de la yeshivá señalaba con orgullo ante cualquier visita ilustre que pasara por el pueblo. Pero la memoria de Wolf no servía a la devoción: servía a la fuga. Memorizaba el texto sagrado con la misma facilidad indiferente con que memorizaba el itinerario de los carromatos que cruzaban la plaza del mercado cada jueves, o las caras de los viajantes que bajaban del tren de Varsovia cargados de telas y rumores de un mundo que él solo conocía de oídas.

Dos veranos atrás, un circo ambulante había plantado sus carpas a las afueras del pueblo durante tres días. Wolf, que entonces tenía diez años, se había escapado de la yeshivá las tres tardes seguidas para verlo, arriesgándose a la furia de su padre con una serenidad que sorprendía hasta a él mismo. Había visto a un hombre tragar fuego. Había visto a una mujer doblarse sobre sí misma hasta convertirse en un nudo imposible de piel y huesos. Y había visto, sobre todo, a un mentalista de barba gris —un charlatán de feria, sin duda, de los que recorrían media Europa central vendiendo misterio a cambio de unas monedas— que adivinaba, vendado los ojos, qué objeto sostenía cada espectador entre las manos.

El hombre se equivocó más de una vez. Wolf lo notó, sentado en primera fila, con la atención feroz de un niño que ha decidido que quiere entender un truco antes que disfrutarlo. Notó que el ayudante del mentalista —un muchacho apenas mayor que él— hacía preguntas extrañas al público antes del número, preguntas que parecían inocentes y no lo eran: "¿Quién quiere participar? ¿Usted, señor, el del sombrero? ¿Y usted, señora, qué lleva en la mano, no me lo diga, no me lo diga..." Notó que el mentalista, antes de pronunciar cada respuesta, hacía una pausa exacta, como quien escucha algo que solo él puede oír.

No entendió el mecanismo completo —tardaría años en entenderlo del todo—, pero entendió algo más importante, algo que se le quedaría clavado como una astilla en el pecho durante el resto de su vida: que aquel hombre no estaba leyendo mentes. Estaba leyendo a las personas. Y eso, decidió Wolf esa noche, mirando el techo de paja de su casa, era un oficio mucho más interesante que memorizar la Guemará.

Su padre, que no era ciego a los cambios de su hijo aunque eligiera ignorarlos la mayor parte del tiempo, notó que algo se había torcido. Wolf llegaba tarde a la yeshivá. Wolf respondía con evasivas cuando el melamed le preguntaba por un pasaje. Wolf, sobre todo, había empezado a mirar el mundo con una distancia nueva, como si ya no creyera del todo en las cosas que se esperaba que creyera.

Fue entonces cuando Gershon Messing, desesperado y sin demasiadas herramientas para resolver el problema —porque un sastre pobre de Góra Kalwaria no tenía libros de psicología infantil ni tiempo para leerlos aunque los hubiera tenido—, decidió recurrir a un remedio que había visto funcionar, según contaban, en otro pueblo cercano, con otro hijo descarriado: el miedo de Dios, administrado en dosis teatrales.

Habló con Berl Kaplán, el vecino de la casa de enfrente, un hombre alto y de voz profunda que durante las fiestas de Purim solía interpretar al rey Asuero en la pequeña representación que organizaban los niños de la yeshivá, ataviado con una sábana y una corona de cartón dorado. Le pagó con lo poco que tenía —unas monedas, dicen algunos; el arreglo de un abrigo viejo, dicen otros— y le explicó el plan con el detalle nervioso de quien sabe que solo tendrá una oportunidad.

—Una túnica blanca —le dijo—. Y la barba más larga que tengas. Y la voz, Berl, la voz tiene que sonarle a Wolf como la voz del Todopoderoso, no como la tuya cuando me pides que te fíe el pan.

La noche elegida fue un viernes, después de la cena del sabbat, cuando las velas todavía ardían sobre la mesa y la casa entera olía a ese silencio espeso y satisfecho que dejan los rituales bien cumplidos. Wolf, de doce años, salió al porche a tomar el aire fresco de la primavera, como hacía cada semana a esa misma hora, sin sospechar nada.

La figura lo esperaba ya allí, envuelta en una sábana que el viento de la noche agitaba como si tuviera vida propia, con una barba postiza que le llegaba hasta el pecho y una voz que Berl Kaplán había practicado durante días frente al espejo de su propia casa, bajándola dos octavas y forzando cada sílaba hasta convertirla en un trueno contenido.

—¡Wolf, hijo de Gershon! —tronó la aparición, con los brazos abiertos hacia el cielo nocturno—. ¡Ve a la yeshivá y sirve al Señor, o tu alma arderá entre las llamas que no se extinguen!

El niño se quedó paralizado un instante eterno, los ojos fijos en aquella figura imposible que parecía tocar las estrellas con la cabeza. Y entonces, sin que mediara ningún pensamiento consciente, sus piernas dejaron de sostenerlo y cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra las tablas de madera del porche, sumido en un desmayo del que no despertaría hasta varios minutos después, cuando su madre, alertada por el ruido, salió corriendo con un candil en la mano y encontró a su hijo tendido, pálido, con los ojos entreabiertos y la mirada perdida en algún punto entre el cielo y el suelo.

Nadie le explicó nunca, ni esa noche ni en años, lo que había ocurrido realmente. Su padre, que había presenciado la escena escondido tras la ventana de la cocina con el corazón encogido entre el remordimiento y la esperanza, decidió en el último instante que el engaño había ido demasiado lejos, y nunca tuvo el valor de confesarle a su hijo la verdad. Tampoco Berl Kaplán, que se quitó la sábana y la barba postiza esa misma noche y nunca volvió a mencionar el episodio, ni siquiera cuando, años después, el mundo entero hablaba de Wolf Messing y de sus poderes, y el propio Berl debía morderse la lengua cada vez que alguien en el pueblo recordaba, con asombro retrospectivo, "aquel desmayo tan raro que tuvo de niño, como si hubiera visto algo".

Wolf creció creyendo, durante meses, que había visto a un mensajero divino. Y cuando finalmente, ya adolescente, empezó a sospechar la verdad —porque las piezas, con el tiempo, terminan por encajar incluso sin que nadie las explique: la voz demasiado parecida a la de Berl Kaplán cuando este discutía precios en el mercado; la sábana idéntica a la que su madre tendía cada lunes; la barba que, mirada de cerca en su memoria, parecía hecha de estopa— no sintió alivio, sino algo mucho más extraño y mucho más formativo: sintió, por primera vez en su vida, la textura exacta de la fe fabricada.

Comprendió que su propio desmayo, su propio terror genuino, su propia certeza absoluta de haber visto lo sobrenatural, habían sido reales —dolorosamente reales, medibles en el golpe de su cabeza contra la madera— aunque la causa que los había provocado fuera, de principio a fin, una invención. Y comprendió, con la lucidez precoz de quien ha sido engañado por las personas que más debían protegerlo de los engaños, que esa misma mecánica podía invertirse: que un hombre dispuesto a vestirse con la convicción suficiente podía hacer que el mundo entero creyera lo que él decidiera que el mundo debía creer.

No se lo dijo a su padre. No se lo dijo a nadie. Pero a partir de esa noche, cuando Gershon Messing repetía frente a la mesa familiar que uno de sus hijos sería rabino, Wolf ya no bajaba la mirada hacia el plato de sopa. La levantaba, y miraba a su padre directamente a los ojos, con una distancia nueva que el viejo sastre nunca llegó a comprender del todo, y que atribuyó, equivocadamente, a la simple terquedad de la adolescencia.